La nueva economía del estadio de Tottenham
La última temporada es de esas que los aficionados de Tottenham preferirían borrar. Otro entrenador despedido, una plaga de lesiones en jugadores clave y un último día de Premier League vivido con el corazón en un puño para evitar un descenso que habría sido histórico… y bochornoso para el noveno club más rico del mundo.
Acabaron otra vez en el puesto 17. Dos años seguidos mirando más hacia abajo que hacia Europa. Motivos de sobra para la preocupación deportiva.
Pero mientras el equipo se tambalea, el balance de cuentas luce un brillo casi insolente. El nuevo estadio ha cambiado por completo el mapa económico del club. Sobre el césped hay dudas; en las oficinas, certezas.
El día de partido, convertido en mina de oro
El salto es brutal. Tottenham ha pasado de ingresar 45 millones de libras en días de partido en 2016-17, la última temporada en White Hart Lane, a 126 millones en 2024-25, según detalla el experto en finanzas del fútbol Kieran Maguire.
No han duplicado el aforo. Pero han multiplicado por dos y medio los ingresos.
La clave no es solo cuánta gente entra, sino cuánto tiempo y cuánto gasta. El club ha diseñado un estadio en el que el aficionado llega antes y se va más tarde. Bares, zonas de restauración, espacios de ocio: si el hincha pasa 40 o 50 minutos extra dentro, no solo está matando el tiempo. Está abriendo la cartera.
Ese modelo no se limita al fútbol. El recinto puede acoger hasta 30 eventos no futbolísticos al año a plena capacidad. Conciertos de gran formato, partidos de NFL, veladas de boxeo mundial —como el combate de Anthony Joshua ante Oleksandr Usyk en 2021— y, desde 2023, el derbi londinense de rugby union entre Saracens y Harlequins.
Cada una de esas noches deja caja. Y se nota: los ingresos comerciales han saltado de 73 millones de libras en 2016-17 a 277 millones en 2024-25.
Con esa base, Tottenham puede ir al mercado con otra fuerza. El fichaje de Sandro Tonali, cerrado el mes pasado por una cifra que podría alcanzar los 100 millones de libras, es un síntoma directo de ese músculo financiero.
Nuevas normas, vieja pregunta: ¿el estadio como arma competitiva?
La Premier League estrena este verano un nuevo marco económico. Se despiden las antiguas normas de rentabilidad y sostenibilidad (PSR) y entra en juego un sistema centrado en dos pilares: el ratio de coste de plantilla (SCR) y la sostenibilidad y resiliencia sistémica (SSR).
El SCR busca poner tope a lo que un club puede gastar en su plantilla —salarios, amortización de fichajes, comisiones de agentes— como porcentaje directo de sus ingresos totales.
Y ahí aparece el gran truco contable del ladrillo: los costes de infraestructura del estadio no cuentan dentro de ese cálculo.
En el caso de Tottenham, esos costes rondan los 70 millones de libras anuales. Pero quedan fuera de la ecuación que limita el gasto en futbolistas. Como resume Maguire, cualquier inversión en estadio queda “blindada” respecto a la capacidad de invertir en la plantilla.
Claro que los estadios son caros. Mucho. Pero los Spurs se financiaron con préstamos bancarios a tipos de interés extraordinariamente bajos. El resultado: para ellos, los beneficios de construir un estadio nuevo y carísimo superan con creces los inconvenientes, al menos desde la óptica financiera.
Para competir al máximo nivel, insiste Maguire, necesitas disparar tus ingresos de día de partido. Hay dos caminos: subir precios —una vía impopular y políticamente delicada— o agrandar el estadio y reconfigurar el reparto de localidades, con un mayor peso del público no abonado y, por tanto, más flexible en precio.
Tottenham ha elegido la segunda vía. No está solo.
Everton, West Ham, United, Newcastle: el dilema de quedarse o marcharse
Everton y West Ham ya han dado el salto a nuevos estadios. El movimiento tiene lógica económica a largo plazo, pero no siempre ha encajado con el corazón del hincha. La pregunta se repite en otros clubes de la Premier: ¿renovar la casa de siempre o levantar una nueva?
Reformar suele ser más barato. Pero plantea un problema inmediato: ¿dónde juegas si tienes que abandonar el estadio mientras duran las obras?
Levantar un recinto desde cero exige una inversión gigantesca y, además, choca con el temor de la grada a perder parte de su identidad al abandonar un templo histórico.
En Manchester United, Sir Jim Ratcliffe ve en un nuevo estadio el gran símbolo de su etapa en el club. Un proyecto con capacidad para 100.000 espectadores y una amplia zona corporativa dispararía los ingresos de día de partido muy por encima de los actuales y daría más margen para reforzar la plantilla.
El plan presentado en marzo de 2025 incluye una enorme marquesina. Un gesto arquitectónico tan vistoso como caro. Esa estructura, y todo lo que quede bajo su sombra, formaría parte del perímetro del club… y de sus obligaciones de mantenimiento. La cuestión es clara: ¿compensa el coste el impacto visual?
Parte de la construcción podría hacerse fuera de la parcela y luego trasladarse, según defienden los responsables del proyecto. Esa fórmula abarataría el proceso respecto a una obra integral en el propio Old Trafford.
Además, la idea de levantar el nuevo estadio a escasa distancia del actual resuelve un asunto espinoso: dónde jugar si Old Trafford tuviera que cerrarse durante un periodo largo. Ni el campo de Manchester City, ni Anfield, ni el nuevo estadio de Everton ofrecen una solución sencilla. Tienen menor capacidad, plantean retos de seguridad y su alquiler sería caro, si es que fuera viable.
Con el plan actual, United podría hacer un simple traslado: de un estadio al otro, sin exilio temporal.
Newcastle, el techo invisible de St James’ Park
El caso de Newcastle es distinto, pero el debate es igual de intenso. Este verano el club se ha visto obligado a vender a algunos de sus mejores jugadores para cuadrar cuentas y respetar las normas financieras. En ese contexto, la idea de un nuevo estadio diseñado para maximizar ingresos resulta muy tentadora.
Los números son elocuentes. En 2024-25, Newcastle ingresó 52 millones de libras en días de partido. Manchester United llegó a 160 millones, Arsenal a 154 y Tottenham a 126.
Si estás 100 millones por detrás de tus rivales directos, solo te quedan dos caminos: ser extraordinariamente eficiente en el mercado o cobrar más por tu producto. Y ahí aparece el muro emocional.
¿Cómo aumentar el ingreso por aficionado sin traicionar al núcleo duro de la Gallowgate? La respuesta que dan los números es clara: necesitas ofrecer productos distintos, escalas distintas, experiencias distintas. Pero St James’ Park no se diseñó pensando en un público corporativo.
La afición, en cambio, mira con otros ojos. La seguidora Charlotte Robson lo resume con una mezcla de pragmatismo y nostalgia. Cree que el estadio actual puede albergar conciertos, aunque no al nivel de Tottenham o del London Stadium de West Ham. No vería descabellado un traslado… pero sabe que una parte enorme de la identidad del club está pegada a esas gradas. Mover el estadio “rompería muchos corazones”.
Ahí se juega el verdadero partido: en la línea fina que separa la ambición económica del arraigo sentimental.
¿Un modelo replicable… o un caso aislado?
Cada club que se plantea cambiar de estadio mira de reojo a Tottenham. El aumento de ingresos de día de partido es evidente. La posibilidad de multiplicar los acuerdos comerciales, también. Pero no todos juegan en el mismo tablero.
Los Spurs disfrutan de una ventaja geográfica y de marca: están en Londres, una ciudad que vive del turismo global, y cuentan con una base de seguidores repartida por todo el mundo. Ese contexto facilita llenar el estadio no solo en la Premier, sino en conciertos, partidos de NFL o grandes eventos de boxeo.
En otras zonas del país, con aficiones más localizadas y una resistencia mayor a subidas de precios, el modelo se complica. Los costes de construcción se han disparado, advierte Maguire, pero la “apetencia” por levantar nuevos estadios sigue muy viva en los despachos.
La pregunta ya no es si un gran estadio moderno puede cambiar el futuro financiero de un club. Tottenham ha demostrado que sí. La cuestión, mucho más incómoda, es otra: ¿cuántos están dispuestos a pagar el precio —económico, urbano y sentimental— de convertir su casa de siempre en una máquina de hacer dinero?
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