Francia se derrumba ante Inglaterra: Rabiot revela la crisis final
La última noche de Didier Deschamps al mando de Francia acabó convertida en una especie de autopsia pública. En el césped, un 6-4 para Inglaterra en Miami. En el vestuario, palabras mucho más duras que el marcador.
Desde el primer silbatazo, Francia se descompuso. Cuatro goles encajados antes del descanso, una defensa en ruinas y un equipo sin alma. Inglaterra olió la sangre y castigó cada error, cada desajuste, cada segundo de desconexión de una selección que parecía haber dejado la cabeza en la derrota previa ante España.
El partido por el tercer puesto ya había sido despojado de importancia por el propio seleccionador. Deschamps, en la víspera, fue claro: “England no quiere jugar este partido y nosotros tampoco”. Esa frase, casi de trámite, terminó sonando a profecía. Su equipo la llevó al extremo con una primera parte indolente, sin intensidad, sin orgullo.
En la banda, la tensión se hacía visible. Rayan Cherki protagonizó una bronca encendida con Deschamps durante una pausa para hidratación en la primera mitad. Gritos, gestos, miradas torcidas. La escena resumía un vestuario agotado, una relación desgastada, un ciclo que ya no daba más de sí.
En el campo, el caos. Francia se vio 4-0 abajo antes del descanso. Inglaterra jugaba con una soltura impropia de un partido de consolación. Cada transición parecía un castigo. Cada pérdida francesa, una invitación a la goleada. El marcador reflejaba algo más que un mal día: exhibía, en directo, las grietas de un proyecto que se apagaba.
Tras el descanso, el orgullo herido apareció al fin. Francia reaccionó, marcó cuatro goles, mostró algo de carácter. Pero el daño ya estaba hecho. El primer tiempo, directamente, la condenó. La remontada se quedó en intento, en maquillaje, en gesto tardío.
Adrien Rabiot no quiso suavizar nada. Al contrario, levantó la alfombra.
“Empezamos la primera parte de forma bastante vergonzosa”, lanzó el centrocampista de AC Milan en beIN SPORTS. “Vi comportamientos de algunos jugadores que nunca había visto. Es un poco decepcionante porque era el último partido para hacerlo bien en esta competición. Hay mucha decepción tras la derrota contra España, pero había trabajo que hacer hasta el final y no podemos conformarnos con un juego tan descuidado”.
No se quedó ahí. Rabiot explicó que en el descanso el grupo se encaró a sí mismo: “Hablamos en el entretiempo; nos dijimos que teníamos que mostrar orgullo, y fue mucho mejor en la segunda parte porque en la primera, algunos comportamientos fueron inaceptables”.
Sus palabras sonaron a acusación directa, a señalamiento interno. No era el típico discurso de compromiso vacío tras una derrota. Era un jugador importante cuestionando la actitud de parte del vestuario, en público, el mismo día que se cerraba la etapa del seleccionador que lo había recuperado para la élite internacional.
Mientras Francia se consumía en sus propios problemas, Inglaterra aprovechó el regalo. Sólida en el arranque, letal ante un rival desordenado, la selección de Thomas Tuchel se marchó del torneo con una goleada y con una sensación muy distinta: la de un grupo que, pese al golpe de la semifinal perdida, se marcha reforzado.
Declan Rice lo resumió con contundencia: “Este es el mejor grupo de England en mucho tiempo. Es un hecho. Nadie puede quitarnos eso. Creo que podemos estar orgullosos como grupo. Estamos destrozados por haber perdido esa semifinal”.
El contraste no pudo ser más evidente. De un lado, un vestuario que se reivindica pese a quedarse a las puertas de la final. Del otro, una selección que cierra un ciclo de 14 años bajo Deschamps con un partido caótico, tensiones al borde del campo y críticas cruzadas entre sus propios protagonistas.
El marcador dirá que fue un 6-4 espectacular en Miami. La historia recordará otra cosa: la noche en que la última Francia de Deschamps dejó al descubierto todas sus fisuras. Y ahora, con el banquillo vacío y la herencia en entredicho, la verdadera pregunta es qué tipo de selección nacerá de estos escombros.
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