Logotipo completo Pelo Tahoy

Elliot Anderson y Ewan Ireland: Dos destinos opuestos en el fútbol

Dos niños, un mismo sueño. Camiseta negra y blanca del Newcastle United, sonrisa tímida, mirada limpia. Es 2010 y posan para la foto oficial de la academia. Nadie en ese momento puede imaginarlo: uno acabará levantando al país en un Mundial y firmando por el Manchester City. El otro verá el fútbol por la televisión, entre rejas, cumpliendo cadena perpetua.

Las trayectorias de Elliot Anderson y su excompañero Ewan Ireland se han abierto como un abismo.

El primero, mediocampista de Inglaterra y del City, brilló este verano en el Mundial, llevando a los Three Lions a rozar su primera final en 60 años. Después llegó el traspaso millonario: 116 millones de libras para mudarse al Etihad y compartir vestuario con estrellas como Erling Haaland y Phil Foden.

El segundo, Ireland, sigue cada partido desde el ala de una prisión, donde cumple condena de por vida por el brutal asesinato de un desconocido.

De promesa total a cadena perpetua

La imagen rescatada de aquel equipo del Newcastle United de 2010, con ambos alrededor de los nueve años, duele al mirarla con perspectiva. Porque en los campos de formación del noreste, muchos estaban convencidos de que el talento de Ireland podía incluso superar al de Elliot.

Era el niño del que todos hablaban. Un proyecto de estrella al que comparaban con el joven Paul Gascoigne. Un ojeador lo resume con incredulidad: “Es desconcertante cuando miras cómo acabaron dos chavales increíblemente talentosos. Tienes que preguntarte cómo se torció tanto lo de Ewan”.

En los entrenamientos, Ireland destacaba. “Era un jugadorazo, de los mejores de esa generación”, recuerdan. Mientras Elliot se aferraba al trabajo diario, al esfuerzo silencioso, Ireland empezó a desviarse del camino.

Un entrenador que trabajó con él en sus primeros años todavía se sorprende: “Lo comparaban con Gazza, era increíble. Todo el mundo en la comunidad futbolística conocía a Ewan Ireland porque era sobresaliente. Era el mejor jugador de la academia del Newcastle United. Recuerdo verlo y pensar: ‘Es el mejor crío que he visto nunca’. Con el balón en los pies era increíble, pero tenía muchos problemas fuera del campo”.

La historia se fue oscureciendo. Alrededor de 2015, el Newcastle lo liberó por comportamiento disruptivo. Poco después fue expulsado del colegio. También lo echaron de un club local por llevar un cuchillo a un entrenamiento. Llegaron las condenas: episodios violentos, como perseguir a su propia madre con un cuchillo o lanzar amoníaco a la cara de una chica.

El 14 de agosto de 2019, la espiral alcanzó un punto sin retorno.

Ireland, con 17 años, deambulaba por el centro de Newcastle con un destornillador plano de 30 centímetros que acababa de robar en Poundland, preparado para una pelea acordada. En el vestíbulo de un centro comercial se cruzó con Peter Duncan, un abogado de 52 años que simplemente caminaba hacia la parada de autobús para volver a casa tras el trabajo.

Un roce accidental. Un gesto mínimo. Y una reacción salvaje: Ireland le clavó el destornillador en el pecho.

El juez que lo condenó a cadena perpetua, con un mínimo de 15 años antes de poder solicitar la libertad condicional, fue contundente: Peter Duncan era un “abogado trabajador con una familia que lo quería”. Ireland acabó con su vida y provocó “miseria y dolor de por vida” a los suyos.

Podrá pedir la libertad condicional en 2034. Para entonces, Elliot, que hoy tiene 23 años, probablemente volverá a liderar a Inglaterra en un Mundial, esta vez en Arabia Saudí.

Mientras uno se hundía, el otro no dejó de crecer

La vergüenza y el horror marcaron a la familia de Ireland. En el otro lado de la foto, el orgullo sostiene a la de Elliot.

Familia muy unida, trabajadora y obsesionada con el deporte, han seguido cada paso de su carrera: de la academia del Newcastle al Forest, y de ahí al Manchester City. Cada ascenso, cada convocatoria, cada ovación.

Si a Ireland lo comparaban con Gazza, a Elliot tampoco le faltaron elogios de peso. En 2022, con 19 años y aún propiedad del Newcastle, se marchó cedido al Bristol Rovers, entonces en League Two. Su impacto fue tan grande que empezaron a compararlo con Diego Maradona. El apodo prendió rápido: el “Geordie Maradona”.

Su fútbol mezclaba descaro, creatividad y carácter. Y ese carácter, precisamente, se hizo aún más visible en los últimos meses, marcados por un golpe personal devastador.

El motor invisible de Elliot

La madre de Elliot, Helen, falleció en abril a los 54 años tras una larga enfermedad. En pleno año de Mundial, el dolor se coló en medio del mejor momento deportivo de su vida.

Durante el torneo, el mediocampista explicó cómo el duelo se había convertido en combustible: “Ha sido duro. Me ayuda salir al campo y liberar la mente. Mi fútbol en los últimos seis meses le estaba dando felicidad a mi madre y la ayudaba a sobrellevar lo que estaba pasando. Ahora, todo lo que hago, tengo que hacerlo por ella”.

El talento corre por la sangre. Sus dos hermanos mayores también viven del deporte: Wil es boxeador y llegó a aparecer en el programa Love Island, mientras que Louis también es futbolista. Por el lado materno, su abuelo Geoff Allen jugó en el Newcastle United en los años 60. Su padre, Iain, de 53 años, dirige una empresa de perforación y en su juventud fue un delantero más que respetable en categorías no profesionales.

En las escuelas del noreste, muchos recuerdan al niño que ya apuntaba a algo distinto. El profesor Jonathan Roys, de 56 años, que le dio clase de inglés y educación física y lo entrenó en su primer club, Wallsend Boys, lo vio venir desde muy pronto: “Teníamos una apuesta sobre si llegaría a jugar con Inglaterra. Estaba en otro nivel. Ves buenos jugadores con ocho o nueve años. Él era excepcional”.

Dos destinos opuestos

Hoy, Elliot arranca la temporada en casa, ante el Bournemouth, dispuesto a dejar de ser “la nueva promesa” para convertirse, definitivamente, en uno de los nombres propios del City y de Inglaterra. Juega con el peso de una transferencia histórica, el recuerdo de su madre y la responsabilidad de un país que busca un líder para dar el último paso en los grandes torneos.

En otra parte, entre muros y barrotes, su antiguo compañero solo deja a su paso un rastro de dolor que no se borrará jamás para la familia de Peter Duncan.

Una misma foto de equipo. Dos camisetas iguales. Y un contraste brutal entre lo que el fútbol puede dar y lo que una sola decisión puede arrebatar para siempre.