Beccacece se despide de Ecuador tras caer ante México
Sebastián Beccacece salió del césped del Estadio Azteca con la mirada perdida y la voz quebrada. No solo acababa de quedar fuera del Mundial en octavos de final tras el 2-0 ante México. También acababa de dirigir su último partido como seleccionador de Ecuador.
El técnico argentino lo confirmó sin rodeos en la sala de prensa, todavía con el eco de la afición mexicana retumbando en las paredes.
«Nuestro contrato terminó con el Mundial. No creo que hayamos podido lograr la hazaña que prometimos: hacer de este el mejor Mundial de todos. Hoy me toca decir adiós», admitió, directo, sin buscar excusas.
Un sueño que se frenó en seco
Ecuador llegaba a la fase de eliminación directa con el pulso alto. Venía de una remontada dramática ante Alemania que había encendido al país y reactivado la ilusión. Parecía el punto de giro de un torneo que podía marcar época para una generación joven, atrevida, sin complejos.
Pero México golpeó primero. Y mejor.
El equipo de Jaime Lozano salió lanzado, con una intensidad que descolocó a Ecuador desde el pitazo inicial. La zaga mexicana mantuvo su hoja de servicios impecable: ni una fisura, ni un regalo. Cada intento ecuatoriano chocó contra un muro bien plantado.
Beccacece no lo maquilló: «Nos superaron en el primer tiempo». Una frase corta que resume 45 minutos largos para su equipo.
México manejó el ritmo, ganó los duelos, impuso su energía. Ecuador, aturdido, apenas logró hilvanar tres pases con sentido en campo rival. El plan que tan bien había funcionado ante Alemania se desmoronó en media hora.
Reacción sin premio
Tras el descanso, el partido cambió de tono. Ecuador adelantó líneas, se hizo dueño de la pelota y empezó a jugar más cerca del área rival. El equipo encontró algo de calma y empezó a discutirle el partido a México.
La selección tricolor tuvo más posesión, circuló con paciencia, buscó los costados, trató de encontrar un resquicio donde antes no lo había. La actitud no faltó. El gol, sí.
«Reaccionamos, pero no encontramos el gol que nos hubiera dado un impulso», lamentó el entrenador.
México resistió sin desordenarse. Cada centro fue despejado, cada intento entre líneas, interceptado. Ecuador empujó, pero nunca logró romper el candado. El reloj se volvió enemigo y la sensación de oportunidad perdida empezó a instalarse en el banquillo sudamericano.
El 2-0 final no solo cerró el partido. Cerró también un ciclo.
Un adiós entre gratitud y dolor
Beccacece habló de fracaso deportivo con la misma claridad con la que habló de afecto. Reconoció que no cumplió lo que prometió. Y por eso, dijo, debía irse.
«Por eso me tengo que ir. Me hubiera gustado seguir porque lo que recibí de los jugadores y de la dirigencia ameritaba la posibilidad de continuar. Pero entiendo cómo funciona esto y duele, pero creo que la decisión estaba clara», explicó.
No hubo reproches. Ni al grupo, ni a la federación, ni al contexto. Solo una aceptación cruda de las reglas del juego: no se alcanzó el objetivo, se cierra la etapa.
Cuando le preguntaron por su legado, el argentino desvió el foco de inmediato hacia el vestuario.
«El legado es de los jugadores, porque han sido el equipo más joven de Ecuador», subrayó, reivindicando a una generación que, pese al golpe, ha dejado señales de futuro.
«No tengo quejas, solo gratitud hacia la gente y hacia los jugadores. Recibí tanta gratitud y cariño desde el fondo del corazón. Los chicos me regalaron dos horas hermosas después del partido y con eso nos quedamos», añadió, dibujando la escena íntima de un grupo que, aun en la derrota, eligió abrazarse.
Una generación en marcha
La eliminación duele. El adiós del seleccionador, también. Pero en el fondo del discurso de Beccacece asoma otra idea: Ecuador ha puesto en marcha a su camada más joven en un escenario de máxima exigencia.
El Mundial no fue “el mejor de la historia” que el técnico había prometido. Sí fue, quizá, el inicio real de una selección que tendrá que aprender a convivir con noches como la del Azteca para crecer de verdad.
El entrenador ya se marchó. Los jugadores, en cambio, apenas empiezan a escribir su historia. Y la pregunta, inevitable, queda flotando en el aire: ¿cuánto tardará Ecuador en transformar este golpe en el Mundial que tanto se debe?
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