Gianni Infantino: De rey del fútbol a la cuerda floja
Hace menos de dos semanas, Gianni Infantino se sentaba en el MetLife Stadium junto a Donald Trump, disfrutando de la final del Mundial como si fuese, literalmente, el “King of Football”, el apodo con el que el presidente de Estados Unidos suele referirse a él. El escenario era perfecto: el partido 104 ponía el broche al Mundial más grande de la historia, un torneo celebrado casi por unanimidad como un éxito deportivo y un festín económico. La reelección prevista para marzo parecía poco más que una coronación.
Hubo abucheos cuando Infantino y Trump cruzaron el césped para entregar la copa y las medallas a España y Argentina el 19 de julio. Pero nada que amenazara seriamente su autoridad. El fútbol mundial, al menos en apariencia, caminaba detrás de su presidente.
Ese momento ya parece de otra era.
El plan que dinamitó la calma
La grieta se abrió con un proyecto: invitar a inversores privados, liderados por Joshua Kushner, a comprar una participación en los beneficios futuros de los Mundiales y de todos los eventos de FIFA. Un movimiento que, sobre el papel, prometía miles de millones. En la práctica, desató un terremoto político.
La reacción fue inmediata y furiosa. Federaciones europeas amenazando con boicotear competiciones FIFA. Altos cargos acusando a Infantino de haber engañado a todos. Asesores de máximo nivel dimitiendo en público. El viernes, acorralado, el presidente no tuvo más remedio que echar marcha atrás y anunciar que abandonaba el plan.
“Tras escuchar atentamente todas las opiniones, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de tal naturaleza que, con independencia del nivel de apoyo, ya no responden al objetivo inicial”, explicó en un comunicado.
Hace apenas unos días, Infantino salía de Nueva York con cartas de apoyo de alrededor de 200 de las 211 federaciones nacionales que votan cada cuatro años al presidente. Hoy, incluso después de retirar el proyecto, su respaldo real es un misterio.
Qué era FIFA Forward Enterprise y por qué enfadó a casi todos
El corazón del plan se llamaba FIFA Forward Enterprise (FFE). Una filial para agrupar todo lo que genera dinero en el organismo: organización de torneos como el Mundial, venta de derechos de televisión, patrocinios, entradas, paquetes de hospitalidad. Todo lo que convierte al fútbol en negocio.
La idea: vender alrededor de un 20 por ciento de esa nueva entidad a inversores privados por 4.200 millones de dólares, sobre la base de una valoración de 20.000 millones. El “anchor investor” iba a ser Thrive Eternal, el fondo lanzado por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump.
A cambio, las 211 federaciones, ya de por sí dueñas de FIFA como asociación sin ánimo de lucro bajo la ley suiza, recibirían 20 millones de dólares cada una si aceptaban antes del 19 de septiembre. Ya tenían garantizados 10 millones por ciclo entre 2023 y 2026, financiados por los 15.000 millones de ingresos récord del Mundial recién terminado. Con FFE, según FIFA, esa cifra se duplicaría a 20 millones, subiría a 22 hasta 2034 y a 24 hasta 2038.
Para federaciones minúsculas como Andorra, Montserrat o Papúa Nueva Guinea, esas cifras son un salvavidas histórico. Para potencias como Inglaterra, España o Francia, el cálculo es distinto: el dinero importa, pero el control del juego, mucho más.
El problema iba más allá de las cuentas. El Mundial, el trofeo supremo del fútbol, se percibe como un bien casi sagrado, más ligado a la gloria que al balance financiero. La entrada de capital privado y fondos soberanos en el fútbol de clubes europeos se ha normalizado. En la Copa del Mundo, todavía no.
El frente en contra: de UEFA a los despachos de Zúrich
La lista de opositores al plan de Infantino fue creciendo hasta rozar lo unánime: varios vicepresidentes de FIFA, altos ejecutivos, todas las federaciones europeas, las confederaciones de Asia y Norteamérica, el primer ministro británico, la asociación mundial de ligas, aficionados de medio planeta.
Prácticamente todo el ecosistema.
El viernes, el presidente de FIFA parecía aislado. Su principal asesor, Carlos Cordeiro, exbanquero de Goldman Sachs, presentó su dimisión y calificó la operación de mal negocio. El director de operaciones, Kevin Lamour, emitió una declaración demoledora en defensa de sus compañeros, que sonó casi a invitación pública a que el presidente le destituyera.
El golpe decisivo llegó el jueves: UEFA anunció que sus miembros boicotearían todas las competiciones FIFA hasta que el plan fuese retirado. Europa no solo manda en los despachos; domina en el campo. Sus selecciones y clubes copan los títulos más rentables: el Mundial masculino, el Mundial de Clubes. Perder a Europa significaba vaciar de contenido el producto que se pretendía vender.
El miedo de fondo era claro: si entran inversores, exigirán valor. Más partidos, torneos más grandes, calendarios aún más saturados. Y eso amenaza el equilibrio global del fútbol, el espacio mediático y los ingresos de las ligas y competiciones de clubes, incluida la UEFA Champions League.
Los calendarios ya están al límite, las estrellas exprimidas, el dinero de televisión y patrocinio no es infinito. Muchos también reprochan a Infantino haber cocinado el proyecto en silencio durante un año, más preocupado por su cercanía al entorno de Trump que por construir consensos dentro del fútbol. El propio presidente estadounidense admitió el viernes que no había hablado con el jefe de FIFA sobre la venta de participaciones en el Mundial.
¿Quién estaba con Infantino?
Su base tradicional, África, con 54 votos, se mantenía en una prudente neutralidad. Para muchas federaciones del continente, la oferta suponía dinero transformador, pero el ruido político invitaba a la cautela.
CONMEBOL, el bloque sudamericano de 10 países, reconoció el viernes que había recibido la propuesta y prometió analizarla “con el rigor que demanda”. Su presidente, Alejandro Domínguez, vicepresidente de FIFA, tiene sus propios intereses: depende de Infantino para que el Mundial 2030 se amplíe a 64 equipos. Esa expansión daría más partidos a las sedes minoritarias Argentina, Paraguay y Uruguay, que por ahora solo tienen garantizado un encuentro cada una de los 104 previstos. El resto se disputará en España, Portugal y Marruecos.
En ese tablero, Infantino todavía podía contar con apoyos tácticos. Pero el coste político del plan empezaba a superar cualquier beneficio.
Un futuro abierto… y una presidencia cuestionada
La resistencia liderada por UEFA logró su objetivo inmediato: tumbar la venta parcial del Mundial y de los activos de FIFA. La pregunta ya no es qué pasará con FFE. Es qué pasará con Infantino.
¿Conserva la credibilidad necesaria para seguir al frente después de las intervenciones públicas de Lamour y Cordeiro, que en casi cualquier otra organización harían insostenible la continuidad de un presidente?
El calendario aprieta. El 18 de noviembre vence el plazo para presentar candidaturas a la presidencia. Cuatro meses después, el 19 de marzo, se celebrará la votación en Rabat, Marruecos, donde FIFA tiene su sede africana.
Infantino fue reelegido sin oposición en 2019 en París y en 2023 en Kigali, Ruanda. Los estatutos le permiten un mandato más de cuatro años. El diseño de FFE, según muchos en el entorno del organismo, parecía también una pista de aterrizaje para un futuro rol tipo “comisionado” más allá de 2031, presumiblemente mucho mejor pagado que su actual paquete salarial y de bonus, superior a los 6 millones de dólares anuales.
En un escenario de elección disputada, necesitaría 106 votos para asegurarse la mayoría. Los continentes no votan en bloque, pero una alianza amplia entre buena parte de los 55 miembros de UEFA, los 35 de CONCACAF y los 46 de Asia dibuja ya un bloque potencialmente muy sólido.
Los nombres de posibles rivales circulan desde hace tiempo, casi siempre en voz baja. El presidente de Paris Saint-Germain, Nasser Al-Khelaifi, aparece en muchas quinielas. También el vicepresidente de FIFA, el canadiense Victor Montagliani. Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la AFC y derrotado por poco por Infantino en las elecciones de 2016, podría decidir que ha llegado el momento de intentarlo de nuevo.
Hasta esta semana, todo eso sonaba a ciencia ficción. Un murmullo de fondo, alimentado por el malestar con el estilo de mando de Infantino y sus intentos repetidos de forzar proyectos impopulares.
Hoy, ese murmullo se ha convertido en ruido real de campaña. La cuestión ya no es si habrá oposición. Es quién se atreverá a desafiar al hombre que hace apenas unos días parecía intocable en la cima del fútbol mundial.
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