Francia triunfa en batalla épica contra Paraguay
En Filadelfia no se jugó un partido. Se libró una batalla a 100 grados de temperatura, con el aire ardiendo y los nervios al límite. En medio de ese caos, Kylian Mbappé volvió a ser el hombre del momento para Les Bleus: un penalti en el minuto 70, su séptimo gol del torneo, suficiente para tumbar a Paraguay y alcanzar a Lionel Messi en la carrera por la Bota de Oro.
No fue la Francia de postal. No hubo exhibición de fuegos artificiales ni goleada para la galería. Hubo sudor, choques, insultos, roces constantes. Y una selección campeona del mundo dispuesta a demostrar que también sabe ganar cuando el fútbol se ensucia.
“Sabíamos qué tipo de partido íbamos a tener”, explicó Mbappé tras el encuentro. El capitán, zarandeado, pateado y provocado durante más de 90 minutos, nunca perdió el control. “También podemos ensuciarnos las manos, sabemos hacerlo. Sabemos jugar feo. Supongo que pensaban que íbamos a venir en esmoquin, pero estábamos listos”.
Calor extremo, tensión máxima
El duelo se disputó bajo alerta por calor extremo. El termómetro tocó los 100 grados, pero la temperatura real se midió en las entradas tardías, las protestas y las miradas desafiantes. Paraguay salió con un plan muy claro: cortar el ritmo, frenar a Francia a base de faltas, fricción y guerra psicológica.
El foco se centró pronto en el duelo Mbappé–Matías Galarza. Cada control del francés iba acompañado de un golpe, una zancadilla, un comentario al oído. El árbitro tuvo trabajo desde el primer tramo del partido, con interrupciones constantes que rompían cualquier intento de fluidez.
Francia, que venía de firmar 13 goles en sus cuatro encuentros anteriores, se encontró con un escenario radicalmente distinto. Nada de espacios, nada de transiciones limpias. Mucho contacto, poco juego. Justo el tipo de contexto en el que los favoritos suelen perder la paciencia.
Esta vez, no.
El penalti que cambió el guion
Con el reloj acercándose al tramo final y el marcador bloqueado, la sensación era de partido envenenado. Un error, un rebote, una decisión polémica podían decidirlo todo. La presión se acumulaba. Francia empujaba, Paraguay resistía y arañaba segundos en cada balón dividido.
Hasta que llegó la acción clave. Penalti para Les Bleus. Silencio espeso. Mbappé colocó la pelota, respiró hondo y ejecutó. Frío, clínico, implacable. Gol. Minuto 70. Francia por delante, y el capitán igualando a Messi en la pelea por el trofeo individual que todos miran de reojo.
El tanto no apagó la tensión. La encendió todavía más. Paraguay se lanzó con todo, sin renunciar al contacto duro ni al juego verbal. Francia, lejos de descomponerse, se replegó en torno a su ventaja y defendió como un equipo que sabe que, en los torneos, hay noches en las que la belleza no puntúa.
La batalla que siguió al pitido final
El conflicto no terminó con el pitido final. Al contrario, se desbordó. En el círculo central, los jugadores se encararon, se cruzaron reproches, se empujaron. La tensión acumulada durante 90 minutos encontró su vía de escape.
La imagen más llamativa la protagonizó el portero paraguayo Orlando Gill, que lanzó un balón a la espalda de Mbappé en pleno intercambio postpartido. Un gesto que retrató la frustración de la selección sudamericana. “Intenté darle la mano, pero como no me prestó atención, perdí los estribos”, admitió después el guardameta. Palabras que describen a la perfección el estado anímico de un equipo que se vació para frenar a Francia y se quedó sin premio.
Francia enseña el otro lado de la moneda
Rayan Cherki, que entró como revulsivo en la recta final, puso voz al sentimiento del vestuario. El joven centrocampista sabe que el mundo asocia a Francia con talento, técnica, brillo ofensivo. Pero quiso remarcar que hay algo más bajo esa superficie.
“Sabíamos que hoy íbamos a mostrar menos nuestras cualidades técnicas y tácticas”, explicó. “Recordamos a todos que la selección de Francia no es solo fútbol. Si vas a la guerra con nosotros, esta es la respuesta que puedes esperar”.
El mensaje es claro: Francia no solo gana cuando el partido es limpio y abierto. También cuando el rival decide embarrarlo.
Didier Deschamps, como siempre, leyó bien el partido desde la banda. No buscó excusas, pero sí subrayó el mérito de sus jugadores en un contexto incómodo. “No fue fácil. Si hubiéramos aprovechado alguna de las ocasiones al final, habría sido un final mucho más cómodo”, analizó el seleccionador. “Paraguay usa todos los trucos del libro. No es necesariamente el tipo de fútbol que la gente disfruta viendo, pero nos mantuvimos concentrados, y eso no es fácil”.
El elogio no es casual. Mantener la cabeza fría cuando todo alrededor hierve es una de las virtudes que separan a los aspirantes de los campeones.
Favoritos… y temidos
En la zaga, William Saliba lo resumió sin rodeos: “Libramos una batalla. Ganamos la batalla”. No hizo falta añadir nada más.
Francia sale de Filadelfia sin goleada, sin espectáculo, pero con algo quizá más valioso en la fase decisiva de un torneo: la certeza de que puede sobrevivir a cualquier tipo de partido. El equipo que maravilló con 13 goles en cuatro encuentros acaba de demostrar que también sabe ganar cuando el fútbol se convierte en una guerra de nervios y resistencia.
Mbappé sigue marcando el camino, ahora empatado con Messi en la carrera por la Bota de Oro. Deschamps encuentra nuevas pruebas de la madurez de su grupo. Y el resto de selecciones toma nota: este Francia no solo baila. También muerde. ¿Quién se atreve a llevarlo otra vez al barro?
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