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Dembélé brilla con hat-trick histórico y Francia lidera el grupo

No hubo duelo Haaland–Mbappé. Hubo algo distinto. Algo que, dentro de unos años, se recordará como “la noche de Ousmane Dembélé en Boston”.

El cartel previo prometía choque de gigantes entre el goleador del Manchester City y el Balón de Oro francés. Lo arruinó, de un plumazo, la hoja de alineaciones: Stale Solbakken rotó a lo grande, diez cambios y Erling Haaland en el banquillo, reservado para los cruces. El técnico noruego eligió la prudencia. Francia eligió la exhibición.

En ese vacío de narrativa apareció Dembélé. Y lo llenó con 32 minutos de fútbol desatado: el segundo triplete más rápido de la historia de los Mundiales masculinos desde el inicio de un partido y el primero con tres goles en una primera parte desde Oleg Salenko en 1994. Pura dinamita en la banda derecha. Pura reivindicación.

Un inicio feroz y un protagonista inesperado

Francia salió como si necesitara la victoria para sobrevivir, no solo para asegurar el liderato del Grupo I. Presionó arriba, mordió cada balón dividido y encerró a una Noruega irreconocible, que pagó caro su alineación alternativa.

El premio llegó muy pronto, en el minuto 7. Robo en campo rival, Kylian Mbappé abre hacia la derecha, encuentra a Dembélé con metros por delante. El extremo encara, fija al defensa y suelta un latigazo seco que supera a Egil Selvik. Sin florituras. Gol de futbolista que ha escuchado demasiadas críticas y decide contestar donde más duele.

Guy Stephan, asistente de Didier Deschamps y responsable del banquillo tras el regreso del seleccionador a casa por el fallecimiento de su madre, lo explicó sin rodeos después del encuentro: Dembélé había jugado con la herida abierta. “Ousmane es un ser humano, como cualquiera escucha las críticas. Ha tenido problemas de lesiones, pero cada vez vuelve más fuerte. Tres goles en un partido de Mundial es excepcional”, subrayó.

El segundo tanto fue una postal. Minuto 20, contragolpe vertiginoso. Dembélé recibe otra vez escorado a la derecha, recorta hacia dentro sobre su zurda de seda y coloca un disparo enroscado al palo largo. Estética y eficacia en la misma jugada.

Noruega responde… y Dembélé la apaga

Parecía que el partido se encaminaba hacia una goleada sin respuesta, pero Noruega reaccionó con orgullo inmediato. Apenas 79 segundos después del 2-0, jugada directa desde el saque de centro, la defensa francesa se queda clavada y Thelo Aasgaard, atacante del Rangers, cruza el balón ante un Mike Maignan descolocado. Gol y aviso: incluso con suplentes, Noruega no pensaba regalar el trámite.

El suspense duró poco. Dembélé no había terminado su obra.

En su tercer gol, se vio todo lo que puede ser cuando está sano y confiado. Otra vez hacia su zurda, esta vez rodeado por cuatro defensores que parecían más hipnotizados que decididos a entrarle. Otro disparo curvado, otro vuelo inútil de Selvik. Hat-trick. Y el Mundial, de repente, con un nuevo aspirante serio a la Bota de Oro: cuatro tantos para el extremo del Paris Saint-Germain.

La jugada que desembocó en ese tercer gol fue, además, una declaración de identidad colectiva: 17 pases, los 11 jugadores de campo tocando el balón. El tanto con más pases en la construcción de toda la historia de Francia en los Mundiales. Un gol coral, rematado por el hombre de la noche.

Mbappé, en segundo plano; Dembélé, maestro de ceremonias

Durante dos partidos, Dembélé había aceptado el papel de actor secundario detrás del foco abrasador de Mbappé. En Boston, cambió el guion. Fue el maestro de ceremonias, el hombre que marcó el ritmo hasta su sustitución en el minuto 65, cuando el partido ya estaba sentenciado y el ritmo decayó.

Mbappé, curiosamente, pudo haberse quedado con los titulares desde el segundo 21: disparo violento, balón al larguero y un murmullo en el estadio que parecía preludio de otra noche suya. Pero se fue apagando. Terminó la primera parte como el jugador de campo francés con menos toques. Un eco lejano del Francia–Inglaterra de 2022, cuando el plan rival logró silenciar a Mbappé y Antoine Griezmann manejó los hilos. Esta vez, el director de orquesta se llamó Ousmane.

Maignan también marca territorio

Noruega, pese a la rotación, tuvo su gran oportunidad para reengancharse al partido al inicio de la segunda parte. Penalti y balón para Jorgen Strand Larsen, sustituto de Haaland. Tiro blando, lectura perfecta de Maignan. Paradón y estadística: el guardameta se convierte en el primer portero francés en detener un penalti en un Mundial, excluyendo tandas, desde Joel Bats en 1986.

La atajada refuerza una sensación que recorre el torneo: Francia no solo intimida arriba, también tiene un guardián fiable detrás. Otra razón por la que muchos la señalan como favorita a levantar su tercer título mundial.

Con el ritmo ya más bajo, con los cambios enfriando el duelo y Dembélé ovacionado al dejar el campo, aún quedaba un último detalle para cerrar la noche. En el minuto 94, Desire Doué, compañero de Dembélé en el PSG, apareció para firmar el 4-1 con un cabezazo bombeado que superó a Selvik. Un broche ligero, casi decorativo, a una velada que ya tenía dueño.

Francia mira hacia adelante, Noruega reserva su artillería

El 4-1 no solo le da a Francia el primer puesto del grupo. También le permite algo que no conseguía desde 1998: tres victorias en una fase de grupos de un Mundial. Aquel año terminó con la selección levantando la copa en casa. El paralelismo es inevitable, pero en el cuerpo técnico prefieren pisar el freno.

Stephan lo dejó claro: “Este equipo es totalmente diferente al de 2022. Más de la mitad de la plantilla nunca había jugado un Mundial. Tenemos que ver cómo evoluciona el torneo, subir el nivel contra rivales fuertes y encontrar el equilibrio entre ataque y defensa. Para eso hay que esperar”. No hay euforia desatada. Hay ambición vigilada.

En el otro banquillo, la lectura fue distinta. Noruega necesitaba ganar para arrebatar el liderato a Francia, pero la alineación de Solbakken, con diez cambios y Haaland descansando, envió un mensaje transparente: mejor asegurar el segundo puesto y llegar a los cruces con las piernas frescas. El plan se pagó caro en el marcador, aunque el objetivo clasificatorio se mantuvo intacto.

Ahora, la presión se traslada al siguiente capítulo. Haaland, con cuatro goles en el torneo, igualado con Mbappé, llegará a las eliminatorias con la pólvora seca pero el cuerpo descansado. La afición noruega lo exigirá en plenitud. Después de ver el penalti inocente de Strand Larsen y la autoridad de Maignan, la conclusión es obvia: para tumbar a porteros así, hace falta el máximo artillero.

Francia, mientras tanto, sale de la fase de grupos con una certeza nueva: cuando el foco no ilumina a Mbappé, hay otro genio capaz de incendiar el Mundial. Y se llama Ousmane Dembélé.