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Jacob Bergström: De amateur a estrella en la Champions League

Jacob Bergström nunca pensó que acabaría compartiendo escenario con estrellas como Yaya Touré en la Champions League.

A los 22 años seguía jugando al fútbol amateur. Sin academia, sin escaparate, sin promesas. Trabajaba en un Subway para pagar las facturas incluso después de fichar por Mjällby en 2018. No fue profesional a tiempo completo hasta los 24. A esa edad, muchos ya han tocado techo. Él ni siquiera había empezado.

Hoy, con 31 años, es el delantero corpulento que ha empujado a Mjällby hacia la mejor etapa de sus 87 años de historia: campeón de liga sueca y de Copa por primera vez. El hombre que marcó en su debut en la Champions League y que ahora mira de frente a Slovan Bratislava, el equipo que dirige un ganador de la Champions como Touré.

De la tercera división al escaparate de Europa

“Cuando llegué aquí estábamos en tercera división”, cuenta Bergström a BBC Sport. “Estaba tan feliz de firmar. Era algo enorme para mí entonces”. Aquello ya le parecía un sueño. Lo que ha venido después, directamente, le desborda: “Nunca soñé con algo así. Ni siquiera lo pensaba. Estar aquí ahora es una locura, y hacerlo con Mjällby es increíble”.

La gesta del título de liga del curso pasado dio la vuelta al mundo. No solo por lo deportivo, sino por el lugar del que procede. Mjällby vive en los márgenes del mapa futbolístico: Hallevik, un pequeño pueblo costero del sur de Suecia con menos de 1.000 habitantes.

Desde allí, el club se ha convertido en el referente futbolístico del condado de Blekinge. Sus partidos en casa reúnen a unas 5.000 personas, una cifra enorme para el tamaño del lugar. Llegan aficionados de toda la región, atraídos por un equipo que compite muy por encima de lo que dicta su código postal.

Entre esos jugadores que el club consigue seducir está Bergström, nacido a una hora en coche, en Karlskrona, capital de Blekinge, donde el balonmano y el hockey sobre hielo mandan sobre el fútbol. Volvió a Mjällby en 2023 tras un breve paso por Djurgården, y esta vez lo hizo para quedarse: se mudó a Hallevik con su esposa y sus dos hijos. Ahora, esa aldea pesquera es su casa.

En invierno, el pueblo hiberna. Calles tranquilas, pocos vecinos, ritmo lento. En verano, todo estalla: los veraneantes multiplican por cuatro la población. Entre temporada y temporada, la vida de Bergström mantiene la misma rutina humilde: va en bicicleta a los entrenamientos y a los partidos en Strandvallen, el estadio del club, apenas a 100 metros del mar Báltico, encajado entre un bosque, un camping y una piscina descubierta.

“Tienes el océano y la gente”, dice. “Es tan bonito junto al agua y la playa. En invierno no hay mucha gente, no es para todo el mundo, pero para nosotros encaja”.

Un delantero que encarna al pueblo

Con 1,91 de estatura, Bergström es el ariete de referencia, el objetivo de todos los balones largos. Pero en Hallevik ya no es solo el “9” del equipo. Es uno más del pueblo. El símbolo de una mentalidad: la del pequeño que no se achica.

Su relación con las gradas no es de cartón piedra. Es visceral. Una vez celebró un gol delante de la afición de Malmö y ni se inmutó cuando lo bañaron en cerveza. Después, lo resumió con una frase que ya forma parte de su leyenda local: “Sabía muy bien”.

En otra noche caliente, tras ganar a su gran rival de ciudad, cogió un megáfono y lideró un cántico que tronó en la noche: “El que no salte es un cerdo de Malmö”. Ese es Bergström. Un delantero de élite nacional con alma de aficionado de grada baja.

Su vida, pese al éxito, sigue anclada en la normalidad. Sigue yendo al estadio en bicicleta. Los hinchas se lo encuentran en el supermercado, como le ocurrió a BBC Sport al día siguiente del último partido de clasificación de Champions en Strandvallen. No hay coche de lujo, no hay escoltas, no hay burbuja.

Hallevik, capital europea por una noche

El estreno europeo de Mjällby, ante Lincoln Red Imps de Gibraltar, convirtió Hallevik en algo muy parecido a una capital de fútbol continental. Un ambiente de carnaval: una banda de jazz recibiendo a 3.500 aficionados en el estadio, otros 2.300 instalados en la marina con tumbonas y neveras portátiles para seguir el partido en una pantalla gigante.

“Jugar en Europa es especial para todo el pueblo y para todos los que están en el club”, resume Bergström. Cada vez que monta en su bicicleta camino de Strandvallen, ve el mismo paisaje humano: camisetas amarillas y negras, banderas ondeando en los jardines, vecinos que se saludan camino del estadio. “Es muy divertido ver cómo todos se juntan. Están muy orgullosos de formar parte de este viaje que hemos hecho juntos”.

El 0-0 en Gibraltar bastó para sellar el pase a la tercera ronda previa y citarse con Slovan Bratislava, el club que le ha dado a Yaya Touré su primera oportunidad como entrenador principal desde junio.

El viaje al fin del mundo… futbolístico

A muchos rivales no les gusta viajar a Mjällby. No es solo el rival, es el trayecto. Kilómetros y kilómetros de campos de cultivo, carreteras estrechas, casi nada que mirar… salvo las banderas amarillas de Mjällby colgando de tractores y granjas. Un fútbol que nace de la tierra, literalmente.

Al final del camino les espera un estadio modesto, apretado, con una afición que se hace notar. En Europa, aún más: el grupo más ruidoso de seguidores se reubica en la grada más grande, y el ruido se multiplica. No hay lujos, pero sí una presión ambiental que sorprende a cualquiera que se deje engañar por el tamaño del pueblo.

Touré, 43 años, ya ha advertido que Mjällby tiene “algo que otros equipos no tienen”. Y ahora, ese “algo” se mide a los 24 veces campeones de Eslovaquia por un billete al play-off de la Champions League.

El escenario es claro: si Mjällby vuelve a dar la campanada, el cuento de hadas se alargará una ronda más en la máxima competición europea. Si no lo hace, el premio de consolación tampoco es menor: el equipo tiene garantizada su presencia, al menos, en la Conference League esta temporada.

Para Bergström, eso significa una cosa muy sencilla: seguir cruzándose con estrellas del fútbol europeo. Desde la bicicleta, desde la playa, desde un pueblo de menos de mil habitantes que se ha empeñado en no despertar de su sueño.