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Terry Butcher y el espíritu de selección en el fútbol moderno

Terry Butcher, sangre, cicatriz y una camiseta convertida en bandera. La imagen de aquel central en Suecia, en septiembre de 1989, con la cabeza abierta y el blanco de Inglaterra teñido de rojo, sigue siendo el póster mental de lo que muchos entienden como “espíritu de selección”. Ni cambio, ni camiseta limpia. Solo orgullo y un partido que había que terminar.

A su lado, en la memoria, aparecen nombres como Paul Ince, con la frente vendada y el rostro ensangrentado ante Italia rumbo al Mundial de 1998, o Stuart Pearce, otro símbolo de una época en la que el dolor se aparcaba y la épica se imponía. Hoy, el reglamento manda al jugador al vestuario en cuanto aparece una gota de sangre. El fútbol se ha humanizado. Pero la pregunta persiste: ¿quién estaría dispuesto ahora a dejar el cuerpo en la trinchera por el bien del equipo?

Bellingham, el guerrero moderno

Butcher lo tiene claro. En plena campaña promocional de la iniciativa ‘Shirtiette’ de Domino’s, que invita a los aficionados a “ensuciarse la camiseta”, el mítico central apuntó directamente a la nueva joya de la selección: “El mayor guerrero que tenemos ahora mismo… probablemente diría Jude Bellingham, alguien así”.

No se detuvo ahí. “Es más un guerrero, se calienta y es fogoso. Me gusta eso. A veces quizá demasiado fogoso, pero así es como juega. Vive al límite. Quiere hacerse notar y se frustra como todos los demás. Creo que Jude sería el elegido para mí”.

En un fútbol aséptico, lleno de protocolos médicos y cámaras en cada ángulo, Bellingham encarna algo que se parece a aquella vieja rabia competitiva. No sangra como Butcher en Gotemburgo, pero sí desborda carácter en cada choque, cada protesta, cada carrera.

“El juego es otro animal”

La nostalgia, sin embargo, no nubla la vista del ex capitán de Inglaterra. Sabe que el deporte ha girado hacia otro lado. Cuando se le pregunta si figuras de su perfil, el de Ince o el de Pearce, se han extinguido en el fútbol actual, responde sin rodeos: “Sí, se ha desvanecido del juego porque el juego es un animal diferente ahora. Es más técnico. Se trata más de las formas de jugar que de ir al choque”.

Butcher describe un fútbol en el que el músculo ha cedido espacio al pizarrón: “Ya no hay una verdadera fisicalidad. Todo va de técnica. De crear superioridades numéricas y todos esos términos técnicos. Lo más parecido a nuestra época aparece en las jugadas a balón parado, especialmente en los córners, cuando todos parecen luchadores intentando tirar al rival al suelo”.

Reconoce avances, pero no renuncia a su queja: “El juego ha cambiado y se ve que ha cambiado para bien en muchos aspectos, pero creo que un poco más de físico ayudaría. Ayuda con los aficionados, porque siempre les gusta ver a alguien metiendo la pierna, pero ahora no puedes hacerlo porque corres el riesgo… si intimidas o te impones demasiado, ya no es amarilla, es roja”.

El mensaje es claro: el fútbol ha ganado en control, ha perdido en crudeza. Y en ese intercambio, para Butcher, también se han erosionado los liderazgos.

Inglaterra, sin voz en la zaga

Inglaterra arrastra seis décadas de frustración en grandes torneos. Títulos que se escapan, generaciones que se quedan a medio camino. En ese contexto, la figura del líder se vuelve obsesión nacional. ¿Hay hoy un jefe atrás, alguien que ordene, que mande, que tape las grietas?

Butcher no compra ese discurso optimista: “No, no creo que lo haya. No creo que haya habido nadie así desde hace mucho, mucho tiempo”.

Su referencia es personal, directa, casi áspera. “Se acabaron los días en los que podías hablarle duro a los compañeros. Yo tenía a Bryan Robson, que me hablaba duro si hacía algo mal, y luego yo iba a por él si él hacía algo mal… pero normalmente no hacía nada mal, así que no tenía que ir a por él. Pero dejabas claras tus sensaciones con la voz, muy rápido y muy fuerte”.

Hoy, dice, eso se ha diluido. “Ahora no se hace. Una de las razones es que, especialmente en las jugadas a balón parado, en córners y faltas, los jugadores no marcan a un rival específico. Defienden en zona, así que no hay necesidad de gritar o hacer nada más”.

La crítica va más allá de la táctica: “Tal y como es el fútbol ahora, los jugadores son demasiado amables entre ellos. Nadie exige más al compañero. No hay líderes en el grupo. Son jugadores, un montón de individuos haciendo lo suyo. Puede que digan cosas en el vestuario, pero en el campo no parece que haya nadie que realmente grite y señale con el dedo”.

Solo salva a uno: el portero. “[Jordan] Pickford hace eso a veces y señala con el dedo. No muchos en Inglaterra lo hacen. Es simplemente cumplir con su trabajo y ser lo mejor que puedan ellos mismos”.

Butcher, en cambio, disfrutaba del ruido: “Me gustaba el lado vocal. Lo disfrutaba. Disfrutaba elogiar a la gente y también gritarles para empujarles, ‘vamos, chicos’ y todo eso. Se ve ocasionalmente, pero no muy a menudo. Me gustaría verlo más”.

Capitán hoy, capitán mañana

El brazalete tiene dueño: Harry Kane. Máximo goleador histórico de Inglaterra, 81 tantos con la selección y una autoridad silenciosa que manda más con el ejemplo que con el grito. Pero el tiempo no se detiene, ni siquiera para los depredadores del área. Algún día habrá relevo. ¿Quién?

El nombre de Jude Bellingham flota en el ambiente, pero también despierta dudas por su temperamento. Butcher conoce bien lo que implica llevar ese peso. “Yo fui capitán en varios clubes y solía patear puertas, ser vocal y soltar tacos a los árbitros y todo ese tipo de cosas. No es lo que esperarías de un capitán, pero así era en aquellos días”.

Ve un camino para el centrocampista del Real Madrid, aunque todavía en construcción: “Creo que Bellingham con el tiempo madurará, particularmente en el escenario internacional. Entonces podría ser elegible para la capitanía. Creo que ahora es uno de los lugartenientes, uno de los hombres de banda, está por debajo de ese nivel de capitán”.

Para el presente, Butcher señala otra figura: “Declan Rice sería un candidato obvio para la capitanía, especialmente siguiendo los pasos de Harry Kane”.

Y, aun así, no descarta que el propio Kane prolongue su reinado. La comparación que utiliza es elocuente: “Harry Kane podría jugar para siempre. Por cómo hace su trabajo, cómo se cuida, cómo se comporta, es como [Cristiano] Ronaldo y podría jugar para siempre. Harry no tenía mucha velocidad que perder, pero su cerebro parece más afilado, sus reacciones más rápidas. Creo que todavía tiene mucho más por hacer”.

Un cierre de grupo con sabor a examen

Kane, Bellingham, Rice y compañía vuelven al foco este sábado, en New Jersey, para cerrar su campaña en el Grupo L rumbo al Mundial de 2026. Enfrente, Panamá. Sobre la banda, Thomas Tuchel, con la misión de encender a una hinchada que lleva demasiado tiempo esperando una noche grande de verdad.

El reto no es solo ganar. Es contagiar. Hacer ruido en Norteamérica y en casa. Encender celebraciones desatadas y, quizá, empezar a forjar nuevas leyendas que algún día se recuerden con la misma mezcla de asombro y respeto con la que se sigue evocando a Terry Butcher, aquella camiseta empapada y una pregunta que no se apaga: ¿quién será el próximo en mancharse de verdad por Inglaterra?