Logotipo completo Pelo Tahoy

Wojciech Szczęsny y su dolor persistente: la lesión que nunca olvidó

Wojciech Szczęsny tiene 36 años, una carrera larga al máximo nivel y una vitrina de títulos que pocos porteros pueden igualar. Pero hay algo que no ha dejado atrás desde que era un adolescente en London Colney: el dolor.

No un dolor metafórico. Dolor físico, real, cada vez que detiene un disparo.

Todo empezó en 2008, en el gimnasio de la ciudad deportiva de Arsenal. Szczęsny tenía 17 años y empujaba fuerte para acercarse al primer equipo. Una sesión de press de banca rutinaria se convirtió en pesadilla: la barra se le resbaló de las manos y se desplomó directamente sobre sus brazos. El impacto le fracturó ambos radios y, en palabras de Arsène Wenger, “aplastó sus antebrazos”.

El silencio posterior al golpe fue el de las lesiones que asustan de verdad. Hubo miedo, y no poco, a que aquella carrera que apenas despuntaba se apagara antes de empezar. El diagnóstico fue duro: cirugía, placas metálicas en los dos antebrazos y entre seis y siete meses fuera de los terrenos de juego. Su cesión planeada quedó en pausa. Su ascenso hacia el primer equipo, también.

Szczęsny volvió. No solo volvió: terminó siendo el número uno de Arsenal, el portero titular en noches grandes, el heredero bajo palos en el Emirates. Pero el cuerpo nunca olvidó aquel día en el gimnasio.

Años después, el propio guardameta lo ha admitido sin rodeos: la lesión sigue con él. Siempre.

“No es que pueda atrapar el balón sin sentir dolor”, confesó. “No ha habido ni un solo disparo que haya parado sin sentir algo. Simplemente me he acostumbrado al dolor y es una sensación muy desagradable”.

No es una molestia pasajera. Es un peaje constante. “Puedo hacer dos entrenamientos, pero ya sé que el tercero será un suplicio”, añadió, describiendo una rutina en la que el límite físico está siempre presente.

Ese castigo continuo terminó pesando incluso en sus decisiones sobre el futuro. El dolor fue uno de los motivos que le empujaron a pensar en la retirada. Su cuerpo pedía freno después de años de golpes sobre unos antebrazos reconstruidos a base de metal y resistencia.

Y, sin embargo, cuando parecía que el final se acercaba, apareció una llamada que lo cambió todo. Barcelona le tentó apenas un mes después de que hubiera decidido dar un paso al lado. Antes, ya había rechazado un acercamiento de Arsenal. El club donde todo empezó, y donde también empezó el sufrimiento, volvió a tocar a su puerta. Dijo no.

Eligió seguir compitiendo lejos de Londres, pero con la misma vieja compañía: ese dolor que nació en una mañana cualquiera de gimnasio y que, casi dos décadas después, sigue recordándole que cada parada tiene un precio.