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Drama en la última jornada de liga: Tottenham en peligro

El último día de liga siempre llega con la misma sensación: ruido de transistores, miradas al móvil, goles que caen en otro estadio y que cambian el destino del tuyo. Diez partidos a la vez, una tabla en directo que se retuerce cada pocos minutos y un par de encuentros que no valen para nada… hasta que acaban 5-4 sin que nadie sepa muy bien por qué. Caos puro. Fútbol en vena.

Esta vez el título no se juega, pero el drama está garantizado por cortesía de un viejo conocido: Tottenham. Incapaz de rematar nada, fiel a su tradición de convertir cualquier situación manejable en una tragicomedia, el club del norte de Londres ha conseguido algo difícil incluso para sus estándares: llegar a la última jornada con un riesgo real de descenso.

Gracias, Spurs. Porque así al menos nos ahorran el trámite de fingir interés masivo por esa eterna “carrera por Europa” que solo desvela de verdad a los implicados directos.

Hay curiosidad por ver qué ocurre en el Crystal Palace v Arsenal, un partido que enfrenta a un equipo con la mente en otro compromiso unos días después contra otro que parece no haber dormido en tres noches. Puede ser una obra maestra o un espanto. Pero en un día como este, se queda fuera del escaparate. Hay cosas mucho más grandes en juego.

Partido para ver: Tottenham v Everton

James Maddison lo definió con una palabra: “vergonzoso”. Y cuesta llevarle la contraria. Tottenham, un club que hace nada se veía consolidado en la zona alta, llega al último día con la calculadora en la mano y el abismo a un tropiezo de distancia.

Terminó 17º la temporada pasada con los mismos puntos que tiene ahora. Entonces no hubo sustos porque había tres equipos descolgados desde hacía meses. Esta vez solo hay dos hundidos del todo. El margen se ha evaporado.

En aquel curso, el desplome se maquilló parcialmente con el argumento de la Europa League, priorizada en cuanto la salvación pareció encarrilada tras una racha de tres victorias en febrero. El relato servía a medias, pero al menos había un plan.

Este año, la única coartada es una plaga de lesiones que ha destrozado la plantilla. Y ni siquiera eso aguanta demasiado el escrutinio: Tottenham ya arrastraba un parte médico desolador en enero y decidió no mover un dedo en el mercado para no dar sensación de pánico. Una apuesta de cartón piedra. Hoy se ve el resultado.

El episodio más sangrante de ese inmovilismo se vio en la banda derecha. La venta de Brennan Johnson por una buena cantidad, temprano en la ventana, fue extraña para los estándares del club, pero lógica: su rendimiento ni en Spurs ni después en Crystal Palace invita a pensar que fuera un error. El problema llegó después. Ver caer lesionado de gravedad a Mohammad Kudus en el siguiente partido y no reaccionar en las tres semanas restantes del mercado, sin sustituir de verdad ni a uno ni a otro, es una decisión que perseguirá al club si el domingo acaba en desastre. Y, sinceramente, incluso si no.

Aunque Tottenham logre salvarse, la temporada deja muy señalado al director ejecutivo Vinai Venkatesham y al director deportivo Johan Lange, responsables de un año de una torpeza difícil de imaginar en un club de este tamaño.

Roberto De Zerbi ha mejorado el equipo en lo estructural, eso se ve. Pero su trabajo choca contra un muro: la pobreza de recursos en ataque. Una delantera corta en número y en calidad limita cualquier intento de reconstrucción. De nuevo, el técnico se verá obligado a tirar de un tridente con Richarlison, Mathys Tel y un Randal Kolo Muani irreconocible, muy lejos del jugador que se esperaba. Y a mirar al banquillo rezando para que el ingreso de un Maddison a medio gas, ya en la segunda parte, no sea el último recurso desesperado.

Los últimos minutos de Maddison ante Leeds y Chelsea han sido un recordatorio cruel. En veinte minutos, con el físico justo, ha cambiado la cara ofensiva del equipo. Y, al mismo tiempo, ha dejado en evidencia al resto: Tottenham ataca mejor con un futbolista fuera de forma que con todos los disponibles en plenitud.

La ecuación, sobre el papel, es sencilla: a Spurs le basta un punto para sellar la permanencia, salvo que West Ham le endose 12 goles a Leeds, un escenario tan grotescamente “Spursy” que ni el más fatalista lo contempla en serio. Además, enfrente aparece un Everton que se ha ido apagando. No gana desde principios de marzo y ha visto cómo sus opciones europeas se desinflaban sin ruido.

Pero nadie en Londres se atreve a dar nada por hecho. Un buen inicio se antoja vital para Tottenham. Incluso esta versión ligeramente mejorada con De Zerbi vive con una confianza frágil, quebradiza. Incapaz de reaccionar bien ante el mínimo golpe. Y esta vez el golpe ni siquiera tiene por qué venir de su propio partido.

Con De Zerbi, el equipo se ha venido abajo cada vez que ha encajado el primer gol: en Sunderland y en Stamford Bridge, donde estaba compitiendo sin problemas hasta recibir el mazazo; o ante Leeds, cuando pasó de controlar el encuentro a parecer un manojo de nervios tras el empate visitante en el Tottenham Hotspur Stadium.

La sensación es clara: Tottenham necesita golpear primero. Para calmar sus propios fantasmas y para no alimentar los de otros.

Porque cualquiera puede imaginar el murmullo primero, el rugido después, de un estadio convertido en olla a presión si llega la noticia de un gol de West Ham. Y cualquiera puede imaginar cómo se encogerán las piernas de un equipo que ya ha demostrado no manejar bien la ansiedad.

Hay nueve combinaciones posibles de resultados entre los dos partidos que deciden el descenso. En ocho de ellas, Tottenham se salva. Pero es Tottenham. Y siempre queda la duda de si no tendrá guardada una última catástrofe para coronar la colección.

Si se cumple el peor guion y pierde, la pelota volará a otro campo.

Equipo para seguir: West Ham

West Ham llega a la última jornada mirando de reojo a Londres. No depende de sí mismo. Se enfrenta, además, a un rival más duro que el de Tottenham en este momento: un Leeds en buena racha. Pero tiene algo que no tenía hace una semana: una oportunidad.

Tras la claudicación en Newcastle, poco más se podía pedir que esto. Seguir vivo.

El plan es evidente: confiar en que Leeds llegue con la mente en la playa, en modo chanclas y puro. Porque, en condiciones normales, fuera del contexto emocional de una última jornada, cuesta defender que este West Ham, con tres derrotas seguidas de todos los colores, pueda imponerse a un Leeds que encadena ocho partidos sin perder.

La semana pasada, Leeds tampoco se jugaba nada… y aun así tumbó a un Brighton que sí tenía objetivos claros. No parece un equipo diseñado para regalar victorias por compromiso.

Pero si hay un día para que West Ham ofrezca un “todo o nada”, es este. Lo que no hizo en Newcastle lo exige ahora la tabla. Marcar primero, meter presión a un Tottenham vulnerable hasta el extremo, es la hoja de ruta. Es un tiro lejano, sí. Pero las cartas pueden caer de su lado si cumple con su parte.

Entrenador para seguir: Pep Guardiola

Un adiós de los que pesan. Pep Guardiola dirigirá por última vez un partido de Premier League. Como ocurrió con Sir Alex Ferguson, Arsène Wenger o Jürgen Klopp, cuesta imaginarlo en otro banquillo de la liga. Su figura se ha fundido con el campeonato.

El partido, frente al Aston Villa campeón de la Europa League, llega sin nada en juego para Manchester City. El empate, trabajado y ni siquiera merecido, en Bournemouth les impidió apretar a Arsenal y dejó la última jornada sin suspense en la cima.

Su temporada final no admite etiquetas fáciles. Un doblete doméstico de copas con un equipo en transición impide hablar de fracaso. Pero tampoco se puede catalogar como un éxito rotundo bajo los estándares que él mismo impuso: una década de dominio, seis ligas en siete años, campañas de 95 puntos o más como peaje mínimo para discutirle el trono.

Marcharse tras dos cursos sin pelear de verdad por el título primero y con una carrera irregular este año después, seguro le dejará una espina clavada. Pero se va como el segundo mejor entrenador de la historia de la Premier League.

Y, con el número uno tan claramente definido, no es precisamente un mal epitafio deportivo.

Jugador para seguir: Mohamed Salah

Otro adiós, este mucho menos dulce. Mohamed Salah cierra su etapa en Liverpool envuelto en un ambiente enrarecido. Su última temporada ha sido una sucesión de gestos torcidos, entrevistas poco afortunadas y una sensación constante de desubicación sin Trent Alexander-Arnold por detrás para activar su mejor versión.

El resultado es paradójico: uno de los grandes futbolistas de la historia de la Premier y de Liverpool se marcha bajo una nube innecesaria, apenas un año después de la salida también áspera de Trent de Anfield.

Para quien mira la jornada desde fuera, hay un punto de alivio. Elegir “jugador a seguir” suele ser una ruleta: lesiones de última hora, decisiones técnicas inesperadas, sanciones olvidadas. Más de una vez, el supuesto protagonista ha acabado viendo el partido desde el banquillo.

Con Salah no hay dudas. Su figura será central pase lo que pase. Liverpool necesita un punto para asegurar la próxima Champions League. Él será el centro de todas las miradas esté sobre el césped, sentado con gesto agrio en el banquillo, entrando y saliendo, o incluso fuera de la convocatoria.

En una tarde con diez partidos a la vez, Salah sigue siendo el jugador a seguir aunque ni siquiera pise el estadio. Quizá, sobre todo, si no lo pisa.

Partido de Football League para seguir: Hull City v Southampton Middlesbrough

La final del play-off de Championship nunca necesita demasiada ayuda para ser dramática. Se juega demasiado dinero, demasiado futuro. Pero esta vez llega aderezada por un episodio tan grotesco como fascinante: el célebre “Spygate” a la inglesa.

El caso es serio. Southampton ha pagado un precio altísimo por una torpeza monumental. Lo más llamativo es lo cutre del asunto: nada de drones, ni tecnología punta, ni operaciones de película. Solo un empleado con el móvil en la mano, sin siquiera el ingenio de disfrazarse de socio de club de golf para huir sin levantar sospechas. Un despropósito que puede costar unos 200 millones de libras. Y, francamente, el club se ha ganado cada consecuencia.

Middlesbrough, por su parte, es víctima y beneficiado a la vez. Se ha hablado mucho de si el castigo a Southampton encaja con el delito, pero es igual de legítimo preguntarse hasta qué punto Middlesbrough ha recibido un salvavidas inesperado.

Las verdaderas víctimas son Hull City. El único equipo que se clasificó a la final por la vía clásica: ganar una semifinal a doble partido. Sin polémicas. Sin trampas. Sin despachos. Y, sin embargo, ha sido el más zarandeado por todo el embrollo.

Southampton hizo trampa. Middlesbrough perdió. No es delito, pero en una semifinal, perder suele equivaler a despedirse. Ambos, sin embargo, pudieron prepararse sabiendo que el rival sería Hull… o no. Hull, en cambio, no supo con certeza quién estaría enfrente hasta menos de 72 horas antes de la final.

Y todos intuimos cómo suele comportarse el fútbol ante estas historias: la lógica del “banter”, del chiste cruel, apunta a un desenlace muy concreto. Que Middlesbrough gane el partido de los 200 millones y se convierta en el primer semifinalista perdedor que asciende en la historia de los play-offs.

Partido europeo para seguir: Bayern Munich v Stuttgart

En Alemania, Harry Kane busca añadir una copa a su palmarés en la final de la DFB Pokal. Bayern, campeón de la Bundesliga, se mide al vigente ganador del torneo, Stuttgart.

Se tiende a despachar estas finales con un “Bayern ganará”, casi por inercia. Pero el dato rompe el automatismo: el gigante bávaro no levanta la Pokal desde 2020, cuando conquistó su vigésimo título. No solo eso: ni siquiera había alcanzado la final en los últimos cinco años.

Stuttgart, en cambio, llega en plena reivindicación. Ganó su cuarta Pokal la temporada pasada y encadena ahora dos finales consecutivas por primera vez en su historia. Ya cayó dos veces ante Bayern en el partido decisivo, en 1986 y 2013.

Kane, Bayern, Stuttgart, una copa que se les resiste y un rival que ha dejado de ser comparsa. Mientras en Inglaterra todo arde por abajo, en Berlín se juega un título que puede marcar el tono del próximo curso para dos proyectos que se han acostumbrado a vivir en extremos muy distintos de la tabla.

El fútbol, en todos los frentes, se despide de la temporada con lo que mejor sabe hacer: dejar preguntas abiertas.