Logotipo completo Pelo Tahoy

Arjen Robben: del hombre de las finales perdidas a leyenda del Bayern

Antes de convertirse en el hombre de las finales perdidas, Arjen Robben fue, sencillamente, uno de los atacantes más letales del planeta.

Todos sabían lo que iba a hacer. Recibir en la derecha, arrancar, amagar hacia fuera, clavar el freno, recortar hacia dentro y soltar un zurdazo enroscado. Y aun así, nadie podía pararlo. Laterales de medio continente siguen viendo esa jugada en pesadillas: Manchester United, Barcelona, Borussia Dortmund… todos cayeron bajo ese patrón que parecía un truco sencillo repetido a velocidad de vértigo.

Con títulos domésticos en PSV, Chelsea, Real Madrid y Bayern Munich, el neerlandés llegó a 2010 con una misión evidente: conquistar Europa con un Bayern armado hasta los dientes con Mario Gomez, Thomas Müller, Franck Ribéry y Bastian Schweinsteiger, bajo la mano firme y paternal de Louis van Gaal.

La Champions de 2010: Robben contra todos

Aquel Bayern, campeón de liga y copa en Alemania, arrancó con dudas en la Champions League. Sin Robben, no habría pasado de octavos. Así de simple.

Ante Fiorentina, los bávaros ganaron 2-1 en Múnich con un penalti suyo. En la vuelta, en Italia, se encontraron 3-1 abajo. El abismo. Hasta que en el minuto 65 Robben tomó la pelota en campo rival, se perfiló y soltó uno de los golpes más bellos de su carrera. Un zurdazo de postal. El 3-2 ponía el 4-4 global y clasificaba a Bayern por el valor de los goles fuera de casa.

La historia se repitió ante Manchester United. Robben se perdió por lesión la ida, que Bayern ganó 2-1. En Old Trafford, el equipo alemán se vio otra vez 3-1 por debajo. Entonces apareció él, cazando un córner de Ribéry con un disparo tan limpio que hasta él pareció sorprenderse mientras lo celebraba. Otra vez, empate en el global y pase por goles fuera. En semifinales, contra Lyon, dejó otro misil desde lejos en el 1-0 de la ida que dejó a Hugo Lloris clavado.

Robben estaba ganando eliminatorias casi por sí solo.

En la final de Madrid, en el Santiago Bernabéu, se estrelló contra el muro de José Mourinho y su Inter. Sin Ribéry, sancionado, Bayern apostó por Ivica Olic y Thomas Müller en punta, con Robben como único foco de desborde. El equipo fue dócil, previsible. Él, impotente. Inter ganó 2-0 y levantó la copa.

El verano no le dio respiro.

Sudáfrica 2010: del héroe al hombre del “dedo gordo”

Las lesiones musculares le habían valido ya el apodo de “Hombre de cristal”. Su Mundial con Países Bajos arrancó tarde por problemas físicos, pero cuando entró en escena volvió a ser decisivo.

Marcó el gol que abrió el camino en la sufrida victoria ante Eslovaquia en octavos. En cuartos, ante Brasil, asistió un tanto clave en el 2-1. En semifinales, cabeceó el gol que acabaría siendo el de la clasificación frente a Uruguay. Oranje se plantó en la final con Robben como estandarte.

Y en Johannesburgo, en una final bronca ante la España de Vicente del Bosque, con nueve neerlandeses amonestados y la imagen de Nigel de Jong clavando la bota en el pecho de Xabi Alonso como símbolo de la dureza, todo se redujo a un instante.

Minuto 62. Pase filtrado de Wesley Sneijder. Robben rompe la línea defensiva y se planta solo ante Iker Casillas. Corre, mide, espera el momento. Quizá espera demasiado. Cuando intenta colocarla con la zurda, Casillas estira la pierna y desvía lo justo. Saque de esquina. Y un país roto.

La prensa neerlandesa lo bautizó como “El dedo gordo de Casillas”. Ese toque mínimo bastó para enterrar el sueño de la Oranje y, sobre todo, para sembrar la semilla de una etiqueta que perseguiría a Robben: el hombre que fallaba en la gran cita.

España no perdonó. Andrés Iniesta decidió la final en la prórroga. Años después, Robben no esquivaba el recuerdo: “Duele fallar una ocasión así. Es parte del deporte, un momento, una instantánea. Pero será parte de mí y de mi carrera toda la vida”.

Y aún quedaban más instantáneas.

Penaltis, fantasmas y un Allianz en silencio

La temporada 2010-11 lo vio otra vez a medias. Pocas apariciones, pero devastadoras: 12 goles y 8 asistencias en solo 14 partidos de Bundesliga. En la siguiente campaña, ya más entero, volvió a arrasar y llevó a Bayern de nuevo a la final de la Champions.

Antes, tuvo que ajustar cuentas con el pasado en el Santiago Bernabéu, ahora como visitante. Semifinal de 2012 ante Real Madrid. En la vuelta, Bayern se vio 2-0 abajo en 14 minutos, 3-2 en el global. El sueño europeo se escapaba. Hasta que, en el 27’, el árbitro señaló penalti para los alemanes.

Robben, frente a su antiguo club. Frente a Casillas. Dos años después de Sudáfrica. Esta vez no hubo dedo salvador. El neerlandés ajustó su disparo, Casillas rozó el balón con la yema de los dedos, pero no bastó. Empate en el global, prórroga, penaltis. Clasificación de Bayern. Una especie de ensayo general para lo que vendría en la final.

En el Allianz Arena, en casa, ante Chelsea, la historia dio un giro cruel. Con el partido 1-1 en la prórroga, Didier Drogba derribó a Franck Ribéry en el área inglesa. De nuevo, el balón al punto de penalti. De nuevo, Robben. De nuevo, el peso del mundo.

Su disparo, raso y cruzado, encontró a Petr Cech. El checo adivinó el lado y atrapó el balón. El estadio entero se quedó mudo. Más tarde, Bayern perdería la tanda de penaltis. Semanas antes, Robben ya había fallado un penalti decisivo por la Bundesliga ante Borussia Dortmund. El relato quedaba fijado: genio brillante, pero frágil cuando el título estaba en juego.

“Ha sido una noche terrible. Dos o tres veces sientes que tienes la copa en las manos y al final te quedas sin nada”, confesó. No se escondió: “No fue un buen penalti. Quería pegarle fuerte y alto, pero no subió lo suficiente. Fue un penalti terrible”.

Los fantasmas parecían instalarse en su carrera.

2013: del abismo a la redención

La campaña 2012-13 empezó torcida. Lesiones, ausencias, solo 16 partidos de Bundesliga. Bayern arrasaba sin él. Pero la suerte, por una vez, le guardó un hueco: Robben llegó sano a los cruces de Champions.

En semifinales, ante el Barcelona, firmó una exhibición que quedaría como uno de los grandes recitales individuales de la década. En Múnich, en el 4-0, torturó a Jordi Alba una y otra vez y marcó el tercer gol con una definición marca de la casa. En el Camp Nou, el mundo volvió a ver al Robben más reconocible: control largo en banda derecha, recorte hacia dentro, espacio mínimo, latigazo a la escuadra. 0-3. 7-0 en el global. Una demolición.

“Ese 4-0 fue mi mejor partido en el Allianz Arena”, recordaría después en Sport Bild. Ante un gigante, con un gol “poco típico” suyo, como él mismo lo definió.

Pero lo mejor estaba reservado para Wembley.

La final alemana ante Borussia Dortmund fue un choque eléctrico. El equipo de Jürgen Klopp mandó en la primera parte, asfixiando a Bayern con su presión. Tras el descanso, los bávaros golpearon primero: Robben se escapó y sirvió en bandeja el 1-0 a Mario Mandzukic. Ocho minutos más tarde, penalti para Dortmund y empate.

Poco después, Neven Subotic le negó a Robben un gol cantado bajo palos. El déjà vu se instaló en la mente de todos: otra final, otra ocasión clara perdida, otra noche que amenazaba con dejarle marcado.

Hasta el minuto 89.

Un balón largo cayó cerca del área de Dortmund. Ribéry peleó en medio de un enjambre amarillo y, casi por instinto, tocó de tacón hacia el espacio. Ahí apareció Robben.

Frente a él, Roman Weidenfeller. A los lados, Mats Hummels y Subotic. Y sobre sus hombros, el peso de Johannesburgo, de Múnich, de todos los penaltis fallados.

No tembló. Aceleró, arrastró el balón, esperó el movimiento del portero y, en lugar de reventar la pelota, la empujó con una suavidad desconcertante. El balón rodó lento, casi provocador, hasta besar la red.

“Cuando recibí el balón, estaba libre”, explicó después. “Anticipé el movimiento de Franck. Solo pensé: ‘Espero que la ponga ahí’ porque vi el espacio. Mi primera idea era irme por la izquierda de Weidenfeller, pero se movió y pude definir al otro lado”.

Bayern se coronó campeón de Europa. Robben, por fin, dejó de ser el hombre del error para convertirse en el hombre del gol.

“Ganar por fin esta Champions es un sueño hecho realidad”, dijo. “Cuando sabes lo que es perder, lo disfrutas aún más. No quieres el sello de perdedor. Hoy, por fin, lo hemos conseguido”.

En 2025, los aficionados de Bayern eligieron ese tanto como el mejor gol de los 125 años de historia del club. El segundo más votado fue, cómo no, aquel zurdazo a Manchester United.

Brasil 2014: la leyenda reescrita

Liberado de sus demonios, Robben entró en la treintena como un jugador desatado. El Mundial de Brasil 2014 lo encontró en plenitud, jugando con una libertad casi insultante.

El debut de Países Bajos fue una revancha directa de 2010: contra España. Esta vez, la historia dio un giro brutal. La Oranje aplastó a la campeona del mundo por 5-1, con Robben desatado.

Su primer gol fue una obra de control y frialdad: bajó un balón largo del cielo, dejó atrás a Sergio Ramos y definió con precisión. El segundo fue un desafío a la física. Arrancó desde medio campo, voló a una velocidad que dejó a Ramos sin respuesta, encaró a Casillas, lo sentó en el césped y, con el portero todavía de rodillas, eligió el momento perfecto para fusilar la portería.

Aquel torneo consolidó la metamorfosis. Robben lideró a una selección que, con Louis van Gaal, llegó hasta el partido por el tercer puesto, rindiendo muy por encima de lo esperado. Ya no era el jugador señalado por los fallos, sino el fenómeno que destrozaba defensas en los escenarios más grandes.

De silbado a leyenda

Las lesiones nunca lo abandonaron del todo, pero ya no definían su carrera. Lo hacían sus números y sus noches grandes.

En una década con Bayern, Robben ayudó a conquistar ocho Bundesligas y cinco DFB-Pokal, firmando 144 goles y 101 asistencias en 307 partidos. Tras el título de 2013, el club alcanzó cuatro semifinales más de Champions con Pep Guardiola, aunque sin volver a levantar el trofeo.

Cuando se despidió de Múnich en 2019, con lágrimas en los ojos y otro campeonato bajo el brazo, el Allianz Arena que años atrás le había silbado tras los penaltis fallados se puso en pie para cantarle como a un mito.

Ya no era el personaje trágico que se derrumbaba en las grandes noches. Era el extremo feroz que cargó con el peso de la derrota, lo miró de frente y acabó escribiendo su nombre en la historia a base de diagonales imposibles, goles decisivos y una redención que muy pocos futbolistas llegan a saborear.