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Infantino y la FIFA: El freno a un ambicioso proyecto comercial

Gianni Infantino empezó la semana exhibiendo los 15.000 millones de dólares generados por el último Mundial masculino. La terminó con un brusco giro de 180 grados, aislado políticamente y obligado a enterrar, de madrugada, el proyecto más ambicioso —y más explosivo— de su mandato.

La FIFA renunció a seguir adelante con la creación de una nueva sociedad privada, FIFA Forward Enterprises (FFE), a la que pensaba traspasar la explotación de sus grandes eventos —Mundiales y Mundiales de Clubes, entre otros— y de la que pretendía vender un 21 por ciento a inversores externos por 4.200 millones de dólares.

La presión fue insoportable.

“Tras escuchar atentamente todos los puntos de vista, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones de tal naturaleza que, con independencia del nivel de apoyo, ya no responde al objetivo inicial”, admitió Infantino en un comunicado difundido a última hora del viernes. “Nuestro propósito siempre ha sido —y siempre será— unir y mejorar. Como resultado, esta propuesta no seguirá adelante”.

De “nadie está vendiendo el fútbol” al frenazo total

El volantazo resulta aún más llamativo si se recuerda lo ocurrido apenas unas horas antes. En la mañana del viernes en Europa, la propia FIFA había defendido públicamente el plan, asegurando que “nadie está vendiendo fútbol” y que, aunque “reconocía y respetaba” las críticas, pensaba seguir adelante, apelando a un supuesto proceso “abierto y democrático”.

Ese intento de aguantar el pulso duró poco.

UEFA ya había puesto la primera bomba sobre la mesa: sus 55 federaciones amenazaban con boicotear todas las competiciones FIFA, incluidos los Mundiales, si el proyecto no se retiraba. Concacaf se alineó con la postura europea. Luego llegó la Asian Football Confederation (AFC), que se declaró en solidaridad con ambas.

De repente, el presidente que creía tener controlado el tablero se encontró ante un frente común que sumaba 137 de las 211 asociaciones miembro. Una mayoría capaz de tumbar el proyecto en el Congreso y de dejarle políticamente desnudo.

Un plan millonario que encendió todas las alarmas

Sobre el papel, el plan de Infantino era sencillo y tentador. FFE gestionaría los grandes eventos de la casa y la venta del 21 por ciento a inversores —con el fondo Thrive, de Joshua Kushner, en primera línea— generaría 4.200 millones de dólares frescos. Ese dinero se inyectaría de inmediato en las 211 federaciones a través de un nuevo canal de financiación: el FIFA Fast-Forward Programme (FFFP).

La promesa era contundente: más de 10.000 millones de dólares en financiación al desarrollo en los próximos cuatro años.

FIFA llegó a detallar la estructura de pagos. Incluso si una federación votaba contra el proyecto FFE pero este era aprobado, recibiría 20 millones de dólares en el ciclo 2027-30, 22 millones en 2031-34 y 24 millones en 2035-38, con independencia de que se vendiera o no una participación de FFE a inversores privados.

Quien apoyara el plan doblaría la cifra en el primer ciclo: 40 millones de dólares en 2027-30, con las cantidades posteriores iguales a las de los opositores.

Era una oferta difícil de rechazar en términos puramente financieros. Precisamente por eso, la reacción fue tan virulenta: demasiadas voces vieron en esa arquitectura un intento de comprar voluntades y de hipotecar el control del negocio central del fútbol mundial.

CONMEBOL, más prudente, evitó sumarse al bloque de rechazo frontal, pero dejó un aviso en un comunicado el viernes por la noche: las decisiones financieras y comerciales “deben servir siempre a los intereses del fútbol y nunca anteponerse a su esencia”.

Rebelión interna: dimisiones, acusaciones y un presidente acorralado

La presión no llegó solo desde las confederaciones. El terremoto se trasladó al interior de la propia FIFA.

Carlos Cordeiro, asesor de Infantino, dimitió atacando sin rodeos el proyecto, al que definió como “un mal negocio para las asociaciones miembro de la FIFA, un mal negocio para el fútbol y un mal negocio para el futuro a largo plazo del juego”. Un mensaje demoledor procedente de alguien del círculo cercano del presidente.

Poco después, el director de operaciones de la FIFA, Kevin Lamour, habló con Associated Press y acusó a Infantino de haber “engañado” al personal. Aseguró que dormiría mejor tras denunciar la situación, aunque eso le costara el puesto. Y dejó una frase que retrata el clima en Zúrich: “Es el proyecto de una sola persona. No solo no debe seguir adelante… ha llegado el momento de que los líderes políticos del fútbol se hagan las preguntas correctas y tomen las decisiones correctas”.

Cuando tu propio equipo te señala de ese modo, el problema ya no es un simple debate de modelo de negocio. Es una crisis de liderazgo.

Thrive, la firma de capital riesgo de Joshua Kushner, no había retirado su interés cuando cayó la noche del viernes. Pero la decisión final de FIFA de “desenchufar” el proyecto convirtió cualquier negociación en irrelevante.

Un liderazgo en cuestión

La retirada del plan no cierra la herida. La expone.

Reuniones internas de UEFA y Concacaf, el jueves, ya habían puesto sobre la mesa una cuestión impensable hace apenas unos meses: el futuro de Infantino al frente de la FIFA. El presidente, en el cargo desde febrero de 2016 tras suceder a Sepp Blatter, parecía encaminado a una reelección plácida y sin rivales en marzo de 2027. Varias federaciones ya habían enviado cartas formales de apoyo a su candidatura.

Ese escenario se ha resquebrajado.

“La impresión clara en este momento es que ha perdido una gran parte de la confianza”, afirmó Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, en declaraciones al medio VG. “No votamos por él la última vez y hemos sido escépticos con esto. Hay muchas cosas buenas en la FIFA, pero si se adopta una actitud laxa con los principios de gobernanza y las normas, se pierde rápidamente la confianza”.

Infantino ha sufrido una humillación pública. Empezó defendiendo un proyecto que, según él, modernizaría el modelo comercial del fútbol mundial. Terminó intentando salvar su propia continuidad. La batalla de ideas se transformó en una batalla por el poder.

¿Y ahora qué?

El mensaje político es claro: las confederaciones han demostrado que pueden plantar cara y hacer retroceder a Zúrich cuando perciben que se cruza una línea roja. La venta parcial del corazón comercial de la FIFA ha sido esa línea.

El calendario, además, aprieta. Las candidaturas para las elecciones presidenciales de 2027 deben presentarse antes de noviembre. Hasta hace nada, nadie imaginaba un rival serio. Hoy, tras este episodio, los potenciales aspirantes saben que el presidente ya no es intocable.

Los números de los Mundiales seguirán siendo astronómicos. El negocio, gigantesco. La pregunta, desde este fin de semana, es otra: ¿quién va a dirigirlo cuando llegue el momento de votar?