Gianni Infantino y la transformación de Fifa: ambiciones y poder
Cuando Gianni Infantino ganó las elecciones a la presidencia de Fifa en 2016, muchos lo vivieron como un giro inesperado, casi una ruptura con la era oscura de Sepp Blatter. Llegó con un discurso pulcro: “restaurar la imagen de Fifa”, “rendición de cuentas”, “transparencia”. Prometió que “todo el mundo nos aplaudirá”. A su verdadero electorado, el de las federaciones, les ofreció algo más concreto: “un aumento muy significativo” en la financiación. Ya entonces corrían susurros sobre el tiempo que pasaba en aviones privados.
Se le pintaba como el típico burócrata suizo. Hoy, nadie usa esa etiqueta. En los pasillos del poder del fútbol se escucha otra descripción, repetida con una mezcla de ironía y preocupación: “cree que dirige un Estado nación”. La frase encaja de forma incómodamente precisa en la semana en la que Fifa ha anunciado, sin consulta previa, un plan para vender una parte de los derechos comerciales del Mundial a inversores externos.
No es un volantazo. Es la culminación de una obsesión que ha marcado todo su mandato: crecer. Crecer en torneos, crecer en partidos, crecer en ingresos. Cuanto más tiempo lleva en el cargo, más atado parece a esa visión expansiva.
El primer gran movimiento llegó rápido. En 2016, Infantino propuso por primera vez ampliar el tamaño del Mundial. En paralelo, puso sobre la mesa una versión reforzada del Mundial de Clubes. Dos años después, sumó otra idea: una Nations League global, empaquetada en una nueva estructura corporativa, financiada con inversión externa. El proyecto terminó en la papelera, tumbado por la presión política, pero dejó claro el rumbo.
En 2017 se confirmó lo que ya era un secreto a voces: el Mundial de 2026 crecería a 48 selecciones. En 2021 se supo que los 12 clubes de la Superliga daban por hecho que Fifa respaldaría su escisión, antes de que el proyecto se desmoronara bajo una oleada de rechazo. A finales de ese mismo año, Infantino fue más allá y anunció su plan para convertir el Mundial en un torneo bienal.
Tras la pandemia, el ritmo se aceleró todavía más. El fútbol salió del Covid-19 con agujeros financieros serios y Fifa trató de taparlos en parte con el programa Forward. Al mismo tiempo, Infantino pisó el acelerador de las “innovaciones”: lanzamiento del Mundial de Clubes de 32 equipos y debate inmediato sobre su futura expansión, adjudicación súbita y sin oposición del Mundial 2034 a Arabia Saudí, diseño de un Mundial 2030 repartido en tres continentes y seis países, y la posibilidad abierta de llevar el torneo hasta 64 selecciones. Incluso los descansos de hidratación obligatorios se convirtieron en otro sello de su mandato.
Reflexiones sobre el liderazgo de Infantino
En los despachos, la pregunta se repite: ¿qué devora a Infantino? ¿Qué alimenta esa necesidad constante de agrandar todo lo que toca?
La explicación más repetida es la del clientelismo. Más competiciones, más partidos, más ingresos. Y más dinero para repartir entre las asociaciones miembro, que a su vez garantizan un electorado agradecido cuando llega la hora de renovar el mandato. Desde que llegó al cargo, Infantino ha multiplicado prácticamente por tres los ingresos de Fifa. ¿No bastaría eso para asegurar lealtades? Máxime cuando, tras cambiar el reglamento sobre los límites de mandato, su tercer periodo completo, ya prácticamente asegurado, debería ser el último.
La naturaleza del último plan ha abierto otra hipótesis: que Infantino esté ensanchando el perímetro de Fifa para construirse un refugio a su salida. Informaciones del Times apuntaban a que podría convertirse en director ejecutivo de la nueva sociedad comercial una vez deje la presidencia, con un salario más cercano al de un gran ejecutivo que al de un responsable de una organización sin ánimo de lucro. Fifa lo ha negado con firmeza. Incluso si ese puesto dorado llegara a materializarse, cuesta pensar que explique por sí solo todos los movimientos, giros y maniobras de estos años.
Queda una tercera lectura, más simple, pero cada vez más difícil de desechar: Infantino está atrapado por el estatus y el poder. El hijo de inmigrantes italianos, de clase trabajadora, en la Suiza rica; el chico pelirrojo al que, según se cuenta, le hicieron la vida difícil en la escuela. Hoy se sienta en la mesa principal. Y le gusta.
Su trayectoria adulta dibuja un patrón claro: gusto por la vida alta, fascinación por la celebridad. A los aviones privados se sumó, ya en 2016, la creación del grupo de “Fifa Legends”: una docena de exfutbolistas de élite, movilizados para respaldar su candidatura. Una vez alcanzada la presidencia, el foco se desplazó. Menos exjugadores, más jefes de Estado. Menos fotos con estrellas del césped, más con líderes que manejan presupuestos nacionales y ejércitos.
Sus relaciones con Vladimir Putin, el emir de Qatar, el príncipe heredero de Arabia Saudí y, finalmente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, han mostrado a Infantino en una dimensión nueva, mucho más grandilocuente. Ya no es el gestor de una federación global. Es el hombre que se codea con el poder político real, que copia sus gestos, sus puestas en escena, su forma de blindarse ante la crítica.
Ese nuevo estatus le ha dado más poder, o al menos la sensación de tenerlo. Ha logrado imponer cambios profundos sin apenas resistencia efectiva desde dentro de Fifa ni del propio ecosistema del fútbol. Pero las alianzas políticas rara vez son estables. Y casi nunca son gratuitas.
El riesgo es evidente: esos pactos pueden salir muy caros. Un alto dirigente del fútbol, al analizar el nuevo plan comercial, lo interpretaba no como una ambición genuina de Infantino, sino como el peaje de una alianza peligrosa. Su frase fue tan cruda como reveladora: “Gianni se ha metido hasta el cuello con Trump. Ahora él está cobrando su parte de las recompensas del Mundial”.
La pregunta ya no es solo qué quiere construir Infantino con Fifa. Es quién va a quedarse con las llaves del mayor espectáculo del planeta cuando él abandone el despacho de Zúrich. Y cuánto habrá cambiado el fútbol para entonces.
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