Messi brilla con hat-trick en el debut de Argentina
KANSAS CITY, Missouri — Lionel Scaloni ha visto casi todo en el fútbol. Campeón del mundo con Argentina en 2022, protagonista de títulos de Liga y Copa del Rey con aquel inolvidable Deportivo La Coruña. Ha estado en noches enormes, en estadios que rugen, en finales que marcan carreras.
Pero nada lo preparó para lo que sintió cuando Lionel Messi dejó el campo tras firmar un hat-trick en el 3-0 ante Argelia. Lo abrazó. Y se quebró.
No era una final. Ni un partido de vida o muerte. Era el primer encuentro de un torneo que, en los planes de Argentina, debería durar ocho partidos. Y, aun así, el técnico de 48 años no pudo contenerse. Con Messi, las emociones no obedecen al contexto. Se desbordan.
Scaloni nunca escondió lo que siente. Pero ver a un seleccionador campeón del mundo tan conmovido en un estreno habla de otra cosa: del peso emocional que el 10 sigue teniendo sobre todos los que lo rodean. Compañeros. Cuerpo técnico. Un país entero.
El propio entrenador lo explicó a su manera: Messi tiene un grupo de amigos a su lado, gente dispuesta a darlo todo por él, que lo mira como a un dios y al mismo tiempo como al pibe del barrio. Esa dualidad es la que sostiene el clima de devoción que se respira alrededor del capitán. Es diario. Es constante.
Y, sin embargo, lo del martes no fue un día más.
Un hat-trick que reescribe la historia
Messi se fabricó una noche de las que dejan huella en los libros. Tres goles, una actuación dominante y un nuevo escalón en la historia de los Mundiales. Su hat-trick no solo eclipsó el doblete de Kylian Mbappé unas horas antes, también lo impulsó por delante de Ronaldo en la tabla de máximos goleadores de la Copa del Mundo masculina y lo colocó a la par de Miroslav Klose.
Mientras las cifras se disparan, él se mantiene frío. Cuando le preguntaron si miraba esos números históricos, fue tajante: no. Dijo que es un honor estar a la altura de Klose, con Ronaldo también en esa conversación, pero que al final son estadísticas y nada más. Recordó que Mbappé había marcado dos ese mismo día y lanzó una reflexión simple: si Ronaldo, para él uno de los más grandes, no está primero, queda claro lo que son las estadísticas.
Messi relativiza los números. El problema para sus rivales es que su impacto va mucho más allá de ellos.
"Cosas de Messi"
Contra Argelia, su influencia se sintió en cada rincón del campo. No solo fueron los tres goles. Fue la manera en que inclinó el partido, cómo rompió un duelo que, por momentos, parecía equilibrado.
Ibrahim Maza, atacante argelino, lo resumió con una frase que ya suena familiar: no estuvieron tan mal, dijo, pero no pudieron superar las “cosas de Messi”. Cuando le pidieron que explicara, se negó. No hacía falta. Solo había que ver el partido.
“Cosas de Messi” es ese empeño feroz por iniciar y terminar una jugada de gol. Es la capacidad de hacerse invisible aunque todas las miradas —y todas las marcas— estén clavadas en él. Es esa zancada que todavía conserva cuando arranca desde la mitad de la cancha. Es también ese toque de fortuna que lo acompaña cuando una falta que podría haber sido tarjeta queda sin castigo.
Messi sigue siendo un problema irresoluble. Incluso para quienes creen tenerlo estudiado.
Un equipo que no puede relajarse
La noche fue conmovedora para el plantel de Scaloni y para los 69.045 espectadores que llenaron el estadio. Pero nadie en Argentina puede permitirse pensar que este es el techo. La defensa del título mundial apenas comienza. Esto debe ser el punto de partida, no la cima.
El capitán llega a este torneo rodeado de dudas físicas, después de una lesión con Inter Miami que encendió alarmas. Respondió con un hat-trick y una actuación que disipó miedos. Es, quizá, el futbolista más fiable de su generación cuando se trata de aparecer en los grandes escenarios.
El desafío, ahora, está en los que lo rodean. Esos que sienten el aura que describe Scaloni tienen que sostener este nivel, o incluso elevarlo, si quieren volver a levantar un trofeo. Messi puede encender la chispa. El resto debe mantener el fuego.
Él, mientras tanto, se encarga de bajar la espuma. Nada de mirar demasiado lejos. Nada de proyectar finales antes de tiempo. El próximo objetivo tiene fecha y lugar: 22 de junio, frente a Austria, en el norte de Texas. Y hasta ahí llega su horizonte.
La filosofía es clara: esta selección compite. No se adelanta. Va partido a partido. Asegura que el grupo no se relaja, que se entrega igual sin importar el rival, a veces mejor, a veces peor, pero siempre al límite. Y deja una promesa: van a pelear hasta que no puedan más.
Si Argentina mantiene esa fiereza y Messi se mantiene sano y brillante, Scaloni volverá a llorar. Y esta vez no será el único con lágrimas en la cara.
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