Frustración y calma en la selección de Corea del Sur
La escena en Monterrey lo decía todo. Mientras los surcoreanos salían cabizbajos tras el desolador 1-0 encajado ante Sudáfrica, sus rivales desfilaban a su lado entre cánticos, risas y vídeos de celebración. Dos mundos opuestos separados por unos pocos metros de pasillo.
En medio de ese contraste, saltó la chispa. Empujado accidentalmente por un miembro del staff sudafricano, un Hwang In-beom encendido se giró de inmediato y soltó un contundente “show some f****** respect”. Durante unos segundos pareció que aquello podía ir a más, que el enfado contenido del partido por fin encontraba una vía de escape física. No pasó de un conato. Pero dejó una sensación clara: la rabia que faltó en el césped apareció, tarde, en la zona mixta.
Porque si algo echó en falta Corea del Sur fue precisamente esa combatividad. El equipo nunca terminó de morder el partido, nunca impuso su carácter. Cayó 1-0, sin colapso, pero también sin verdadera rebelión. Una derrota que dolió menos por la forma que por lo que simboliza: un grupo que ha ofrecido muy poco para lo que se esperaba de él.
Mientras la plantilla sudafricana seguía celebrando a pocos metros, Son Heung-min tardó más de dos horas en aparecer. Había sido elegido para el control antidopaje y su comparecencia se hizo esperar, como si el capitán quisiera medir cada palabra en un momento delicado. Cuando por fin se plantó ante los periodistas de su país, el mensaje fue directo.
“No hay ningún problema con el ambiente en nuestro vestuario”, aseguró. “Puedo decir honestamente que no hemos tenido ningún problema con la atmósfera del equipo”. Sin rodeos, sin dejar espacio a interpretaciones sobre posibles fisuras internas. Son quiso cortar de raíz cualquier narrativa de ruptura o de grupo partido, tan habitual cuando un gran torneo se tuerce.
La realidad deportiva, sin embargo, es tozuda. Corea del Sur ha cerrado la fase de grupos con solo tres puntos y una diferencia de goles de -1 tras tres partidos. Un balance pobre para una selección acostumbrada a competir con más colmillo en los grandes escenarios. Y, aun así, el formato de este Mundial ampliado le abre una puerta que en otros tiempos estaría herméticamente cerrada.
Es precisamente ahí donde este torneo se expone. Que una selección pueda asomarse a los cruces con tan escaso botín y saldo negativo es un síntoma de cómo la expansión ha distorsionado el listón competitivo. Corea del Sur se agarra a esa rendija reglamentaria, pero el espejo del juego le devuelve una imagen incómoda: no ha hecho lo suficiente como para sentirse dueña de su destino.
El episodio con Hwang en el pasillo, las largas horas hasta la aparición de Son, las explicaciones sobre el “buen ambiente” en el vestuario… Todo forma parte del mismo relato: una selección atrapada entre la frustración y la obligación de aparentar calma. El Mundial, sin embargo, no espera. O Corea del Sur encuentra en los próximos días la agresividad que le faltó en Monterrey, o su camino en el torneo quedará reducido a una nota a pie de página en un formato que permite seguir vivo incluso cuando casi no se ha empezado a competir de verdad.
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