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FIFA y la crisis de confianza bajo Infantino

La Fifa se felicita a sí misma. Otra vez. Esta vez, porque asegura que la “confianza en la organización” está siendo restaurada. ¿La prueba? Sus propios comunicados. En el universo de Zúrich, la palabra de Fifa basta.

Mientras en los despachos se jugueteaba con la idea de vender el Mundial como si fuera un activo financiero más, la organización salió a decir que no, que nada de eso. Ni siquiera muchos de sus propios altos cargos sabían con certeza qué se estaba cocinando. No se les había consultado. Detalle menor, al parecer.

El episodio quedó envuelto en un comunicado sobre una “reunión constructiva y positiva celebrada en Rabat, Marruecos”. Una frase pulida, diplomática. Pero detrás hay un dato demoledor: el único cargo elegido directamente por las 211 asociaciones miembro es el presidente. Y ese presidente, Gianni Infantino, se enfrenta a un bloque creciente de federaciones que ya piden abiertamente su salida, mientras otras se han plantado contra lo que el propio organismo bautizó como “Fifa Forward Enterprise proposal”.

Ese proyecto ya está fuera de la mesa. Lo dice también Fifa. Lo hace en un texto que roza la neolengua: se elimina el plan, pero el problema, según la propia casa madre, no es el plan en sí, sino los “ataques” que recibe la institución. La víctima, nunca el responsable.

El fútbol mundial ha sido empujado a una crisis por un solo hombre. Infantino lanzó una idea de enorme calado y, o bien se “olvidó” de comunicarla a casi todo el mundo, o intentó un golpe silencioso contra la estructura del deporte. Quedaron al margen el director de operaciones Kevin Lamour, el jefe de desarrollo global Arsène Wenger, las confederaciones, los clubes, las federaciones nacionales, los jugadores, los aficionados… prácticamente todos.

Tras la reunión, Infantino y el secretario general Mattias Grafström difundieron una carta conjunta. En ella se apoyan en 19 palabras para sostener que todo va mejor: “La alta dirección de Fifa confía plenamente en que los resultados de la reunión de hoy ayudarán a restaurar la confianza en la organización”. Autocertificación de pureza.

Infantino quiere seguir al mando. Y ha logrado algo insólito: o se ha convertido en la figura más divisiva del fútbol moderno, o ha conseguido unir a un abanico enorme de intereses enfrentados… pero en su contra. “Se reconocieron los errores cometidos”, se lee en un mensaje por lo demás cargado de un optimismo difícil de sostener.

El pasaje más cercano a una disculpa es casi un ejercicio de contorsionismo: “Se acordó que no era la intención que el Consejo de Fifa y las asociaciones miembro de Fifa se sintieran excluidos del proceso”. Si no era la intención, ¿por qué se les dejó fuera? El plan se manejó con tal secretismo que apenas un puñado de personas externas al fútbol, incluida la familia Kushner, estaba al tanto. A las federaciones que fueran a votar a favor se les prometían más fondos que a las que se opusieran. A muchos les sonó a soborno en todo menos en el nombre. Esa palabra, por supuesto, no aparece en la carta de Infantino.

El dirigente ha prometido que no habrá repetición y que se abrirá una revisión interna. Pero esa revisión la dirigirá, previsiblemente, el propio sector afín a Infantino dentro de Fifa, que será quien redacte las conclusiones que luego presentará como independientes.

Cualquier duda sobre esa independencia es, a ojos de la cúpula, otro “ataque injusto” contra los buenos nombres de Infantino y de Fifa. La hipersensibilidad que el presidente ya mostraba en sus publicaciones en Instagram parece haberse extendido a toda la organización.

El comunicado deja una frase que retrata el clima interno: “Se acordó que Fifa no tolerará más ataques contra su integridad, su buena gobernanza y su debido proceso y tomará todas las medidas necesarias para proteger y salvaguardar su nombre y reputación”. El victimismo, elevado a doctrina. La coincidencia con el discurso de Donald Trump, que se presenta como blanco de una persecución permanente, no es casual en la percepción pública.

El problema es que llega tarde. Muy tarde. La reputación de Fifa ya ha sido arrastrada por el barro bajo el mandato de Infantino: levantó sanciones a Cristiano Ronaldo y Folarin Balogun, forzó las reglas para colocar al Inter Miami de Lionel Messi en el Mundial de Clubes, permitió que Estados Unidos vetara la entrada al país del árbitro somalí Omar Artan, se alineó con Trump y hasta creó un premio de la paz para un dirigente que después inició una guerra ilegal.

Fifa se ha convertido en sinónimo de codicia. En Estados Unidos, muchos aficionados señalaron directamente al organismo como responsable de los precios desorbitados de las entradas. Nadie la vio como un árbitro neutral cuando ofrecía un trato de favor a la administración Trump y las decisiones parecían teñidas por la influencia de la Casa Blanca. Tampoco representaba al “juego global” cuando maniobraba para colocar en el mercado el propio Mundial, a espaldas de buena parte de ese mismo mundo al que dice servir.

Si Fifa quiere de verdad recuperar su reputación, el camino no pasa por comunicados autocomplacientes ni por amenazar a quienes la critican. Hace falta transparencia real. Y, sobre todo, hace falta otra dirección. De momento, desde el universo Infantino no llega nada de eso. Solo más palabras. Y cada vez menos gente dispuesta a creerlas.