Fútbol y Cultura en Estados Unidos: Un Mundial Inolvidable
Saludos desde Los Ángeles, esta vez no como turista futbolero, sino como corresponsal de pódcast con acreditación colgada al cuello y horarios que no perdonan. Han pasado 20 años desde la última vez que estuve en el país anfitrión de un gran torneo que no fuera Inglaterra. Nada que ver con aquel 2006, cruzando Alemania en coche con Ian, Matt y Oli, midiendo el día en jarras de cerveza, bailando con aficionados de Trinidad and Tobago y agradeciendo, ya a media tarde, que la resaca me librara de ir a un Brasil v Australia a pleno sol.
La pregunta que más llega desde casa es siempre la misma: “¿Se vive de verdad la fiebre del Mundial en Estados Unidos?”. Y la memoria se va sola a aquella escena de 1990, una televisión local paseando su cámara por el centro de Cambridge, víspera de un Cambridge United v Crystal Palace en cuartos de FA Cup, buscando ambiente… y encontrando a señores y señoras bien que ni sabían que en la ciudad había un equipo de fútbol.
Algo parecido a cuando llegan los Ashes a Melbourne y te llaman en directo: “¿Qué ambiente hay, Max?”. Y tú, rodeado de juguetes, dos niños menores de cinco años y un suelo cubierto de arroz que intentas limpiar con una toallita húmeda, explicando que el drama de Bazball no ha llegado todavía al salón de tu casa. En ese punto, conviene decirlo: las parejas de periodistas, jugadores y directivos que se quedan en casa, lidiando con criaturas y vida real mientras nosotros vamos de aeropuerto en aeropuerto por Norteamérica, se merecen una estatua. Si algún día mi hijo de 18 meses, Willie Rushden, lee esto, que sepa que no era el mejor momento para pillar boca-mano-pie.
También te lo habrán dicho ya, o lo intuías: Estados Unidos es descomunal. Los Ángeles no se acaba nunca. El otro día intenté ir en LimeGlide –una especie de bici sin pedales– desde West Hollywood hasta Santa Monica y acabé en una autovía, en zona prohibida para bicis. Un minuto vas tan tranquilo, viento en la cara, sol perfecto; al siguiente, arrastras un armatoste de metal que se ha quedado bloqueado, abriéndote paso entre setos, a kilómetros de cualquier sitio reconocible.
Con solo una hora entre partido y partido, nuestro mundo se reduce a un radio mínimo: un Trader Joe’s, la cafetería de enfrente y la piscina del hotel, tomada por influencers de abdomen imposible que debaten sobre su nueva serie para TikTok o si están en la lista de invitados para la apertura de Nylon. Pero los partidos están en las pantallas de los bares de West Hollywood, se ven camisetas de la selección de Estados Unidos y, de vez en cuando, un “Good luck later” a un bosnio que pasa por allí.
En los primeros días, el ruido venía más del baloncesto que del fútbol. Uno acaba haciéndose seguidor de Knicks o Spurs casi por ósmosis. Elegí Spurs, parecía lo lógico, y acto seguido presencié cómo desperdiciaban la mayor ventaja de la historia de unas finales de NBA (o lo que fuera exactamente). Coherencia absoluta.
Entre todo ese ruido, un momento se impuso por encima del resto: el discurso de Zohran Mamdani, oyente de Guardian Football Weekly y, en sus ratos libres, alcalde de Nueva York, en el desfile de los Knicks. Enumerando nombres de jugadores que jamás había escuchado, consiguió ponerme la piel de gallina. Pocas cosas me han inspirado tanto desde que aterricé.
Pero el latido real del torneo, hasta ahora, llegó con la victoria de Estados Unidos ante Paraguay. No por los turistas de camiseta recién comprada, sino por la gente que lleva años empujando este deporte aquí, escribiendo, comentando, llenando campos semivacíos y peleando por cada minuto de atención en un país dominado por otras ligas y otros relatos. Su alivio sonaba a algo más profundo que un simple triunfo en la fase de grupos.
Si Inglaterra gana el Mundial o se estrella en octavos, el fútbol seguirá ocupando portadas, tertulias y patios de colegio. Nada cambiará en lo esencial. Para Estados Unidos o Australia, en cambio, cada gran torneo es una oportunidad que no se puede desperdiciar. Unos cuartos de final –o algo más– pueden ser el empujón que haga que el fútbol deje de ser “el otro deporte”. Es una presión añadida que los jugadores quizá no necesitan, pero ahí está, pegada a cada balón dividido.
Las imágenes en Fed Square, en mi hogar adoptivo de Melbourne, estuvieron cerca de hacerme llorar. Ver a Nestory Irankunda, un refugiado, controlar ese balón y marcar ese gol, tuvo algo de milagro deportivo y político. En un tiempo de populismos y nacionalismos en alza, hay una belleza incontestable en que alguien cuya familia huyó de un conflicto represente a Australia, un país levantado sobre la inmigración, igual que Estados Unidos.
También hubo lugar para lo más puro del argot. Connor Metcalfe, revisando su gol en la zona mixta, sonó tan australiano como un anuncio de barbacoa: “Far out that was far out, that was ick!”, o algo muy parecido. Y yo, que siento una devoción abierta por los Socceroos que contradice todo lo que me pasa por dentro cuando salta al campo la selección de críquet de Australia, no puedo evitar sonreír.
Estar lejos de Inglaterra ayuda a poner distancia con ciertas obsesiones. No hay que aguantar a señores de pub indignados porque Thomas Tuchel no canta el himno nacional. Dudo que al rey Carlos le quite el sueño. ¿A quién debería importarle? Inglaterra juega bien, y además se divierte. Harry Kane tiene velocidad a su alrededor. Noni Madueke sonríe. Elliot Anderson aparece siempre en el sitio adecuado. Djed Spence parece más rápido que el Correcaminos. Hay ilusión, pero no esa ilusión teñida de terror que conocemos tan bien. Al menos, todavía.
El día a día aquí se resume en dos elementos: convivir con mi amigo y copresentador Barry Glendenning, y ver Fox Sports. Todo bajo una pregunta recurrente: ¿matará antes Zlatan Ibrahimovic a Alexi Lalas en directo o me liquidará Barry a mí fuera de cámara?
La cobertura estadounidense, en general, aguanta bien el examen. Hay mucho “soccer para principiantes”, sí, pero la BBC y la ITV hacen lo mismo. Un partido de Inglaterra no tiene nada que ver con un Crystal Palace v Brentford de lunes por la noche. No todo el mundo vive pendiente de la pizarra táctica. Lo que sí podría ahorrarme es el anuncio de Christian Pulisic para Wells Fargo en cada pausa de hidratación.
En cuanto a la convivencia, digamos que ninguno de los dos firmaría un contrato de alquiler indefinido con el otro. Aun así, no recuerdo un solo momento en que yo haya llegado a irritarle. Salvo, quizá –tomo aire–, por masticar una manzana demasiado fuerte, no cerrar bien una botella de Coke Zero, dar consejos no solicitados sobre cómo cortar un chile, preguntarle si necesitaba la cacerola grande, servir yogur en un cuenco, poner demasiadas lavadoras y criticar sin piedad su flatulencia sin remordimientos (por ambos extremos). Detalles menores. Vamos tirando.
Lo sorprendente es que todo esto parezca interesar a alguien en Instagram, en el pódcast, en YouTube, o donde sea que la gente consuma ahora su contenido. A veces da la sensación de que estuviéramos en plena “pilot season”, probando personajes para ver si conquistamos el mercado estadounidense. Barry, sin ir más lejos, acaba de ayudar a una de las estrellas de Selling Sunset con su llavero electrónico. No es una metáfora. Quién sabe qué puede salir de ahí.
De momento, el plan es más sencillo: seguir contando este Mundial desde este rincón desmesurado del planeta, entre influencers de piscina, analistas de Fox y aficionados que, por fin, sienten que el fútbol también les pertenece. El resto, si llega, ya será otra historia.
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