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Irak y su viaje al Mundial: 40 años después

Durante cuatro décadas, el Mundial fue un recuerdo borroso para Irak, una vieja fotografía en blanco y negro tomada en México 1986. Para volver, el país tuvo que cruzar no solo fronteras, sino una guerra, carreteras interminables y un calendario que no perdonaba. Nadie pagó un peaje tan alto en estas eliminatorias.

Todo se decidió en Monterrey, en un playoff a vida o muerte. Pero antes de pensar en Bolivia, Irak tuvo que resolver algo mucho más básico: cómo llegar.

Un equipo que primero tuvo que ganar el derecho a despegar

Con el país arrastrado de nuevo al conflicto en Oriente Medio y el espacio aéreo cerrado, el fútbol se convirtió en una odisea logística.

“Tenían que viajar desde diferentes ciudades hasta Bagdad en coche o autobús”, cuenta René Meulensteen, asistente del seleccionador Graham Arnold. “Algunos trayectos duraban hasta ocho horas. Luego, desde Bagdad fueron unas 15 horas por carreteras llenas de baches hasta Ammán, en Jordania, donde aún operaban algunos vuelos”.

Los futbolistas que juegan en Asia tuvieron que buscarse la vida para llegar también a Ammán. Solo allí, todos juntos, pudieron empezar a parecerse a una selección de fútbol y no a un grupo de refugiados deportivos.

FIFA había dispuesto un chárter privado. Ni eso salió fácil. Nueve horas de retraso en tierra. Después, ocho horas de vuelo hasta Lisboa, dos de escala, otras doce hasta México. Una maratón antes de la maratón.

No era la preparación soñada para lo que Meulensteen, exentrenador del Manchester United junto a Sir Alex Ferguson, define sin rodeos: “el partido más importante de sus vidas”. Pero llegaron con algo de margen para recuperar piernas… y cabeza.

Y cuando el balón por fin rodó, Irak respondió: 2-1 a Bolivia y el último billete mundialista en el bolsillo, ante una grada que se inclinó claramente hacia los de Arnold.

“Todas las entradas restantes se dieron a mexicanos, así que estaban en gran número, junto a un grupo importante de iraquíes que viven en Estados Unidos”, explica Meulensteen. Monterrey se convirtió, por una noche, en una extensión de Bagdad.

México, el círculo que se cierra

El escenario tenía un peso simbólico imposible de ignorar.

“Les dijimos a los jugadores: ‘Démonos cuenta del viaje que hemos hecho para llegar aquí y quizá este partido tenía que ser aquí, porque la anterior participación de Irak en un Mundial fue en México’”, recuerda el técnico neerlandés.

Cuarenta años después, el país vuelve al mismo punto del mapa, pero con otra historia a cuestas. En casa, la reacción fue inmediata.

“Fue una locura absoluta en Bagdad, donde era temprano por la mañana”, cuenta Meulensteen, que recibió vídeos de las celebraciones. “Toda la nación llevaba tiempo deseando tener algo que celebrar y esto da a la gente una enorme inyección de energía y esperanza. Se nota el orgullo; hay un auténtico ambiente de bienestar”.

No es la primera vez que el fútbol ofrece un respiro a Irak. Ahí están el cuarto puesto en los Juegos Olímpicos de 2004, con una victoria sobre la Portugal de Cristiano Ronaldo, y la Copa Asiática de 2007, levantada en pleno conflicto interno. También el Mundial de 1986 y aquella aventura olímpica llegaron con el país fracturado.

“Irak sigue siendo un país que siente de verdad las secuelas de la segunda guerra del Golfo”, subraya Meulensteen. “Se ve en las ciudades. Están recuperándose, pero logística y organizativamente no se puede comparar con Dubái o lugares de Arabia Saudí”.

Y sin embargo, en medio de esa realidad dura, hay vida. “Deberíais oírlos en el autobús camino del entrenamiento o de los partidos, cantando y escuchando música. Es absolutamente brillante”, se le escapa, casi como un aficionado más.

Un grupo brutal y la vieja arma de Meulensteen: la sorpresa

El premio por sobrevivir a todo esto es un grupo que roza la crueldad: Francia, Senegal y Noruega. Tres selecciones asentadas, tres estilos diferentes, tres montañas.

“Es como Manchester United contra Grimsby”, bromea Meulensteen, recordando el choque de jerarquías. Pero en agosto pasado, en la Copa de la Liga, Grimsby ganó ese duelo. Y el neerlandés no olvida los guiones que se tuercen.

Él y Arnold ya saben lo que es desafiar la lógica. Lo hicieron con Australia en el último Mundial. “Teníamos a Francia, Dinamarca y Túnez en el grupo y tampoco se nos daba muchas opciones de pasar”, recuerda. “Pero ahí está nuestra mayor fortaleza: el elemento sorpresa”.

Aquella Australia tumbó a Dinamarca y Túnez y obligó a Argentina a sufrir en octavos. Ese recuerdo no es una anécdota: es un modelo.

La selección iraquí mezcla jugadores nacidos en el país con otros de ascendencia iraquí repartidos por el mundo. No todos hablan árabe, pero Meulensteen se defiende con un nivel intermedio, aprendido en sus primeros años como técnico en Catar. Para dar aquel salto en 1993, tuvo incluso que casarse con su novia, porque vivir juntos sin estar casados no estaba permitido. Detalles que explican hasta qué punto ha ido adaptando su vida al fútbol.

Del barro de Bagdad al genio de Cristiano

El recorrido de Meulensteen lo ha llevado de los campos de Catar a la élite de Manchester. Llegó a United ocho años después de aquella primera aventura en el Golfo, de la mano del director de la academia, Lee Kershaw, y de una recomendación de Dave Mackay, que lo había conocido cuando dirigía a la selección sub-17 de Catar.

Empezó en la cantera y, poco a poco, se acercó al núcleo duro del vestuario. Su trabajo individual con los jugadores del primer equipo se intensificó a partir de 2007, tras un breve paso como entrenador principal de Brøndby. Ahí se cruzó de lleno con Cristiano Ronaldo.

“Tuve varias sesiones con él dentro y fuera del campo, usando vídeos para mostrarle ciertas cosas”, explica. Trabajaron los detalles del remate, dividieron el área en zonas para que Cristiano entendiera mejor su posición, el tipo de centros que recibiría y el mejor remate para cada situación.

La idea de fondo era clara: menos fuegos artificiales, más colmillo. “Le dije que todo se trataba de ser lo más imprevisible posible, variar su juego… Con los años, lo dominó a la perfección”.

Lo que más le impresionó fue la obsesión de Cristiano. “Su impulso hacia la perfección. Y eso sigue igual”. En Carrington, había una especie de jaula con paredes de rebote. Después del entrenamiento, Ronaldo se metía allí solo otros 10 o 15 minutos. Meulensteen le propuso ejercicios con esas paredes para controlar el balón de formas distintas, creativas. “Le encantaba”.

Toda esa temporada, cada charla, cada ejercicio, acabó en un DVD. En realidad, una presentación con vídeos y explicaciones sobre la importancia de fijarse metas, sobre cómo la gente con objetivos claros tiene muchas más probabilidades de éxito.

Al inicio de la campaña 2007-08, Meulensteen le preguntó a Cristiano cuántos goles quería marcar tras haber hecho 23 el año anterior. El portugués respondió: 30. “¿Qué tal 40?”, le lanzó el neerlandés. Aceptó el reto. Cerró el curso con 42 y el doblete de Premier League y Champions.

La brújula de Sir Alex y dos palabras que lo explican todo

En el verano de 2008, Meulensteen fue ascendido a entrenador del primer equipo y se le encargó diseñar y dirigir las sesiones. Sir Alex le entregó entonces algo más valioso que un cargo: una hoja de ruta.

“En tres hojas de rotafolio me explicó cómo creía que debía jugar Manchester United. Y eso se convirtió en el sistema de navegación para diseñar todos los entrenamientos”.

Había principios defensivos y ofensivos. Pero la última hoja era la que Ferguson consideraba sagrada. “Me dijo: ‘Cuando ataquemos, quiero hacerlo con velocidad, potencia, penetración e imprevisibilidad. Y quiero que apliques esas cuatro cosas en cada sesión de entrenamiento de alguna manera’”. Basta mirar los mejores años de aquel United para reconocer esos rasgos en cada contragolpe.

Tras salir de Old Trafford en 2013, el neerlandés encadenó etapas en Fulham, Estados Unidos, Israel, India y, de nuevo, el escenario mundialista con Australia. Ese recorrido le dio algo que hoy es oro en una selección como Irak: herramientas para manejar la duda.

“Si sienten miedo, les pido que le den forma. ¿Qué es exactamente ese miedo?”, les plantea. A veces es el temor a las consecuencias de no ganar. Les recuerda que no siempre se puede controlar lo que entra en la cabeza, lo que se ve, lo que se oye. Pero sí se puede dirigir el foco hacia lo que desean: jugar bien, marcar, llegar al Mundial.

No les pide que cambien quiénes son. Les pide que “añadan” cosas a su juego. Un matiz que aprendió también de Ferguson, obsesionado con el peso de las palabras. “Siempre decía que las dos palabras más importantes en el entrenamiento son: ‘bien hecho’”, cuenta Meulensteen. Cuando las sesiones se acercaban al final, Sir Alex solía pasar a su lado, darle una palmada en el hombro y soltar justo eso.

Con el tiempo, construyeron una relación que iba más allá del campo. Ferguson es, dice, un contador de historias incansable, con una curiosidad que abarca política, historia, cine. Siente una fascinación especial por la guerra civil estadounidense. En los viajes en autobús o tren a los partidos, solían jugar al “Quién quiere ser millonario” en el iPad de Meulensteen. “La cantidad de veces que llegamos hasta el final es increíble. Sabía cosas que yo jamás habría sabido”.

De vez en cuando todavía se ven para tomar un té. Hora y media, dos horas, que se evaporan. “Es fantástico”. Para Meulensteen, United fue “un periodo precioso” de su vida.

Ahora, en otro continente, en otro contexto y con otra camiseta, intenta escribir algo que esté a la altura.

Irak ya ha ganado su propio Mundial solo para llegar a México. La pregunta es cuánta sorpresa le queda a un equipo que, antes de medirse a Francia, Senegal y Noruega, ya ha demostrado que no entiende de límites.