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FIFA absuelve al árbitro VAR Evans tras polémico gesto en Alemania–Curazao

La goleada de Alemania por 7-1 a Curazao en el Mundial dejó un marcador escandaloso, pero el ruido llegó antes del primer silbatazo. No por una decisión arbitral, ni por una alineación sorpresa, sino por la mano derecha de un árbitro de vídeo.

El australiano Evans, integrante del equipo VAR del torneo, apareció en la señal internacional desde el centro de árbitros en Dallas formando fugazmente con los dedos un gesto que muchos identificaron de inmediato: un “OK” invertido, asociado en los últimos años a círculos de extrema derecha y a mensajes de supremacismo blanco.

La imagen corrió por redes a una velocidad que ningún chequeo de fuera de juego puede igualar. Capturas, ampliaciones, comparaciones con bases de datos de símbolos de odio. La polémica estaba servida antes de que el balón rodara.

La investigación de FIFA

Ante la presión pública y las quejas de organizaciones antidiscriminación, FIFA reaccionó. El organismo revisó las imágenes internas del centro arbitral en Dallas, analizó el contexto del gesto y abrió la puerta a una posible sanción si encontraba indicios de vulneración del Código Disciplinario.

El veredicto, según informó la propia FIFA, fue claro: no hay pruebas de que Evans haya infringido la normativa. Sin evidencias de intencionalidad, el árbitro queda exonerado y continúa integrado en el grupo de colegiados del Mundial.

La decisión corta, al menos a nivel disciplinario, una controversia incómoda para la organización en pleno torneo, en un área –la del arbitraje y el VAR– ya de por sí bajo lupa permanente.

La versión de Evans

Evans no esperó a que el caso se enfriara para dar la cara. En un comunicado, el australiano negó con firmeza haber querido enviar ningún mensaje con la mano ni haber hecho el gesto de forma consciente.

Explicó que se trata de un movimiento físico inconsciente, casi un tic, que repite sin darse cuenta. Apuntó a un detalle que las cámaras también recogieron: durante el partido, ya con un bolígrafo entre los dedos, repitió varias veces el mismo movimiento mientras trabajaba.

“El tratamiento que se ha dado a este incidente no refleja quién soy”, señaló el colegiado, que insistió en que comprende cómo se ha interpretado la imagen y lamenta las consecuencias, pero subrayó que no realizó de forma “consciente ni deliberada” el símbolo que se le atribuye.

Para Evans, este Mundial representa “el mayor honor” de su carrera. Su mensaje final no fue defensivo, sino de continuidad: quiere seguir apoyando a sus compañeros árbitros hasta el final del torneo.

La alerta de los organismos antidiscriminación

El caso no se quedó en una anécdota de redes. Fare, organización que trabaja junto a FIFA y UEFA en la lucha contra la discriminación en el fútbol, encendió la alarma antes de que se conociera el dictamen del ente rector.

Basándose en el análisis de sus especialistas, Fare sostuvo que el gesto se asemeja claramente al “OK” invertido utilizado como símbolo de “white power” en círculos ultraderechistas a nivel global. No se trataba, para ellos, de una simple broma visual.

El contexto no ayuda a la inocencia del símbolo. La Anti-Defamation League lo incluyó en 2019 en su base de datos de signos de odio, después de que grupos extremistas lo adoptaran primero como táctica de troleo y, con el tiempo, como seña de identidad en determinados entornos.

Ahí reside el nudo del conflicto: un gesto que durante décadas fue inofensivo se ha contaminado de significados, y cualquier aparición en un gran escaparate como un Mundial ya no pasa desapercibida.

Una línea cada vez más fina

El episodio Evans vuelve a recordar al fútbol que el terreno de juego ya no es el único escenario que importa. Cada plano de cámara, cada gesto captado en un banquillo, en una sala VAR o en un túnel de vestuarios se analiza al detalle, amplificado por una audiencia global hipersensible a cualquier señal de exclusión o discurso de odio.

FIFA ha optado por blindar a su árbitro tras revisar el caso, apoyándose en la ausencia de pruebas de intencionalidad. Las organizaciones antidiscriminación, en cambio, insisten en que los símbolos importan aunque no medie una confesión, porque el impacto social no depende solo de la intención, sino también de la lectura que hace el público.

Entre una mano que, según su protagonista, se mueve por costumbre y un gesto que muchos asocian a la supremacía blanca, el fútbol se ve obligado a caminar sobre una cuerda floja: proteger a sus oficiales sin dejar de enviar un mensaje inequívoco contra cualquier forma de odio.

En un Mundial donde cada detalle se convierte en debate global, la pregunta es inevitable: ¿cuánto tiempo puede permitirse el arbitraje vivir sin un código gestual tan claro como el reglamento que aplica?