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Milos Kerkez: De promesa a figura clave en el Liverpool

Milos Kerkez, el verano en que dejó de ser promesa

En el verano de Milos Kerkez caben varias vidas. Días tranquilos en casa, en Serbia. Escapadas a Montenegro y España. Un golpe frenético en la puerta de su habitación para anunciarle que Arne Slot había sido despedido. Una reunión inesperada con Andoni Iraola poco después. Y una foto que dio la vuelta a las redes: el lateral del Liverpool entrando del brazo de una novia en una iglesia de Vrbas, su ciudad natal.

Las felicitaciones por “su boda” todavía le persiguen. También en la azotea del hotel de concentración del Liverpool en Estados Unidos, donde arranca la entrevista.

“¡No! Esto está mal, todo el mundo lo entiende mal!”, protesta, entre risas. No era su boda. Era la de su hermano mayor, Rade. En Serbia es tradición que el hermano pequeño acompañe a la novia a la iglesia. Kerkez cumplió con el papel familiar y acabó convertido, por error, en “recién casado” para medio mundo. “Volvimos al club y la gente me felicitaba. Yo pensaba: ‘No, todavía no estoy listo para esto’”.

Listo para casarse no. Para asumir peso en el Liverpool, sí.

De la sombra de Robertson al foco de Iraola

Kerkez, 22 años, energía inagotable y un punto de humor permanente, ha pasado de ser “el que viene detrás de Andy Robertson” a uno de los rostros del nuevo Liverpool. En la concentración de pretemporada, en el centro de alto rendimiento de Chicago Fire, él y su compatriota húngaro Dominik Szoboszlai se han colocado de manera natural en la primera fila del vestuario. Plantilla joven, jerarquía nueva.

Su ventaja es evidente. Conoce a Andoni Iraola mejor que nadie en ese vestuario. Bajo las órdenes del técnico vasco en Bournemouth, se convirtió en un lateral de 40 millones de libras y se ganó un lugar en el equipo del año de la PFA en la temporada 2024-25. Sabe qué quiere el entrenador, qué exige, qué tolera y qué no. Y, sobre todo, sabe que no tiene que convencerle desde cero.

Cuando se enteró de que Iraola era el elegido para reemplazar a Slot, la reacción fue inmediata: alivio y ambición. Kerkez lo resume sin rodeos: el técnico que le hizo explotar es ahora el hombre que puede terminar de consolidarlo en Anfield.

Habla de “intensidad”. De duelos uno contra uno por todo el campo. De presión alta, de un equipo que vive permanentemente en campo rival. Y de un detalle que describe bien el método Iraola: los famosos ejercicios de “consecuencias”. Mini partidos con tres o cuatro equipos; los que pierden, corren. Los que quedan segundos, también. Cuánto corren, lo decide el entrenador sobre la marcha. El mensaje es simple: en su fútbol, el castigo nunca es simbólico.

“Después de los entrenamientos estamos todos tirados en el suelo”, cuenta Kerkez. Y ahí se entiende qué está preparando Iraola para el Liverpool.

Un lateral para correr hacia adelante… y defender primero

La temporada pasada, el serbio pareció atado por momentos en el plan de Slot, con laterales que se metían por dentro y una salida limpia desde atrás casi dogmática. No era el contexto ideal para un jugador cuya carta de presentación en Bournemouth fue precisamente lo contrario: potencia, recorrido, agresividad por banda.

Con Iraola, el escenario cambia. Kerkez lo explica con una claridad que suena a liberación: el técnico quiere laterales por fuera, atacando la línea, alternando desmarques por dentro y por fuera. Justo el ecosistema en el que brilló en la costa sur.

Eso sí, con una condición innegociable: primero se defiende. Siempre. El propio jugador repite casi como un mantra lo que escuchó durante dos años en Bournemouth: eres lateral, tu prioridad es defender fuerte; todo lo que hagas por delante es un extra. Cumple atrás y tendrás libertad arriba.

Con esa premisa, Kerkez se sintió “libre” con Iraola. Libre para correr, para sumarse al ataque, para ayudar a los extremos. Libre para “hacer sus cosas”, como él mismo dice. Esa sensación es la que espera recuperar ahora en Anfield.

Slot, el título y un adiós que aún sorprende

Nada de esto significa que culpe a Slot por un curso turbulento. Al contrario. El holandés, despedido solo un año después de entregar la Premier League al club, sigue en contacto con él. El momento en que se enteró de la destitución tiene algo de escena doméstica: estaba en Serbia, dormido, hasta que su hermano lo despertó a golpes en la puerta. Nadie en su entorno lo esperaba. Él tampoco.

La temporada, admite, fue “dura para todos”. Cada vez que el equipo parecía arreglar un problema, aparecía otro. En medio de una inversión millonaria que no dio el rendimiento esperado, cada fichaje quedó bajo el microscopio. Kerkez salió mejor parado que otros, pero la lupa estaba igual de cerca.

Él asegura que la presión no le afecta. No le interesa. Y ahí asoma el chico que creció en Serbia, con una infancia distinta a la de muchos compañeros de vestuario. De pronto, suelta un detalle que lo retrata: empezó a conducir un camión con 10 años. Su padre al lado, manejando los pedales, y él al volante. La escena dice más de su carácter que cualquier tópico sobre “mentalidad balcánica”.

Un padre al volante, un hijo con los pies en el suelo

Su padre, Sebastijan, sigue conduciendo ahora, aunque el trayecto ha cambiado. A veces lo lleva al centro de entrenamiento del Liverpool. Él y su madre, Tijana, se han mudado a Inglaterra para acompañarle en esta etapa. Sus hermanos, Rade y Marko, tienen ya su propia vida; los padres, en cambio, han decidido anclar la de Milos.

No están solo para hacerle compañía. Están para bajarle a tierra. Kerkez lo cuenta con una naturalidad desarmante: si encadena un par de buenos partidos y empieza a creérselo demasiado, ahí aparece la mano de su padre en la cabeza. Un toque seco, un recordatorio físico de que nada está hecho. “Vuelvo al suelo y vuelvo a encenderme”, dice.

En un club donde el ruido es constante, tener a alguien que apague el eco de la autocomplacencia es oro puro.

La herencia de Robertson y la amistad con Salah

El otro gran punto de apoyo en su aterrizaje en Anfield ha sido Andy Robertson. El escocés, capitán de su selección y ya jugador del Tottenham, era el hombre al que venía a sustituir. Un icono del club, un competidor feroz y, a la vez, un mentor.

Durante la temporada, Robertson se lo llevó varias veces aparte. Hablaron de centros, de cómo respirar cuando las piernas queman, de esos “pulmones grandes” que hacen falta para ir y volver por la banda hasta el minuto 95. De la concentración en el último pase, de levantar la cabeza antes de centrar.

Cuando llegó la despedida de Anfield en mayo, Kerkez decidió no cargarle con más emociones. Lo vio tocado. Prefirió guardar para sí las palabras y quedarse con todo lo que ya le había dado durante el año.

El serbio no huye del peso de la comparación. Sabe lo que hizo Robertson por el club. No pretende reescribir esa historia, sino escribir la suya. “Quiero hacer mi propio camino”, afirma. Y lo dice con la determinación de quien entiende dónde está: sabe lo que significa vestir la camiseta del Liverpool y está convencido de que el primer capítulo ya está escrito, pero no es ni de lejos el más importante.

En el vestuario también ha encontrado algo más que referentes: amistades. Una de las más estrechas, con Mohamed Salah. La dimensión del egipcio se la recordó la televisión justo antes de que el equipo volara desde el Axa Training Centre hacia Chicago. Un programa repasaba sus cifras: goles, asistencias, un total que rondaba los 380. Kerkez miró la pantalla, se levantó y se marchó pensando: “¿Qué es esto?”. No hacía falta decir más. El listón está ahí.

Un nuevo Liverpool, una nueva versión de Kerkez

El miércoles, en Nueva York, el lateral se medirá a Wrexham en el segundo partido de la gira estadounidense. No es un gran examen competitivo, pero sí otro paso en la construcción del Liverpool de Iraola. Un equipo que quiere recuperar la agresividad, el ritmo, la sensación de asfixiar al rival que definió a los mejores años recientes del club.

En ese dibujo, Kerkez encaja como una pieza natural: lateral de recorrido, físico privilegiado, carácter para vivir en el ida y vuelta constante. Ya no es el chico que llega a reemplazar a un mito. Es el jugador que debe demostrar que el puesto le pertenece.

El verano le ha cambiado la vida sin cambiarle el estado civil. Lo que sí está a punto de cambiar, si todo va como él y su nuevo entrenador imaginan, es su lugar en el mapa del fútbol europeo. La pregunta ya no es si puede seguir la estela de Robertson, sino hasta dónde puede llegar un lateral que aprendió a conducir camiones de niño y ahora acelera en la banda izquierda de Anfield.