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Arsenal inicia la defensa del título con Ødegaard destacado

La Premier League vuelve a inundarlo todo. Partidos en directo a todas horas, resúmenes, tertulias encendidas, ráfagas de VAR y polémicas sin descanso. Una temporada entera convertida en maratón de sofá. Y, sin embargo, para los aficionados del Arsenal, este inicio insinúa algo distinto: quizá este año duela un poco menos.

Retener un título nunca es sencillo. Ganarlo tampoco lo fue. El reto ahora es otro: cómo gestionar esa nueva gravedad, cómo seguir compitiendo sin vivir cada jornada como una prueba de resistencia. No se trata solo de hambre, de esa versión teatralizada del sacrificio permanente. En este Arsenal la clave pasa por encontrar otros ritmos, bajar al fondo del motor y descubrir marchas nuevas. Ganar la liga… pero ganarla mejor. Hacer estos partidos menos dramáticos. Menos agotadores.

Ante Coventry, primer paso dado. Y con una claridad casi desconcertante.

Arsenal en piloto automático

El 3-0 tuvo algo de ensayo general. Uno de los partidos más cómodos del equipo en las dos últimas temporadas. Por momentos, la sensación era la de ver a un conjunto en modo demo, probando el nuevo software, acelerando en punto muerto, sin necesidad de forzar nada.

Y, dentro de ese dominio, un foco evidente: Martin Ødegaard.

Sin un gran fichaje ofensivo que acaparara los titulares, muchas miradas se han posado en el noruego. En su capacidad para volver a ser él mismo tras una temporada marcada por las molestias físicas. En su mejor versión, Ødegaard es una plaga constante, un pequeño motor de presión, un maestro del espacio y del pase corto, siempre un toque por delante de la jugada.

Ante Coventry dejó justo ese rastro. Estuvo 75 minutos en el campo, tocó el balón 72 veces, repartió 55 pases cortos, precisos, casi todos con intención. Y coronó su actuación con el tercer gol, en el minuto 48, el momento más vistoso de la noche… aunque la ejecución fuera casi cómica.

La jugada, en cambio, fue seria. Muy seria.

Ødegaard la construyó como más le gusta: partiendo desde detrás de la línea de ataque, tirando de hilos invisibles, acelerando y frenando a su antojo. Encontró un pase retrasado y medido hacia Ben White, se deslizó hacia un espacio libre y se ofreció de nuevo. La definición, eso sí, pareció sacada de un concurso televisivo de otra época. El noruego se acercó al balón con esa manera suya tan peculiar de golpear, lateral, casi de lado, con el pie entrando en un ángulo extraño, como un “puntapié” cargado de potencia rara. Miskick en toda regla, pero suficiente para que la pelota flotara de forma extraña hacia la izquierda de Carl Rushworth, que manoteó al aire, como un gato intentando atrapar una sombra en la pared.

Ødegaard se echó a reír mientras corría a celebrar. Pero la sonrisa escondía un peso real: era su primer gol en el Emirates desde diciembre. Y alrededor de ese tanto asomó otro detalle importante, quizá más relevante todavía para el futuro inmediato.

El viejo lenguaje con Saka reaparece

Entre el minuto 40 y el descanso, Ødegaard y Bukayo Saka empezaron a hablar de nuevo en ese idioma que solo ellos parecen manejar. Una secuencia lo resumió todo: seis o siete toques rápidos entre ambos, uno-dos constantes, hasta que apareció el hueco para que Declan Rice probara desde la frontal, rozando el poste.

Era una imagen conocida. Reconfortante. Ahí estaban otra vez “los chicos”, conectados, jugando con una ligereza poco habitual en la élite, donde el juego suele reducirse a ejecución fría. En ellos aún se percibe algo distinto: invención, disfrute, una chispa lúdica que hace que cada pared tenga algo de travesura.

El contexto acompañaba. Norte de Londres, tarde fresca, incluso algo fría para ser inicio de curso. Un Arsenal-Coventry con aroma clásico, de televisión noventera, de camisetas holgadas y comentaristas bronceados. En la banda, Frank Lampard y Mikel Arteta de pie desde el primer segundo, vestidos casi como clones: pantalón negro, jersey de cuello vuelto fino, zapatillas negras con suela blanca. Parecían enviados especiales a un torneo de golf corporativo nocturno.

Un 2-0 de equipo campeón

El primer golpe llegó pronto, en el minuto 15, y tuvo la elegancia de las grandes jugadas sencillas. Tres toques, todos con intención.

Christos Tzolis recuperó el balón con una entrada limpia junto a la banda derecha, robándoselo a Milan van Ewijk. Sin florituras, se lo entregó a Riccardo Calafiori. El central avanzó unos metros y trazó un pase raso, tenso, cruzando la frontal del área por un arco mínimo hasta encontrar a Kai Havertz. El alemán no controló. No lo necesitó. Se acomodó al balón con una volea de zurda a primer toque, tan relajada que uno casi podía imaginarlo jugando con unas zapatillas de salón de cuero hechas a medida.

Poco después llegó el 2-0 y con él la sensación de que Coventry se había topado con una máquina fuera de su rango. Todo iba más rápido, más suave, más preciso de lo que muchos de esos jugadores habrán visto jamás desde dentro del campo.

La acción nació en una arrancada de Rice, poderosa, frontal, rompiendo líneas. Pero volvió a ser Ødegaard quien encendió la luz. Un toque corto, un pase apenas insinuado, abrió el ángulo justo para desplazar el juego hacia la banda y habilitar el centro definitivo. El noruego hizo lo que mejor sabe: el pase que precede al pase de gol, el engrase invisible de la jugada, ese WD-40 futbolístico que hace que todo gire sin chirridos.

Arsenal no necesitó mucho más. Control, ritmo contenido, una superioridad casi clínica. Si este era el primer examen de la temporada, el campeón lo aprobó sin despeinarse. Y dejó una pregunta clara flotando sobre el Emirates: si Ødegaard vuelve de verdad a ser Ødegaard, ¿hasta dónde puede llegar este equipo jugando a medio gas?

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