Harry Kane: El fichaje que transformó al Bayern
Uli Hoeness exagera casi por instinto. Forma parte del personaje. Por eso, cuando tras la final de la DFB-Pokal, ganada 3-0 con un hat-trick de Harry Kane, proclamó que el inglés era “el mejor fichaje de la historia del club”, muchos pensaron que solo estaba subiendo el volumen del discurso. Ha pasado un mes. Se han enfriado las emociones. Y en Múnich nadie se ríe ya de aquella frase. “Es absolutamente el mejor que hemos tenido”, confirma otra voz interna del Bayern.
Kane ha conquistado al Bayern –y a buena parte del fútbol mundial– sin aspavientos, casi en silencio. Su travesía por la Euro 2024, todavía sin un solo título en su palmarés, dibujaba la imagen de un delantero en declive. A eso se sumaba el escepticismo que acompañó su Bota de Oro en Rusia 2018 entre analistas extranjeros –“máximo goleador pese a no marcar desde cuartos de final”, ironizó Le Journal du Dimanche–, como si sus seis años más productivos hubieran sido un esfuerzo incansable, sí, pero condenado a la esterilidad.
Hoy la foto ha cambiado. Cuando la revista Time eligió los rostros icónicos de este Mundial, los nombres parecían inevitables: Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Neymar, Kylian Mbappé, Lamine Yamal, Jude Bellingham. Y, junto a ellos, Harry Kane. Por fin sentado en la mesa de los gigantes. “Cuando lo compramos por más de 100 millones de euros, era territorio desconocido para nosotros y un riesgo loco”, admite Hoeness. “Pero ha devuelto hasta el último euro. No solo por los goles que marca, sino porque es un modelo en el vestuario”.
El capitán sin estridencias
Hoeness cuenta anécdotas de un Kane pendiente de los jóvenes, del que abraza al que llega desde abajo, del que corrige sin humillar. El idioma no es una barrera: el delantero aún toma clases de alemán –lo exige su contrato–, pero buena parte de las figuras del Bayern se mueven como nativos en inglés y Vincent Kompany dirige el vestuario principalmente en esa lengua. El exdelantero campeón del mundo en 1974 añade una mirada de viejo profesional: habla de cómo le pegan los defensas de la Bundesliga, de cómo le castigan los centrales, y de cómo Kane ni pestañea. “Creo que habría que cortarle la cabeza o un brazo para que dejara de jugar”, suelta Hoeness.
Quienes frecuentan el vestuario del Bayern aseguran que solo Manuel Neuer y Thomas Müller, ya en su etapa madura, han tenido un impacto comparable. Y ambos son leyendas absolutas del club, con Müller, además, como producto puro de la casa. Cuando la familia Kane retrasó unos meses su mudanza definitiva a Múnich, muchos se temieron el tópico del futbolista británico perdido en el extranjero. El viejo cliché de Ian Rush en la Juventus, aunque la famosa frase sobre “vivir en un país extranjero” nunca saliera realmente de su boca.
Nada de eso. Kane y su esposa, Kate, se han instalado en una casa de ensueño en el campo bávaro, heredada del exdefensa Lucas Hernández, cerca de la acomodada Grünwald. En la conversación sobre su vida privada hay un detalle que delata el grado de integración: Kate y los cuatro hijos –Ivy (9 años), Vivienne (7), Louis (5) y Henry (4)– se han lanzado de lleno a las costumbres bávaras, incluido el esquí en invierno. Kane, vetado por contrato para practicarlo, disfruta al menos de las escapadas alpinas a Garmisch.
La boda con Baviera
La escena que mejor explica su conexión con el entorno quizá sea la de Kirchweidach, un pueblo de 2.000 habitantes junto a la frontera austríaca. Allí, en un día de aficionados, Kane se prestó a todo: aderezó la sopa como hacen tradicionalmente los novios en las bodas bávaras –símbolo de su unión con la región– y se atrevió con una variante local de los bolos, pero lanzando jarras de cerveza de litro en lugar de bolas. Lo calificó con flema británica como “un poco loco”, pero se entregó sin reservas.
El Bayern sabía que fichaba a un delantero de élite. No esperaba, sin embargo, semejante dominio ni un repertorio técnico tan amplio. Desde que rompió por fin su sequía de títulos con la Bundesliga en 2025 –a la que ha añadido otra liga y una DFB-Pokal–, Kane ha ido mutando en estos dos años en una versión aún más pulida de sí mismo: más fino, más rápido, más letal. Su gol contra Atalanta en la Champions se ha instalado ya en las hemerotecas: un recorte hacia atrás, giro seco para borrar a dos defensas y definición limpia, marca de la casa.
Pero quizá el tanto que define su evolución es el segundo de la final de copa, en el minuto 80. Una jugada que empieza con un latigazo enroscado desde fuera del área que se estrella en el larguero. El balón cae de nuevo a sus pies. Sin área pequeña, sin rebote fácil. Kane se inventa un nuevo recorte, otro giro, un espacio donde no lo había, y sentencia. De cazador de seis metros a delantero total.
Números de otra era
Con 61 goles con la camiseta del Bayern, Kane es el único futbolista de las grandes ligas que se aproxima a los registros inhumanos de Messi y Ronaldo. Solo Erling Haaland, compañero suyo en la sesión de fotos de Time, se le acerca. Cristiano llegó a firmar 66 goles en una temporada –eso sí, en un año sin torneo de selecciones– y Messi alcanzó los 73. Kane, tras el partido del sábado ante Nueva Zelanda en Tampa, suma 67.
Y no vive pegado al área. En el Bayern baja con frecuencia hasta la altura de un mediocentro, casi en una posición de No 6, para iniciar la jugada cuando el equipo no tiene el balón. Su rango de pase roza la excelencia de su remate, como demostró en la ida de semifinales de Champions ante el Paris Saint-Germain, con esa asistencia milimétrica a Luis Díaz. Todo indica que Thomas Tuchel mantendrá ese plan con él en el Mundial.
Del olvido al Balón de Oro
En el Tottenham, el nombre de Kane nunca entró de verdad en la conversación por el Balón de Oro. Faltaban los títulos, faltaban las noches grandes de Champions. Ahora, instalado de forma habitual en las últimas rondas europeas y por fin con trofeos en la vitrina, se ha ganado un sitio entre los candidatos. Casi todo, sin embargo, dependerá de lo que ocurra en este Mundial.
Si alguien quisiera trazar una gran narrativa sobre la carrera del inglés, este verano se presta a ello: la historia del que arranca tarde, del que siempre llega un paso por detrás, pero acaba ocupando la cima. Kane es, en el juego de la vida futbolística, mucho más tortuga que liebre.
El chico que no parecía destinado a nada
Los entrenadores de la cantera del Spurs recuerdan a un adolescente que, para los estándares de la élite, estaba algo pasado de peso, carecía de velocidad y no era el más dotado técnicamente. “Nunca habrías pensado que llegaría a ser lo que es ahora”, admite uno de ellos. Todo cambió alrededor de los 14 años, con un estirón físico y una mejora notable en lo técnico. La pegada, eso sí, ya era distinta. Y tenía una virtud que marcó la diferencia: cualquier mensaje, cualquier corrección, solo hacía falta decírsela una vez, ya fuera trabajo de gimnasio o ejercicios de definición.
Su cesión al Norwich fue casi un catálogo de tropiezos. Un fallo clamoroso en su debut ante el West Ham, a la vista de todo el país. Un cambio al descanso en una eliminación sonrojante de FA Cup ante el modesto Luton, en su último partido con el club. Entre medias, un descenso a los sub-21 del Norwich, donde ni siquiera le dejaban tirar penaltis porque no lo consideraban suficientemente fiable.
En el Leicester, durante su préstamo, vivió otra escena reveladora: arrancó desde el banquillo junto a Jamie Vardy en los dos partidos de la semifinal del playoff de Championship de 2013 contra el Watford. Ni ahí era la primera opción.
Incluso en el Tottenham, Maurico Pochettino no se enamoró de él a primera vista. Tras una pretemporada discreta en 2014, los datos le dejaron expuesto. “Nos hicieron las pruebas de grasa corporal y yo era el más alto del equipo, algo así como un 18%”, recuerda Kane. “Fui a verle y me explicó que mi grasa corporal era alta, que no me estaba esforzando todo lo que podía. Fue muy directo, pero también me dijo: ‘Puedes ser el mejor delantero del mundo’”.
Pochettino, como Hoeness años después, jugó entonces con la hipérbole. Necesitaba inflar la confianza de un joven que todavía dudaba de sí mismo. Lo que parecía un halago exagerado, pensado para levantar el ánimo, ha terminado sonando a diagnóstico precoz.
Hoy, con Múnich rendida a sus pies y un Mundial por delante, la pregunta ya no es si Harry Kane merecía ese tipo de palabras. La cuestión es hasta dónde puede llevarlas. Y si el chico que no parecía destinado a nada acabará reclamando, sin gritos y sin estridencias, el trono del fútbol mundial.
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