Luka Modric y su legado: 200 partidos con Croacia
En una noche de nervios y ajedrez táctico en Toronto, el foco volvió a encontrar a un viejo conocido: Luka Modric. A los 40 años, el capitán de Croacia se instaló en un rincón exclusivo de la historia del fútbol al alcanzar los 200 partidos con su selección, un club reservado hasta ahora para Cristiano Ronaldo, Lionel Messi y el kuwaití Bader Al-Mutawa.
No hubo fuegos artificiales ni grandes gestos por parte del propio protagonista. Sí hubo admiración. Zlatko Dalic lo resumió sin rodeos al término del encuentro: su capitán sigue influyendo en los partidos y Croacia “tiene que estar muy feliz” de seguir teniéndolo en el campo. El vestuario también habló a su manera: camisetas negras con el lema “Infinite Legacy” y el número 200 para abrazar a un futbolista que desafía al tiempo más que a los rivales.
Un muro llamado Panamá
Durante 45 minutos, sin embargo, la historia no iba de homenajes sino de frustración. Panamá se plantó con un 5-4-1 compacto, disciplinado, casi hermético. Cerró líneas, negó espacios entre centrales y mediocentros, y empujó a Croacia a un ataque plano, previsible, sin profundidad.
Los de Thomas Christiansen no se limitaron a resistir. Amenazaron. José Luis Rodríguez rozó el gol con un cabezazo que, tras un desvío, se estrelló en la parte inferior del larguero de Dominik Livakovic. Un aviso serio: Panamá no había viajado para ser figurante en la noche de Modric.
El descanso llegó con el marcador en blanco y con un mensaje claro para Dalic: algo tenía que cambiar.
El ajuste de Dalic y el gol que lo cambió todo
La respuesta llegó en el túnel de vestuarios. Ante Budimir entró tras el descanso para darle a Croacia lo que le faltaba: presencia real en el área, un faro para los centros laterales y un punto de referencia para fijar centrales.
La jugada clave nació pronto, en el minuto 54. Marco Pasalic, que hasta entonces había alternado destellos con imprecisiones, se inventó un taconazo delicioso para la llegada de Josip Stanisic por la derecha. El lateral no dudó: centro raso, tenso, al segundo palo. Allí apareció Budimir, el máximo goleador histórico de Osasuna, para guiar la pelota con calma y precisión al fondo de la red.
Un toque suave. Un gol enorme.
El tanto rompió el partido y desató a la hinchada croata desplazada a Toronto, que por fin encontró una válvula de escape a la tensión acumulada. El ambiente cambió de golpe: del murmullo inquieto al rugido liberador.
Croacia olió sangre y estuvo a punto de sentenciar. Pasalic, de nuevo protagonista, se plantó solo ante Orlando Mosquera, pero el guardameta panameño ganó el mano a mano. El propio Pasalic cazó el rebote y lo mandó por encima del larguero. Ocasión de 2-0, desperdiciada. Vida extra para Panamá.
Panamá muere de pie
El conjunto de Christiansen, ya contra las cuerdas en el torneo, respondió con orgullo. Sin red, sin margen de error, se lanzó hacia adelante. Acumuló siete saques de esquina, colgó balones, cargó el área y obligó a Livakovic a intervenir con varias paradas de reflejos en una fase final frenética.
La estadística fue cruel: dos tiros a puerta de Croacia, un gol. Panamá, en cambio, volvió a quedarse sin premio. Como en todo su 2026, el problema no fue la actitud ni el plan, sino la falta de pegada. La derrota certifica su eliminación, con cero puntos en dos partidos y un último duelo ante England que ya no cambiará su destino.
Christiansen, pese al golpe, defendió a los suyos. Habló de hambre, de dedicación, de espíritu. Y tenía argumentos: su equipo compitió, incomodó, rozó el gol. Pero en este nivel, no basta con rozarlo.
Grupo al rojo vivo y Croacia renacida
El 1-0, unido al 0-0 entre England y Ghana, deja el Grupo L abierto de par en par. Ghana y England mandan con cuatro puntos, Croacia se coloca justo detrás con tres y Panamá queda descolgada.
Las cuentas son claras. Croacia se jugará el pase a octavos frente a Ghana en Philadelphia: si gana, estará en la siguiente ronda. England, por su parte, solo necesita no perder ante la ya eliminada Panamá para confirmar su clasificación.
En ese escenario de máxima presión, la voz de Pasalic sonó casi como un suspiro de alivio. Admitió que el equipo sabía perfectamente la situación en la que estaba, que lo que no hizo en la primera parte lo corrigió en la segunda. Habló de liberarse de una carga. De poder, por fin, “seguir adelante”.
Croacia lo hace con algo más que tres puntos. Lo hace con una idea reforzada —el ajuste en el descanso como golpe maestro— y con un capitán que, a los 40 años y 200 partidos, sigue marcando el pulso de su selección.
La pregunta ya no es cuánto le queda a Modric. La verdadera incógnita es hasta dónde puede llevar otra vez a este grupo en unos cruces que, una vez más, parecen hechos a su medida.
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