Kompany frena la racha goleadora del Bayern
En el Veltins-Arena, el silencio pesó más que cualquier grito de gol. No marcó el Bayern, y eso ya es noticia. No lo hacía desde hacía 59 partidos oficiales. La racha, que se remontaba a julio de 2025 tras un 2-0 ante Paris Saint-Germain en el Mundial de Clubes, se quebró en Gelsenkirchen. Y lo hizo en una noche en la que Vincent Kompany decidió dejar de inicio en el banquillo a Harry Kane y Michael Olise.
La elección no fue menor. Con el equipo atascado ante el bloque bajo de Schalke, la ausencia de sus dos grandes referencias ofensivas encendió el debate. El técnico belga, sin embargo, defendió su plan con firmeza al término del encuentro. La explicación fue física, no táctica: ambos futbolistas regresaron muy tarde de sus vacaciones tras el Mundial y ya habían cargado minutos en el duelo copero en Osnabrück. Para Kompany, no tenía sentido exprimirlos con tres partidos de 90 minutos seguidos. No ahora.
Kane y Olise, revulsivos tardíos
El guion del partido obligó a mover ficha al descanso. Kane entró por Nathaniel Brown y cambió de inmediato el tono del ataque bávaro. Se ofreció, fijó centrales y, sobre todo, rozó el gol que habría salvado la serie histórica.
En los minutos finales, el inglés se inventó un latigazo lejano que viajaba directo a la escuadra. Parecía el desenlace inevitable. Pero apareció Loris Karius, protagonista absoluto de la noche, para volar y desviar el disparo por encima del larguero. Una parada de portada.
Olise también dejó su sello. Saltó al campo en la segunda parte por Lennart Karl y, casi de inmediato, encontró un resquicio desde un ángulo muy cerrado. De nuevo, Karius respondió con seguridad. Cada intento de las estrellas del Bayern chocaba contra el guardián de Schalke.
El fin de una era goleadora
El 0-0 no fue solo un tropiezo aislado. Para el Rekordmeister supuso el cierre abrupto de una etapa de eficacia ofensiva casi inhumana: 59 partidos oficiales seguidos viendo puerta, en todas las competiciones, ante todo tipo de rivales y contextos. En Gelsenkirchen, esa máquina se detuvo.
Kompany, lejos de dramatizar, leyó el partido desde la pizarra. Admitió que a su equipo le faltó mantener una intensidad constante para derribar el muro local. Ante un bloque bajo tan disciplinado, explicó, se necesitan 90 minutos de presión sostenida hasta que la defensa se resquebraje. El Bayern no lo logró. Varias veces bajó el ritmo, perdió tempo, permitió que Schalke respirara. Y cuando apretó, ya estaba Karius.
El técnico subrayó un dato revelador: el rival se marchó sin disparar a puerta, pero eso no restó mérito a su trabajo defensivo. Para él, el relato del encuentro era claro: su equipo no marcó, el contrario resistió y se llevó el premio a su esfuerzo colectivo.
Karius, la muralla inesperada
La noche tuvo dueño, y no vestía de rojo. Loris Karius firmó una actuación de portero grande. Seguro por alto, felino abajo, decisivo en los momentos clave. El alemán, que ha reconstruido su carrera en la Bundesliga, sostuvo a Schalke con una serie de intervenciones de altísimo nivel que desesperaron a los atacantes del Bayern.
Kompany no dudó en reconocerlo. Felicitó al conjunto local por su disciplina defensiva y por la atmósfera que crearon en el Veltins-Arena. Describió el choque como un partido “bonito”, cargado de emoción y pasión, en el que cada situación defensiva exigía algo especial. Schalke lo encontró. Una y otra vez.
La imagen final fue elocuente: los jugadores del Bayern cabizbajos, mirando el marcador vacío, mientras Karius se fundía en abrazos con sus compañeros. El campeón sin gol ante un equipo que lo dio todo atrás.
Europa como respuesta inmediata
El calendario no concede tiempo para lamentos. La frustración doméstica queda archivada porque ya asoma el escaparate continental. La próxima semana arranca la campaña europea del Bayern, con el Allianz Arena preparado para recibir al Bodo/Glimt.
Ese duelo ofrece algo más que tres puntos: es la oportunidad de borrar rápido el regusto amargo del 0-0 y de comprobar si el apagón en Gelsenkirchen fue un accidente o una señal de alerta. Kompany y los suyos buscan recuperar el instinto que les llevó a 59 partidos marcando. La pregunta es sencilla y pesa sobre Múnich: ¿ha sido solo una noche sin gol o el primer aviso de que la máquina ya no es infalible?
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