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Lamine Yamal y su coronación en la Liga 2025-26

Lamine Yamal se puso la corona desde el primer día. Último balón del partido inaugural de la 2025-26, estreno del nuevo dorsal 10 del Barça, la camiseta que llevaron Ladislao Kubala, Luis Suárez, Diego Maradona, Rivaldo, Ronaldinho y Lionel Messi. El chaval al que Luis de la Fuente había descrito como “tocado por la varita de Dios” decidió que también era hora de ungirse él mismo: gol a Mallorca, primer tanto como profesional, brazos al cielo y una celebración que parecía una coronación. Así arrancó una Liga que acabaría siendo suya.

Nueve meses después, la vuelta de honor era por toda la ciudad. Desde lo alto del bus de campeones, Lamine Yamal sostenía una bandera de Palestina. Tenía 18 años. “No es algo que me guste normalmente, pero hablé con él y si quiere hacerlo es su decisión. Es mayor de edad”, dijo Hansi Flick. Mayor de edad y expuesto a todo. El talento, la presión, las lesiones y lo que el propio Lamine definiría luego como un “abismo interno”. Al final, tercera Liga para él. Segunda para Flick, el entrenador que el día que ganó el título perdió a su padre y decidió compartir el duelo con su otra “familia”. “¿Ha sentido tanto amor alguna vez?”, le preguntaron. “No, nunca”, respondió.

Un clásico que cerró una Liga

El campeonato estaba prácticamente sentenciado una semana antes, en el derbi ante Espanyol, con Lamine Yamal lanzado hacia la meta, brazos abiertos, como si fuese Usain Bolt mirando de reojo a Richard Thompson y Walter Dix. Matemáticamente se cerró en la jornada 35, con un clásico que puso el broche a la Liga por primera vez en 94 años.

Tres días antes, el vestuario de Real Madrid había explotado: pelea entre Fede Valverde y Aurélien Tchouaméni, el vicecapitán en el hospital, “traumatismo craneofacial” y puntos de sutura. Esta vez, el golpe definitivo lo dio Marcus Rashford. El Barça había jugado en tres estadios distintos durante el curso y lo ganó todo en los tres. Ese clásico fue su undécima victoria consecutiva, la número 23 en 25 partidos desde el anterior duelo 600 kilómetros más al oeste.

Qué lejos quedaba octubre. Entonces, con el equipo titubeante, Flick advertía: “el ego mata el éxito”. Rayo había descubierto la llamada “Línea Flick” y Sevilla había abierto en canal al Barça. Madrid ganó 2-1 en el Santiago Bernabéu y se marchó cinco puntos arriba. Aquella noche, Jude Bellingham se burló de las palabras de Lamine Yamal, las llamó “baratas” y las acompañó con A Little Less Conversation de Elvis. Dani Carvajal respondió con el gesto clásico de “bla, bla, bla” hacia el joven. El ruido parecía venir del Camp Nou, pero el incendio estaba dentro del propio Madrid: Vinícius Júnior se marchó enfadado al banquillo con 18 minutos por jugar. Xabi Alonso pidió centrarse “en lo que de verdad importa”. Resultó que aquello era precisamente lo que importaba. El entrenador quedó solo, las grietas se hicieron visibles y terminaron por romperlo todo.

La Supercopa que el Barça le arrebató al Madrid en el siguiente duelo fue el cierre definitivo a un mandato que Alonso sintió que empezó demasiado pronto y acabó demasiado pronto. Camino del Mundial de Clubes, el técnico ya viajaba a contrapié. Después llegó un nuevo entrenador que tampoco supo manejar el monstruo. Álvaro Arbeloa dijo todas las frases correctas que en realidad no lo eran. Ofreció su famoso sofá gris para que los jugadores “se abrieran” y les llevó donuts cuando jugaban bien. Ocurrió pocas veces. “No soy Gandalf”, avisó. Cuando el mayor clásico del fútbol mundial volvió en mayo, el Madrid ya estaba fuera de Europa, fuera de la Copa y al borde del colapso. Fragmentado, deseando que todo terminara. Noventa minutos después, también estaba fuera de la Liga: 12 puntos por detrás, nueve por disputar, otra temporada en blanco. Kylian Mbappé, mientras tanto, ya estaba fuera del escenario, escapado a Sicilia. “Let’s go Madrid!”, escribió cuando el equipo ya perdía 2-0.

Dos días más tarde, y más de una década después de su última aparición, Florentino Pérez se presentó ante la prensa. Lo hizo para un monólogo confuso, desordenado, que no aclaró nada y lo explicó todo. Localizó el gran problema del Real Madrid. Y lo “solucionó”: canceló la suscripción al diario ABC.

Un campeón sin Copa de Europa

El Barça levantó la Liga la misma noche en que la ganó, algo casi milagroso en un torneo que suele obligar a esperar. La copa viajó por la ciudad en el mismo autobús que la Supercopa. Faltó la Copa de Europa, la que más deseaban. Tampoco la tuvo el Madrid, que reservó sus mejores noches para la competición que domina como nadie, pero esta vez no alcanzó.

Villarreal y Athletic se cayeron en la fase de liga europea, aunque San Mamés fue el único estadio donde el campeón PSG no marcó. Atlético, que había eliminado al Barça de ambas copas y hacía tiempo había soltado la Liga, fue el que más cerca estuvo de un título. Pero se quedó sin nada. Arsenal lo echó de su primera semifinal europea en diez años y en su primera final de Copa del Rey en 13 fue “Matarazzeado”: Real Sociedad ganó en los penaltis. El héroe fue un portero suplente que detuvo el lanzamiento definitivo y besó en la mejilla a un antiguo recogepelotas que se acercaba a tirar el penalti ganador. Lo marcó. Álvaro Odriozola, que ni siquiera jugó, lo resumió así: no lo cambiaría “por nada en la humanidad”.

El reparto europeo quedó claro: Barcelona, Madrid, Atlético y Villarreal, tercero en la tabla, volverán a la Champions, junto a Betis, beneficiado de la nueva quinta plaza. Por detrás, el campeón copero, Real Sociedad, estará acompañado por Celta y Getafe. Pepe Bordalás, técnico azulón, aseguró que esa clasificación “entraría en la historia del fútbol”. Exagerado, quizá, pero la odisea fue real: Getafe empezó el curso con 13 futbolistas del primer equipo disponibles, dos de ellos porteros. Al llegar al ecuador, en descenso, la situación era tan desesperada que Allan Nyom acabó jugando de delantero. “No se lo desearía a nadie”, dijo Bordalás, un hombre que ha hecho pasar muy malos ratos a muchos rivales. En enero firmó cuatro cedidos casi anónimos. En junio estaba séptimo. A su manera: segundo equipo menos goleador, menos posesión, menos tiros y más faltas de toda la Liga.

Un descenso cruel y una Liga salvaje

En medio de la invasión de campo de Getafe en la última jornada, entre camisetas azules y abrazos, aparecían unas cuantas camisetas rojas. Eran los jugadores de Osasuna, aún pendientes de otros resultados para saber si seguían en Primera. Capitán y compañeros, pegados a iPads, móviles y radios. “Agonizante, la peor sensación que he tenido en mi vida”, confesó el capitán sobre esos minutos. Al final, la liberación. Saltaron junto a la afición de Getafe y Nyom, que dijo que no se iría al vestuario hasta asegurarse de que Osasuna estaba a salvo. “Ha sido… raro”, admitió el técnico Alesio Lisci. Lo fue. Su equipo ya había celebrado la salvación un mes antes, tras un gol en el minuto 99 ante Sevilla. No pensaban que tendrían que escapar de nuevo. Lo lograron, pero gracias a otros, no a sí mismos.

La temporada fue así. Arriba faltaron giros: los mismos cinco o seis equipos en la pelea todo el año. Abajo fue un caos bíblico, con caídas súbitas y resurrecciones imposibles. Solo Real Oviedo, de vuelta a Primera 24 años después, se marchó pronto. Ni rastro de romanticismo. Santi Cazorla, el niño que entró al club con ocho años y regresó a los 38 cobrando el salario mínimo, al fin debutó en Primera con “su” equipo. No bastó. Oviedo marcó nueve goles en casa en todo el curso y tuvo más entrenadores (tres) que victorias fuera (dos).

Si Oviedo se fue pronto, la pelea por evitar las otras dos plazas de descenso fue brutal. En una Liga donde los buenos se volvían malos de un mes a otro y los malos se transformaban en brillantes durante tramos cortos, el abismo y Europa estuvieron separados por milímetros casi todo el año. Nueve equipos llegaron a la penúltima jornada con miedo real al descenso. Espanyol, Sevilla, Alavés y Valencia respiraron entonces. Cinco llegaron vivos al último día, con destinos cruzados.

Elche y Girona se jugaron la vida en Montilivi, a cara o cruz. Un disparo tardío de Thomas Lemar al larguero fue la diferencia entre que Girona se mantuviese o se desplomara. Al final, cuatro puntos en los últimos ocho partidos condenaron al equipo que peleó por el título hace dos años y jugó la Champions la pasada temporada. Bajó con 41 puntos, cifra que habría bastado para salvarse en cualquier otra campaña de esta década. Mallorca también se fue, víctima de una miniliga de desempate con Osasuna y Levante, los tres con 42 puntos. Cayó pese a tener un delantero de 23 goles, una cifra que la Liga no veía desde hacía 26 temporadas en un equipo de la parte baja.

“Duele”, resumió Martín Demichelis, técnico del Mallorca. “El fútbol ha sido cruel”, lamentó Míchel Sánchez, entrenador del Girona. “Esta Liga ha sido una auténtica locura”, remató Eder Sarabia, de Elche, que sí se salvó.

Rayo, la derrota más orgullosa del año

Quedaba un último capítulo. Y el más bonito. Rayo Vallecano, el club que pasó de ser “el pequeño Rayo” a “Rayo de la hostia Vallecano”, el equipo que parece fuera de lugar en casi todo y por eso mismo encaja, viajó a Alemania para disputar su primera final europea, la de la Conference League. No pudo traer el trofeo de vuelta.

Como casi todo lo que rodea al Rayo, fue injusto y perfecto a la vez. Al final, en la grada de Leipzig, una pancarta lo explicó mejor que cualquier análisis, mejor incluso que una copa: “No he conocido victoria mayor que estar con vosotros en la derrota”.

Quizá solo ganar una de estas…

Los premios de una Liga que no se olvidará

  • Presidente más encantador Raúl Martín Presa, de Rayo Vallecano. Definió a sus propios aficionados como “borrachos, descerebrados y vagos”. Los suyos.
  • Propietario más optimista “Ni me hables de salvarse, háblame de puestos europeos”, pidió Jesús Martínez en la jornada 8, justo después de destituir al entrenador que había ascendido al equipo y lo mantenía fuera del descenso. Dos días después, Oviedo entró en la zona roja. Nunca salió.
  • Mejor ambiente San Mamés, cómo no. Lo llamativo es que Athletic no jugaba. Lo hacían Euskadi y Palestina.
  • Mejor “tifo” casero La pandemia dejó algo útil: rollos de papel higiénico. La grada del Atlético convirtió el Metropolitano en el Monumental con una lluvia blanca espectacular. Sevilla copió la idea días después. ¿Respuesta de UEFA y La Liga? Multa, claro.
  • Mejor karaoke de vestuario Rayo, desgañitándose con A Pirate’s Life junto a los jugadores del CD Yuncos, recién eliminados.
  • Mejor fiesta (y peor resaca) Imagínese ganar la Copa del Rey por cuarta vez en la historia, arrancar a las 22.00, ir a prórroga y penaltis, salir del estadio a las 2.00. Imagínese un “disco” improvisado en el hotel a las 2.39, taxis a un club a las 4.45, bus al aeropuerto a las 10.15 sin haber dormido, y abrir las botellas del duty free en el avión. Imagínese al más animado del grupo gritando: “Es el mejor día de mi vida y nos vamos a pegar una fiesta de la hostia”. Y se la pegan. Ese día, el siguiente y el otro, subidos al bus descapotable, cerveza tras cerveza, insolación incluida, con cientos de miles de personas en la calle. Imagínese llegar al día siguiente, todavía con la cabeza en otra galaxia, para preparar el siguiente partido. Y que alguien diga: chicos, es contra Getafe.
  • Aficionado más nostálgico Lionel Messi, colándose en silencio en el Camp Nou, solo, una fría noche de noviembre.
  • Aficionado más inesperado Ese. Exacto.
  • Aficionado con peor suerte Tras un 3-0 de Betis a Mallorca, un hincha verdiblanco se lanzó por la grada buscando la camiseta de Cédric Bakambu. Saltó, perdió pie, cayó justo a los pies del delantero. Forma peculiar de llamar la atención. Ni así. Bakambu se quedó mirándolo, perplejo. Para eso está Sergio Herrera, portero de Osasuna, que tras ganar en Palma recogió todas las camisetas del equipo y las fue entregando, una a una, a la grada. Sin caídas. Sin fracturas.
  • Aficionado más travieso El partido de Oviedo en Mestalla se aplazó 24 horas por un diluvio. Muchos seguidores quedaron atrapados en Valencia y perdieron su viaje de vuelta. El club les ofreció regresar al día siguiente en el chárter del equipo. Detalle precioso. Hasta que la foto del avión apareció en redes y una madre en Asturias reconoció a uno de los pasajeros. “Oye, Real Oviedo, decidle a mi hijo que cuando llegue a casa voy a hablar con él”. Se suponía que estaba en casa de la abuela.
  • Aficionados mejor peinados Celta y sus seguidores. Cuando Borja Iglesias recibió insultos homófobos por pintarse las uñas, compañeros y afición respondieron igual: uñas de colores, diseños de todo tipo, solidaridad a flor de piel.
  • Titular más directo “Zaragoza se va a la mierda”, tituló El Periódico de Aragón. Y, por desgracia, no se equivocaba.
  • Mejor once inicial Ese. El de la temporada. El que se queda en la retina.
  • Mejor venganza Cuentas pendientes de patio de colegio. Inter de Valdemoro, novena categoría, se cruzó con Getafe en Copa del Rey. Perdía 8-0 a falta de media hora. Getafe decidió darle un regalo a Borja Mayoral: por fin podía ajustar cuentas con su hermano Kity, mediocentro del rival. Mayoral marcó dos más. 11-0. Y hablando de nombres…
  • Mejor nombre El portero de Valdemoro aquella noche. Ocupado. Mucho.
  • Rival más duro Robert Navarro, derribado por… papel de aluminio. Literal.
  • Mejor expulsión Jorge Pascual, de Granada, rojo directo por llamar al asistente “cara de bigote de mierda” y, según el acta, “señalar su labio superior para simular dicho bigote”. Por si el árbitro no había captado el mensaje.
  • Mejor puntualidad Ese rayo de sol en el momento justo. Ya saben cuál.
  • Equipo más elegante Sevilla, reivindicando la moda heredada. “No tienes zapatillas, te faltan prendas, y alguien de la familia te dice: ‘¿Quieres los pantalones del abuelo?’ ‘Sí, por favor, me vienen bien’. ‘¿Quieres la camiseta de tu primo?’ ‘Claro, dámela’”, describió su técnico Matías Almeyda. Y con ese armario improvisado compitieron.
  • Camiseta más codiciada La tiene Madonna.
  • Camiseta con peor olor La de Real Betis, versión “scratch and sniff”: hecha con naranjas y con olor a naranja. Antes del partido, al menos.
  • Portero más útil Dani Cárdenas, que paró un penalti a Kike García y, de paso, salvó las redes de Vallecas.
  • Mejor compañero Hugo Hard, héroe silencioso. Aceptó el banquillo sin una mala palabra. “Si ya no soy titular, es porque [Umar] Sadiq está jugando como Pelé”.
  • Jugador más humilde Cuando el Barça anunció el Mallorca–Barça como el duelo Robert Lewandowski vs Vedat Muriqi, el kosovar respondió: “Hay pocos delanteros que compitan con Lewy… y yo no soy uno de ellos. Gracias, eso sí”.
  • Mejor disculpa Cucho Hernández, delantero de Betis, marcó ante Levante y pidió perdón de inmediato a su “exequipo”. Bonito gesto. Solo un detalle: nunca jugó en Levante. Lo hizo en Huesca, que viste los mismos colores.

Entrenadores y jugador del año

El banquillo también tuvo su propia Liga. Luis Castro se resbaló y cayó al suelo el día de su debut al devolver un balón. No volvió a caerse. Lideró un milagro en Levante. Jokin Aperribay, presidente de Real Sociedad, preguntó a ChatGPT si Rino Matarazzo era buen entrenador para su club. La respuesta fue “no”. Cuatro meses después, levantaban una Copa del Rey histórica.

“Dicen que saco resultados de muy poco, que siempre encuentro la forma de sumar puntos, pero esto es como un lápiz: lo afilas y lo afilas y al final ya no queda lápiz”, advirtió Bordalás. Con la mina hecha un trozo mínimo y la goma gastada, metió a Getafe en Europa. En Sevilla, el director deportivo se quejó el día de la presentación de Luis García: “Parece un funeral”. En seis semanas, el técnico resucitó al equipo. Eder Sarabia lo definió así desde Elche: “Algunos equipos tienen bazucas y tanques; nosotros estamos ahí peleando con una catapulta”. Se salvaron. Y jugando bien.

Claudio Giráldez y Manuel Pellegrini volvieron a firmar otra temporada notable. Y Hansi Flick, por supuesto, campeón otra vez. Pero el premio al entrenador del año se lo llevó Iñigo Pérez, rumbo ahora a Villarreal. Con Rayo Vallecano vivió de todo: sin campo donde jugar, sin lugar estable para entrenar, sin agua caliente para ducharse. Entre carencias y problemas, llevó al club a su mejor clasificación histórica y a su primera final europea. “Es más fácil llegar al éxito a través del amor”, dijo. Y lo demostró.

En el césped, el debate también tuvo nombre propio. Con 10 goles en los últimos 14 partidos –los únicos que fue titular en todo el año, dato que engrandece su impacto y reduce su candidatura–, el delantero de Levante, Carlos Espí, puede reclamar el título de futbolista más decisivo de la temporada. Cuando algunos aficionados pidieron el Balón de Oro para él, Vedat Muriqi se llevó el dedo a la sien, girándolo: “Están locos”. Un punto más, y quizá Muriqi habría sido el elegido… y Mallorca se habría salvado.

Joan García, portero del Barça, firmó la parada del año ante Espanyol, una intervención “de ciencia ficción” que dejó a Lamine Yamal gritando: “Madre de Dios bendita, qué portero”. Pero el nombre que lo eclipsa todo es el del propio Lamine. “Me gustaría ser todo lo que la gente quiere que sea”, confesó. Dijo mucho con esa frase. Con 24 goles y 11 asistencias en todas las competiciones, fue más que una promesa. Fue el mejor. Asombroso en el tramo final, cuando tiró del Barça hacia la meta.

La Liga se cerró con él en el centro del escenario, el 10 en la espalda, la bandera en la mano y una pregunta flotando sobre el próximo curso: ¿hasta dónde puede llegar un campeonato que gira, cada vez más, alrededor de un chico que acaba de cumplir 18 años?