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La dura temporada del equipo y la herencia de Salah y Robertson

La voz sale entrecortada, pero el mensaje es firme: ha sido una temporada “de subidas y bajadas”, una montaña rusa que deja cicatrices, clasifica al equipo para la Champions League y despide a dos referentes absolutos del vestuario: Mohamed Salah y Andrew Robertson.

No fue el año más brillante. Ni el más fluido. Hubo victorias de peso, derrotas que dolieron y rachas que amenazaron con romper algo más que la confianza. Pero al final, el equipo se aseguró el billete a la máxima competición europea. Y eso, en medio de todo lo vivido, no es un detalle menor. Es el ancla a la que se aferra el vestuario para mirar hacia adelante.

Salah y Robertson, algo más que dos salidas ilustres

El vestuario pierde a dos pilares. No solo por lo que han ganado con el club, sino por lo que han significado para los que venían por detrás. El mensaje es claro: se van dos líderes, dos referentes humanos.

De Salah queda una imagen muy nítida: el profesional total. Siempre el primero en el gimnasio. Siempre el último en irse. Un ejemplo silencioso, diario, casi obsesivo. En los momentos de mayor fragilidad física, cuando las lesiones apretaban, el egipcio dio un paso más: abrió la puerta de su círculo más íntimo y permitió que su compañero trabajara con su fisioterapeuta personal. Un gesto que en el fútbol de élite dice mucho más de lo que parece. Respeto ganado, todavía más, fuera del foco y de los goles.

Robertson, en cambio, representó otra cara del liderazgo. Más cercano, más directo, más duro. Desde que el canterano empezó a asomarse al primer equipo, el lateral escocés estuvo encima de él. Le repetía que el talento estaba ahí, que la calidad no era el problema, que la diferencia iba a estar en cuánto estuviera dispuesto a trabajar. Y fue implacable. Tanto, que en algunos momentos las críticas parecían personales. Con el tiempo, con madurez y perspectiva, aquellas broncas se entienden de otra manera: eran exigencia envuelta en cariño. Era alguien que quería verle triunfar.

Los dos, a su manera, han sido escuela. Han marcado un listón.

El legado: estándares, reglas y algo más que un equipo

El mensaje que queda en el vestuario es contundente: ahora toca mantener el nivel que ellos impusieron. No se trata solo de correr más o ganar más duelos. Es una cultura.

Desde el primer día, las normas estaban claras. Había que aceptar el código interno del grupo. Trabajar fuerte cada día, sin excusas. Vivir el club como algo que va más allá del césped. No es un eslogan vacío: se insiste en que esto se siente más como una familia que como un simple equipo de fútbol.

En los peores momentos, cuando el ruido de fuera se hace insoportable, miras a tu alrededor y siempre están los mismos. Los compañeros. Los que sostienen en silencio. En los buenos ratos también, claro, pero es en los golpes donde se mide de verdad esa unión. Esa es la herencia intangible que dejan Salah y Robertson: una forma de estar, de convivir, de sostenerse.

Ahora, sin ellos, la responsabilidad pasa a otra generación. No vale bajar el listón. No en este club.

El golpe más duro: la pérdida de un “hermano”

Si el curso fue “el más duro”, no fue solo por los resultados. Dentro del vestuario, el golpe más fuerte llegó con la pérdida de Diogo Jota. No era únicamente un jugador clave, era “uno de nuestros hermanos”, una presencia diaria que hacía mejor al grupo dentro y fuera del campo.

En lo futbolístico, su ausencia se notó cada fin de semana. Era el tipo de futbolista al que podías darle el balón en un momento de apuro y confiar en que encontrara el gol que cambiara un partido. Un desatascador nato. En lo personal, el vacío fue todavía mayor. Hablar de él sigue removiendo emociones, se nota en cada pausa, en cada frase que se queda a medias.

A partir de ahí, la temporada se convirtió en una sucesión de rachas. Un buen inicio, una mala dinámica, una reacción, otro bache. Siempre al límite, siempre con la sensación de estar tratando de reconstruirse sobre la marcha. Sin embargo, en medio de todo, hubo algo que no se rompió: la unidad interna y el vínculo con la grada. “Nuestra familia y los aficionados siempre están ahí”, es la idea que se repite como un mantra.

Champions asegurada y un futuro que invita a soltarse

Entre tanta turbulencia, el objetivo mínimo se cumplió: el equipo estará en la próxima edición de la Champions League. No es un premio de consolación. Es la confirmación de que, pese a los golpes, la estructura aguantó.

Los fichajes ya no son recién llegados. Han acumulado minutos, han sentido la presión, han entendido el peso de la camiseta. Se les considera plenamente integrados, listos para ofrecer su mejor versión. La sensación interna es que lo peor ya pasó, que lo vivido este año puede servir de combustible.

El mensaje final destila alivio y ambición a partes iguales: toca dejar atrás este curso, liberar la cabeza y jugar con menos cadenas. Disfrutar otra vez. Volver a sentirse ligeros. La Champions espera, el vestuario cambia de líderes y la pregunta se impone sola: ¿hasta dónde puede llegar este grupo cuando por fin juegue sin tanto peso sobre los hombros?

La dura temporada del equipo y la herencia de Salah y Robertson