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Raphinha: De descarte del Balón de Oro a figura clave en el Barça

Hace un año, Raphinha miraba al Balón de Oro desde la barrera. Venía de una temporada 2024-25 descomunal, con 60 contribuciones de gol, pero las lesiones de isquiotibiales le arrancaron 125 días de competición, le desplomaron las cifras a 29 y le destrozaron también el Mundial. El premio individual más prestigioso del planeta se le escapó por la puerta de atrás.

Esta vez ni siquiera entró en la lista de 30 nominados. Y eso encendió a Hansi Flick.

“Él es demasiado bueno para no estar en esa lista, pero no podemos cambiarlo”, lanzó el técnico del Barça, sereno, casi desafiante, después de ver al brasileño firmar un arranque de curso que roza lo irreverente, ahora como nueve centro en su nuevo sistema.

Un ‘9’ inventado en una noche de Champions

Las palabras de Flick llegaron justo después del primer gran aviso al continente. En el estreno de la Champions ante Feyenoord, Raphinha se adueñó del escenario con un doblete que explicó mejor que cualquier pizarra su nueva versión.

El primer gol fue una pequeña obra de arte. Control a partir de un pase algo desviado de Lamine Yamal, regate a un defensor, conducción agresiva hacia el área y, cuando todo el mundo esperaba el disparo, un amague prodigioso que dejó a otros dos rivales en el suelo. El hueco se abrió y la definición, suave, fue la de un delantero que lleva toda la vida viviendo en el área.

El segundo tanto fue manual de delantero centro. Raphinha amagó yendo hacia el balón cuando Dani Olmo lo recibió en el círculo central, cambió de dirección a toda velocidad, perdió a su marcador, atacó el espacio y controló en carrera un pase filtrado de su socio español. El disparo cruzado dejó sin respuestas al portero de Feyenoord.

El Barça acabó ganando 5-1. Raphinha se llevó el premio a Mejor Jugador del Partido sin discusión. Fue un regreso a lo grande a la escena europea, en sintonía con lo que ya venía mostrando en LaLiga. Ahora mismo juega con el desparpajo de quien se siente el mejor del mundo.

“Rapha ha jugado fantástico. Está en otro nivel, es increíble”, remató Flick.

Cifras históricas y un sistema hecho a medida

Los números sostienen el discurso del alemán. Raphinha suma ya 11 goles en lo que va de temporada, un registro que ningún jugador del Barça había firmado en los últimos 60 años a estas alturas. Lionel Messi llegó a 10 en sus primeros siete partidos del curso 2012-13, y se quedó en nueve en otras dos ocasiones. Ronaldo alcanzó esa cifra de nueve en el inicio de la 1996-97.

La adaptación inmediata de Raphinha al rol de referencia ofensiva explica por qué el Barça ha subido un peldaño. Lewandowski dominaba el juego de espaldas y Ferran Torres castigaba con rupturas inteligentes, pero el brasileño encaja como anillo al dedo en el sistema fluido de Flick.

A sus 29 años, flota entre líneas, se descuelga, acelera, frena y vuelve a arrancar. Su velocidad explosiva y su técnica en espacios reducidos deforman las estructuras defensivas rivales. Abre autopistas para Lamine Yamal y Anthony Gordon en banda, y al mismo tiempo explota los huecos con una lectura del juego siempre un segundo por delante de los centrales.

La demostración se repitió en LaLiga, en el 7-2 al Racing Santander. Hat-trick. Dos goles de penalti, sí, pero el segundo fue una lección de cómo interpretar el espacio. Con Dani Olmo de nuevo como arquitecto, Raphinha se coló entre los centrales del Racing, esperó el momento justo, controló y, con un solo toque más, colocó una media volea ajustada al palo.

Con balón, lo hace parecer sencillo. Sin balón, trabaja como el que más. La presión alta del Barça empieza por él. Corre, hostiga, fuerza errores. No concede respiro.

Flick, que soñó con Julián Álvarez y se quedó sin él, difícilmente puede lamentarse ahora. La delantera funciona, ruge, y el club puede destinar los próximos esfuerzos de mercado a otras zonas del campo.

La sombra de Ronaldo y la tradición brasileña

El Barça sabe lo que es exprimir el talento brasileño. Romario, Rivaldo, Ronaldinho, Neymar… La lista es larga. Pero nadie ha logrado todavía superar la temporada perfecta de Ronaldo Nazário en el Camp Nou.

Ronaldo llegó en 1996 desde PSV por un traspaso récord de 19,5 millones de dólares y, con solo 20 años, marcó 47 goles en 49 partidos. Copa del Rey, Recopa de Europa, Supercopa de España. Una máquina. Potencia brutal, zancada interminable, definición quirúrgica. Cada semana destrozaba defensas.

Aquella campaña se llevó el Trofeo Pichichi con 34 goles en LaLiga, lo que también le valió la Bota de Oro. Coronó el año con el Balón de Oro de 1997. Dejó imágenes imborrables: el slalom inhumano ante SD Compostela o el hat-trick que sostuvo la remontada 4-3 ante el Atlético de Madrid en Copa del Rey.

“Es el jugador más espectacular que he visto”, confesó entonces Sir Bobby Robson. Laurent Blanc, que lo sufrió, lo resumió de otra forma: “Nunca vi a nadie con esa velocidad y esa potencia. Era como un tren de mercancías viniendo hacia ti con el balón pegado al pie”.

Ronaldo, el eterno R9, era un faro fijo arriba, un punto de referencia constante. Raphinha se mueve más, cae a zonas intermedias, pero comparte con él el instinto asesino. Es igual de directo, capaz de partir un partido en dos con una sola acción, mezclando descaro y valentía.

Si mantiene este nivel, no hay motivo para pensar que no pueda acercarse a los números globales del mito. Y quizá ir más allá en títulos colectivos.

Capitán, obrero y estrella

La cabeza también acompaña. Raphinha no se ve como un producto acabado. Después de la goleada al Racing, lo dejó claro: “Nunca voy a decir que estoy rindiendo bien; siempre busco mejorar todo lo que pueda. Estoy feliz por los goles y por la victoria, que es lo más importante, pero tenemos que seguir mejorando”.

Se siente “cómodo” actuando por el centro y no esconde a quién señala como responsable de su metamorfosis: Flick. “Es el entrenador que cambió la forma en que pienso y cómo me veo a mí mismo. Estoy extremadamente agradecido”, confesó.

El giro es profundo. Sin Flick, probablemente Raphinha habría salido del Barça en 2024. Sus dos primeras temporadas en el Camp Nou fueron grises. Con Xavi nunca terminó de asentarse como titular indiscutible.

El alemán vio otra cosa. Detectó un potencial enorme y, desde el primer día, le dio peso en el proyecto. Tras la marcha de Marc-André ter Stegen cedido al Ajax, Flick no dudó: entregó el brazalete de capitán a Raphinha. Primer brasileño en llevarlo de forma permanente en Catalunya. La apuesta era arriesgada. La respuesta, abrumadora.

Su pasión, su despliegue físico y su mentalidad de equipo marcan el camino a los jóvenes. No se esconde, pide la pelota cuando quema y decide partidos a base de carácter.

Un ataque sin red… pero con red de seguridad

El Barça perdió a Lewandowski y Ferran Torres, y permitió el regreso de Marcus Rashford al Manchester United. Sobre el papel, un agujero en la delantera. Sobre el césped, el equipo ataca mejor que nunca.

No es solo Raphinha. Gordon, Karim Adeyemi y Gabriel Jesus se han adaptado con rapidez. Y ya asoma Hamza Abdelkarim, delantero egipcio de 18 años que ha dado el salto desde el Barça B.

“Raphinha, Gabby y Hamza son tres perfiles diferentes, pero hay otras formas de jugar”, explicó Flick. “Anthony y Karim también pueden actuar en esa posición de delantero. O Dani Olmo. Dani nos ha demostrado en los últimos dos años que puede jugar ahí, lo mismo que Fermín López. Tenemos muchas opciones”.

Esa variedad es un seguro. El gran enemigo de Raphinha han sido siempre sus músculos. Flick lo sabe y lo cuida. Ante Feyenoord lo sustituyó pronto. Repitió gestión en las victorias ligueras ante Athletic Club y Racing. No es capricho: es proteger las piernas del capitán.

Algo similar ocurre con Lamine Yamal. El joven prodigio brilla aún más cuando juega cerca de Raphinha. Sus paredes, sus desmarques cruzados, son un rompecabezas irresoluble. En cuanto un central gira el cuerpo para vigilar a Yamal, el balón ya viaja hacia Raphinha, que ataca el canal ciego.

Lamine no parece tener problema en ceder el foco. El vestuario de Flick rebosa talento, pero los egos no se desbocan. El espíritu colectivo es feroz. Y eso, en un club como el Barça, suele ser la antesala de algo grande.

Raphinha encarna mejor que nadie esa mezcla de estrella y soldado. Si mantiene este ritmo, no tardará en que su nombre se pronuncie, sin rubor, en la misma frase que el de Ronaldo en el imaginario del barcelonismo. Y entonces la pregunta ya no será si merecía estar en la lista del Balón de Oro, sino cuántos debería haber ganado.