Todd Boehly deja Chelsea: el fin de una era
Todd Boehly se marcha de Chelsea como llegó: haciendo ruido, pero dejando el poder real en otras manos. Cuatro años después de aterrizar en Stamford Bridge como rostro visible del nuevo proyecto, el empresario estadounidense abandona el fútbol europeo reducido a figura secundaria. Y, pese a lo llamativo del titular, casi nada cambia en el club.
El control ya era de Clearlake Capital, el fondo de inversión estadounidense fundado por Behdad Eghbali y José E. Feliciano. Lo seguirá siendo. Solo que ahora, sin matices.
Clearlake manda, Boehly desaparece
Desde que el consorcio BlueCo compró el club a Roman Abramovich por 2.500 millones de libras en 2022, la estructura accionarial estaba clara: Clearlake era el dueño mayoritario y el motor de la estrategia. Boehly, Mark Walter y el multimillonario suizo Hansjörg Wyss compartían un 38,5% que, con el paso de los meses, perdió peso real en la toma de decisiones.
El anuncio del miércoles, que confirma que Clearlake adquiere la participación de Boehly y Walter y pasa a tener el control completo, solo pone por escrito una realidad ya instalada desde hace tiempo. Eghbali marcaba el rumbo mucho antes del comunicado oficial.
Las grietas dentro del grupo propietario llevan dos años a la vista. Empezaron los rumores de que Boehly había perdido la fe en su relación con Clearlake. Él quería una solución. Desde su entorno se filtró que tenía inversores preparados para financiar una compra total del club. En Clearlake, la reacción fue más de ojos en blanco que de alarma.
La respuesta del fondo fue clara: estudiar la opción de comprar la parte de Boehly. También se puso sobre la mesa que dejara la presidencia y aceptara cambios de gobernanza que lo relegaran a un rol casi ceremonial. No había cariño en esa negociación.
No llegó el divorcio entonces. Hubo tregua. Clearlake siguió adelante con su plan, con Eghbali como figura dominante. En el último año, cuando la afición empezó a señalar con más fuerza a los nuevos dueños por los problemas deportivos del club tras la era Abramovich, el foco se desplazó definitivamente hacia él.
Feliciano, mientras tanto, se movió más en la sombra, incluso después de convertirse en inversor de los San Diego Padres de la Major League Baseball. El rostro visible era Eghbali, blanco de cánticos insultantes de los aficionados esta misma temporada.
El experimento Boehly: 300 millones, caos y lecciones
En los primeros meses, el gran protagonista sí fue Boehly. Se presentó como la cara pública del nuevo Chelsea y dio un paso más: se nombró a sí mismo director deportivo interino tras la salida de las figuras clave que habían gestionado la etapa Abramovich. ¿Qué podía salir mal? Casi todo.
Los agentes lo encontraban cercano, simpático incluso, pero dudaban de su conocimiento real del fútbol europeo. Esa mezcla de buena voluntad y falta de experiencia terminó en un gasto cercano a los 300 millones de libras en un mercado desordenado, con demasiados fichajes que nunca encajaron.
El contrato de Raheem Sterling, con un salario de 325.000 libras semanales, se convirtió en ejemplo de manual de cómo no gestionar la masa salarial. El club tardó en sacudirse el impacto económico de esas decisiones. Deportivamente, el desorden se acentuó cuando Thomas Tuchel fue despedido y sustituido por Graham Potter al inicio de la temporada 2022-23. La sensación de improvisación se instaló en Stamford Bridge.
Boehly llegó a explicar que el fichaje de Marc Cucurella desde Brighton se debió, en parte, a que había escuchado que Manchester City quería al lateral zurdo español. Copiar el radar del rival no suele ser un plan maestro para dirigir la política deportiva de un club de élite.
El experimento quemó a Boehly. Pasó de ser el nuevo magnate ambicioso a convertirse en caricatura: el símbolo del derroche sin control. Su imagen se deterioró también fuera de Chelsea, sobre todo tras comentar en una conferencia de negocios que no entendía por qué la Premier League no tenía un partido All-Star. O cuando, antes de los cuartos de final de la Champions de 2023, se atrevió a pronosticar un 3-0 a favor de Chelsea ante Real Madrid. El resultado no acompañó la bravata.
De protagonista a espectador
Desde su entorno se insiste en que su idea nunca fue implicarse tanto en el día a día y que su plan siempre pasaba por retirarse cuando hubiera expertos consolidados en la estructura. El giro estratégico del club respalda en parte esa versión.
De un director deportivo interino se pasó a una estructura pesada: cinco responsables permanentes —Paul Winstanley, Laurence Stewart, Sam Jewell, Joe Shields y Dave Fallows— y un modelo centrado en contratos largos, muy incentivados, y fichajes jóvenes con potencial de revalorización.
La visión, de nuevo, llevó la firma de Eghbali. El camino no ha sido suave. Bajo este grupo propietario, Chelsea solo se ha clasificado una vez para la Champions League. Los banquillos han tenido rotación constante. Desde Clearlake aseguran que este año han asimilado lecciones importantes. El mercado del pasado verano fue más coherente: llegó un entrenador de peso, Xabi Alonso, y se apostó por talento ya contrastado, no solo por promesas.
Mientras tanto, Boehly se fue apartando. El ruido sobre una posible compra de su parte se apagó hasta el verano pasado. Entonces reapareció con fuerza. El detonante, según distintas fuentes, fue la necesidad de Walter de liquidar activos para afrontar problemas financieros en Estados Unidos. La venta de su participación en Los Angeles Lakers fue una señal clara de que algo se movía.
Boehly y Walter, se asegura, han logrado un beneficio modesto con su inversión en Chelsea. Jonathan Goldstein, aliado cercano de Boehly, también ha abandonado el consejo. Wyss, en cambio, sigue ligado: ha invertido en un vehículo de Clearlake y no se ha marchado del todo del proyecto.
El gran asunto pendiente: el estadio
Con la salida de Boehly y Walter, el organigrama se simplifica, pero el día a día no se altera: las operaciones, el liderazgo y la estrategia siguen en manos de los mismos. El gran interrogante está en el hormigón y el acero, no en el vestuario: el estadio.
El gran debate estratégico de Chelsea pasa por decidir si abandona Stamford Bridge. En septiembre de 2024, se informó de que el club mantenía conversaciones para mudarse a Earls Court. El Earls Court Development Committee tiene un proyecto con permiso urbanístico, pero sin avances significativos. Esa falta de progreso mantiene viva la opción de que el club tome la iniciativa.
En el club no descartan, sin embargo, la alternativa más compleja: remodelar Stamford Bridge y tratar de exprimir al máximo el actual emplazamiento, pese a las limitaciones estructurales y urbanísticas.
Lo que ocurra, en cualquier caso, ya no llevará la firma de Todd Boehly. En su comunicado, Eghbali y Feliciano le dedicaron una frase amable: aseguraron que “siempre será parte de la historia y la familia de Chelsea”.
Vista la trayectoria de estos cuatro años, suena casi como un gesto de cortesía más que como una descripción exacta de su peso real en el nuevo Chelsea.
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